15. Kate
Kate
—¿De verdad has dado un golpe en la mesa y le has dicho que nos vamos a casar? —Preston me observaba con la incredulidad pintada en el rostro.
Asentí sin detenerme.
Estábamos de vuelta en la sala en la que Julia y yo nos habíamos reunido con Ben y su abogada.
Mis amigos se habían sentado juntos en un lateral de la mesa.
Mientras Julia ponía a Preston al corriente de lo que había sucedido entre aquellas cuatro paredes, yo caminaba de un lado a otro, con los puños apretados y el corazón acelerado.
Estaba tan irritada que no quería ni hablar para no ser cortante con ellos.
—Prácticamente se lo ha gritado —explicó Julia—. Tenías que haberla visto. Parecía poseída.
Preston soltó una carcajada.
—No me lo puedo creer. ¿Quién eres y qué has hecho con mi prometida, la que jamás pierde las formas?
Llevaba años perfeccionando la fachada de la indiferencia, era experta en el arte de esconder mis emociones. Sin embargo, en presencia de Ben el saber estar y la diplomacia se me olvidaban.
«¿Celosa? No hay más preguntas, su señoría», sus palabras burlonas hicieron eco en mi mente. Había vislumbrado el brillo malicioso en su mirada. Su sonrisa de superioridad convirtió mi sangre en fuego y me hizo estallar.
Aquel hombre sacaba lo peor de mí. No había duda.
—Os prometo que no lo entiendo —negué con la cabeza—.
Primero, entra como si estuviese en su casa.
—Señalé la silla que había ocupado Ben minutos antes—.
Luego, se remanga la camisa y empieza a lanzarme miraditas provocativas y a sonreír como si todo le diese igual.
¿Y por último rechaza el acuerdo y me pregunta si estoy celosa de sus amiguitas? ¿Es que para él todo es un juego?
—Tiene pinta —opinó Julia—. No hay más que ver la actitud con la que ha entrado.
Desde que Ben había puesto un pie en la sala, su presencia arrolladora había amenazado con destruirlo todo como un tornado.
—Esta situación me supera… —dije más para mí misma.
—¿Puedes sentarte un momento, por favor? —me pidió Julia—. Vas a agujerear el suelo con esos Louboutin y terminarás en el despacho de Nolan.
Con un suspiro, me hundí en la silla que estaba enfrente de ellos.
—He metido la pata, ¿verdad? —le pregunté a Julia al cabo de un instante.
—Siendo sincera: sí. —No maquilló la respuesta—. Ahora saben que nos corre prisa que firme el divorcio. Es una ventaja para ellos. Ten claro que el lunes aparecerán pidiendo más dinero.
—Genial. —Me apreté el puente de la nariz con los dedos y cerré los ojos, buscando recomponerme.
Acto seguido, extraje de la bolsa de papel un macaron que me había llevado Preston y me lo comí.
—¿Cómo se ha tomado «marido» la noticia? —nos preguntó Preston interesado.
—No le llames así, por favor —le pedí después de limpiarme los labios con la servilleta de papel.
—Se ha quedado blanco como un fantasma y ha salido de la sala tropezándose —le contó Julia con una mueca divertida.
Devoré los otros dos macarons casi sin darme cuenta.
—Supongo que no es el mejor momento para contaros que me ha llamado mi madre —nos informó Preston—. Quiere saber cuándo anunciaremos el compromiso a la prensa. Ha insistido en que tiene que ser antes de la gala benéfica Angel Ball.
—¿Cuándo es eso? —pregunté.
—En dos semanas.
La tensión que sentía en los hombros aumentó.
—¡Oh, Dios! —exclamé—. Hay que conseguir que Ben firme el divorcio cuanto antes.
—No te preocupes. —Julia se puso seria—: Te prometí que resolvería esto rápido y así lo haré, pero tienes que hacerme caso. La próxima vez que veas a Ben, mantén la mente fría, por favor.
Asentí.
—Tenemos que ofrecerle más dinero para resolver esto sin pasar por los tribunales —continuó, levantándose—. Tengo una reunión en cinco minutos. Os acompaño hasta el ascensor.
Dejé caer los hombros y suspiré.
Estábamos saliendo de la sala cuando me sonó el móvil. Lo saqué del bolso y lo desbloqueé. Al leer el mensaje, se me pasó un poco el mal humor.
—Jérôme está de visita en la ciudad —les conté a mis amigos con los ojos fijos en la pantalla.
—¿El escultor buenorro? —Detecté picardía en el tono de Julia.
Levanté la cabeza sabiendo que me encontraría con las sonrisas enormes de mis amigos.
Conocí a Jérôme cuando estudiaba el máster en París. Con el aire de artista bohemio, el pelo rizado y los ojos marrones, su atractivo era evidente.
—Sí —confirmé—. Al parecer tiene una reunión con la dueña de una galería de arte de Brooklyn que está interesada en exponer sus piezas. Me ha preguntado si quiero quedar mañana por la noche.
—Uuuh, uuuh. —La sonrisa de Julia se ensanchó aún más.
—Solo es un amigo… —les recordé.
—Ya. Un amigo. —Preston hizo énfasis en la palabra y dibujó comillas en el aire.
—Es verdad. Nunca pasó nada entre nosotros.
—Eso puede cambiar mañana. —Julia alzó las cejas de manera insinuante—. Lleváis un par de años sin veros. Si te escribe, es por algo.
Sopesé sus palabras un instante.
—Creo que al plan irá más gente —les dije cuando nos detuvimos frente al ascensor—. Es en una discoteca de Brooklyn. ¿Os apetece venir?
—Me encantaría, pero tengo que avanzar un caso. —Julia torció el gesto—. Trabajaré todo el fin de semana. Me he reservado el domingo para nuestra clase de pilates y el brunch de después.
—¿Y tú? —Miré a Preston.
Un par de hombres trajeados se detuvieron detrás de nosotros.
—He quedado para jugar al squash y luego tengo una cena —me contestó él.
«He quedado para jugar al squash» eran las palabras en clave que indicaban que Preston tenía una cita. Uno de los acuerdos de nuestro matrimonio de conveniencia era que podíamos quedar con quien quisiéramos, siempre y cuando fuésemos discretos.
—Además, ya sabes que yo jamás cruzo el puente —terminó en un tono de broma.
—Vas a quedar con Jérôme, ¿verdad? —me preguntó Julia.
Hacía tiempo que me apetecía pasar un buen rato. Seguro que la compañía de Jérôme me ayudaría a liberar tensión.
—Sí. Voy a decirle que sí.
Agarré el móvil y contesté su mensaje con dos palabras:
Allí estaré