Los finales perfectos no existen 14. Ben
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14. Ben

Ben

La canción «Thunderstruck» de AC/DC que se reproducía a través de mis cascos se vio interrumpida por la voz de Siri anunciando una llamada entrante de Alexandra. Asentí y el móvil descolgó por mí.

—¡Han picado el anzuelo! —exclamó mi amiga.

Me aparté del saco.

Estaba sudado y acelerado.

—Tienes toda… mi atención —le dije casi sin aliento.

—Julia ha respondido a la contrademanda ofreciendo dinero, tal y como esperaba. Lo he rechazado y ha tardado tres segundos en llamarme.

Hizo una pausa dramática y me quedé en vilo.

—Me complace confirmarte que el viernes a las nueve de la mañana tenemos que estar en su despacho para negociar el acuerdo de separación.

—¿Kate irá?

—Claro.

—Perfecto. —Sonreí de medio lado.

—De nada por conseguirte una oportunidad más de verla.

—Gracias.

—¿Y…?

—Eres la mejor.

No la tenía delante, pero no me cabía duda de que Alexandra estaba sonriendo.

—¿Qué tengo que hacer en la reunión? —pregunté.

—Nada. Con que me envíes la documentación que acredite tus ingresos para hacer el paripé es suficiente. Julia intentará buscarnos las cosquillas. Es importante que no entres al trapo y me dejes hablar a mí, ¿vale?

Guardé silencio.

—Ben, ¿has entendido que tienes que quedarte callado?

—¿Con quién crees que estás hablando?

—Te quiero mucho, pero abres la boca y sube el pan. Dices lo primero que se te pasa por la cabeza, sin pararte a pensar…

—Alex, no tengo tres años. Sé comportarme.

La oí respirar hondo desde el otro lado de la línea.

—¿Has pensado qué vas a hacer para que Kate te perdone?

—Está todo bajo control.

Ella soltó un gritito.

—¿Por qué te emocionas tanto?

—Porque esto es como el inicio de una comedia romántica y tengo la suerte de ir al preestreno.

—Un divorcio es lo opuesto a como empezaría una comedia romántica.

—Te dejo, que tengo otra llamada. Recuerda ponerte guapo y ser puntual —agregó antes de colgar.

En mi vida había llegado tan pronto a un sitio como esa mañana.

El bufete de abogados donde me habían citado estaba ubicado en un rascacielos acristalado en Midtown.

Llegué media hora antes de lo previsto. Me dirigí a una cafetería cercana.

Al entrar, percibí el olor intenso del café recién molido.

Por encima del murmullo de las conversaciones y de la música pop imperaba el ruido de la máquina de expreso.

Me puse a la cola y le eché un vistazo al menú de la pared. Aparte de una variedad interminable de cafés de especialidad también ofrecían comida. Mis ojos se detuvieron en los macarons de pistacho. Eran los favoritos de Kate. Decidí comprarle unos cuantos. El gesto me allanaría el terreno.

—Un capuchino con leche de avena y tres macarons de pistacho para llevar, por favor —oí que pedía el hombre trajeado que tenía delante.

Escaneé los dulces que se exhibían tras la vitrina. Solo les quedaban tres macarons .

«No me jodas».

—Enseguida —le respondió la barista con una sonrisa.

—Perdona. —Me planté al lado del tío trajeado y me dirigí a la camarera—. ¿Te quedan más macarons de pistacho?

—No, lo siento. Estos son los últimos. —Cogió los dulces con unas pinzas y los metió con cuidado en una bolsa de papel marrón.

Desplegué una sonrisa confiada y giré la cabeza para encarar al tío que pretendía robarme la felicidad.

—Hola. ¿Qué tal? Me llamo Ben —empecé, mirándolo—. Sé que te parecerá una locura, pero necesito esos dulces.

El hombre parpadeó aturdido y no contestó.

Todo en él exudaba opulencia, desde el traje hecho a medida hasta los gemelos de oro. Conocía bien a los ricachones como él. Hablaban el lenguaje del dinero.

—¿Me dejas que te invite al café a cambio de los macarons ? —agregué, sacándome la cartera del bolsillo.

—Lo siento, pero yo también los necesito. —Hasta su tono de voz era pomposo.

—Mira, tú no lo entiendes, pero podría decirse que es una cuestión de vida o muerte.

Él arqueó una ceja.

—Los macarons de pistacho son los favoritos de mi mujer —me sinceré, para justificar que los merecía más que él—. He metido la pata y necesito que me perdone. —Cogí un billete de cincuenta dólares de la cartera—. Así que, dime, ¿cuánto quieres? —Mi tono reflejaba desesperación.

—Me encantaría ayudarte, pero mi prometida tiene una mañana complicada por delante y quiero animarla. Resulta que los de pistacho también son sus favoritos.

Estaba a punto de ofrecerle entradas para el programa cuando zanjó el tema diciendo:

—Yo los he pedido primero. Lamento no poder ayudarte.

Me regaló una sonrisa digna de anuncio de dentífrico, antes de girarse hasta el mostrador para recoger su pedido.

—¡Que tengas un buen día! —me deseó antes de marcharse.

—¿Te pongo algo? —me preguntó la chica desde el otro lado del mostrador.

—Un café solo y otro con leche para llevar, por favor.

Dejé caer los hombros. Esperaba que el robo de los macarons no fuese una señal de que Kate iba a mandarme tomar por el culo.

Le había llevado la videocámara que había heredado de mi abuelo junto a la cinta que grabamos juntos cuando éramos adolescentes.

Estaba seguro de que, cuando la viera, recordaría lo felices que fuimos y estaría dispuesta a escucharme.

—¡Qué elegante te has puesto! —observó Alexandra cuando me vio aparecer con el traje azul marino poco después.

—¿Has visto? —Sonreí y giré sobre los talones—. Toma, esto es para ti. —Le entregué el café con leche.

—Gracias. —Le dio un sorbo—. ¿Nervioso?

—Nah. —Negué con la cabeza.

—Genial. Vamos.

Entramos en el rascacielos y atravesamos el vestíbulo lujoso hasta los ascensores. Subimos a la planta doce y seguimos las indicaciones del recepcionista para llegar a la sala donde ya nos esperaban. Nos detuvimos frente a la puerta.

Alexandra agarró el pomo y me dirigió una mirada de advertencia.

—Digan lo que digan, ni se te ocurra abrir la boca —me recordó.

—Me lo has dicho treinta veces.

—Y no creo que sean suficientes —puntualizó antes de ponerse seria y empujar la puerta—. Buenos días —saludó en un tono cordial al entrar.

Pasé detrás de ella.

Kate y su abogada estaban sentadas a un lado de la mesa rectangular, de espaldas al ventanal que mostraba Nueva York bajo el cielo nublado.

—Buenos días. —Julia se levantó para estrecharle la mano a mi amiga—. Soy Julia Spencer, de Sterling & Specter Asociados.

—Alexandra Thomas, de Friedman Law Group. Él es mi cliente: Benjamin Sharp.

Julia me apretó la mano con más fuerza de la necesaria.

—Hola, Kate. —La saludé con una sonrisa de medio lado al darle la mano—. ¿Qué tal?

—Bien. —Me soltó de inmediato.

Por su semblante serio, nadie diría que se alegraba de verme.

—Señor Sharp, le ruego que no se dirija a mi clienta, por favor. —La tal Julia me lanzó una mirada lapidaria que habría destrozado el ánimo a un tipo menos canalla que yo.

Abrí la boca para replicar y la cerré cuando Alexandra me miró mal.

Forcé una sonrisa. Había olvidado que tenía un papel que interpretar.

Me dirigí al asiento contiguo al de Alexandra. Me quité la chaqueta y la colgué en el respaldo de la silla.

Tomé asiento frente a Kate.

Las ondas le caían por los hombros. Se había puesto una camisa verde oliva con volantes en la parte delantera y una americana a juego que le quedaba grande. Sus labios pintados de rojo acapararon toda mi atención. Estaba guapísima.

Su abogada empujó una carpeta blanca en dirección a Alexandra y le dijo:

—Este es el acuerdo al que estamos dispuestas a llegar. Como verán, es una cifra más que generosa. A cambio, el señor Sharp firmará un contrato de confidencialidad en el que se comprometerá a no divulgar que este compromiso ha existido, así como el pasado que comparte con mi clienta.

Alexandra abrió la carpeta y leyó el documento.

Mientras tanto, me recogí las mangas de la camisa hasta los codos. Sonreí encantado cuando los ojos de Kate aterrizaron en mis antebrazos. El otro día la había pillado mirándomelos con descaro y pensaba usarlo a mi favor.

«¡Vamos por el buen camino!».

Me acaricié el brazo con suavidad. Kate salió del trance y subió la vista. Cuando nuestras miradas cruzaron caminos, alcé las cejas de manera sugerente en una mueca que significaba: «Hola, guapa. ¿Te gusta lo que ves?».

Ella frunció el ceño. Un bonito rubor se había adueñado de sus mejillas.

Apartó el rostro, contrariada, y se centró en el intercambio verbal de Alexandra y Julia.

Mi amiga se inclinó para hablarme al oído.

—Haz como que no te gusta la oferta —susurró.

Siguiendo sus indicaciones, puse mala cara y negué con la cabeza.

—Un veinte por ciento no es suficiente —le dijo Alexandra a Julia.

Kate apretó la mandíbula. Su pecho se hinchó cuando cogió aire.

—No quería recurrir a esto, pero, en vista de que no quieren llegar a un acuerdo, no me queda más remedio. —Julia lanzó una segunda carpeta al centro de la mesa. No esperó a que Alexandra la cogiera para añadir—: Mi clienta se siente traicionada por las aventuras extramaritales del señor Sharp.

—¿Qué aventuras? —pregunté, incapaz de contenerme.

Kate resopló indignada y se cruzó de brazos.

—El pasado trece de octubre, mi clienta encontró al señor Sharp acompañado de otra mujer en su domicilio —continuó la abogada.

—Las circunstancias en las que mi cliente… —empezó Ale­xandra.

—Son irrelevantes —sentenció Julia tajante—. Por ello, cambiaremos el motivo de divorcio a adulterio. El señor Sharp percibirá una cantidad menor y correrá con los costes legales del proceso.

—¿Adulterio? Eso es ridículo —bufé, fiel a mi papel.

—¡No lo es! —respondió Kate mordaz—. ¡Llegué al apartamento y estabas con otra!

—¡Por favor, si ni siquiera follamos! —me defendí.

—¡Está bien! ¡Ya basta! —intervino Julia.

Alex me dio un pisotón, indicándome que abortase la misión y regresase al cuartel general.

—¡Eso no cambia que hayas sido infiel! —Kate sacó un ejemplar de la revista Inquire y lo arrojó al centro de la mesa—. Lo has confirmado públicamente. —Se inclinó sobre la madera y le dio un golpecito a la revista con el dedo índice.

Noté cómo me aumentaba la frecuencia cardíaca. Me incliné sobre la mesa yo también.

—¿Celosa? —le pregunté.

Ella negó con la cabeza. Al ver que no contestaba, agregué en tono burlón:

—No hay más preguntas, su señoría.

—¡Me voy a casar! —estalló Kate, levantándose y plantando las manos en la mesa—. ¡Déjate de tonterías y firma el divorcio de una vez!

—¿Qué? —Me quedé congelado.

—Ya me has oído. Voy a casarme.

Un silencio denso se extendió por la sala.

Me puse recto en la silla. La noticia me golpeó como un balazo en el pecho.

Kate me observaba con dureza. Su pecho subía y bajaba a toda prisa. Tenía el rostro rojo por el enfado.

—¿Con quién? —le pregunté con voz estrangulada.

No entendía nada.

—No es asunto suyo, señor Sharp —soltó su abogada.

Bajé la vista a su mano izquierda. Allí brillaba un diamante del tamaño de un puto asteroide.

El ácido me inundó el estómago. ¿Había estado siempre ahí?

La incomodidad me oprimió el pecho a medida que las palabras calaron en mi interior. Me aflojé la corbata. A continuación, aparté la silla y me puse de pie. Necesitaba procesar la información. Lejos de ahí.

—¿Estás bien? —Alexandra me agarró la mano.

—¿Eh? —Volví a centrar la mirada en sus ojos marrones—. Sí. Solo necesito… un poco de agua.

Me tropecé con la silla antes de salir de la sala. Cerré la puerta detrás de mí, sintiendo el peso de sus miradas.

Caminé hasta el baño en piloto automático. Por suerte, estaba vacío. Apoyé las manos en el lavabo, agaché la cabeza y respiré hondo.

Me sentí un completo gilipollas.

Kate era preciosa, inteligente y divertida. Por supuesto que tendría un prometido esperándola en casa. Solo porque yo me había quedado anclado en el pasado no podía asumir que ella no había pasado página.

La tristeza me embargó mientras la idea de recuperarla se desvanecía.

Tragué saliva.

Necesitaba un cigarro con urgencia.

Saqué el paquete de chicles de menta del bolsillo y me metí uno en la boca.

Pasados unos minutos, decidí que había llegado el momento de comportarme como un adulto.

Salí del baño y me encaminé a la sala de los horrores.

Me sorprendió ver al capullo que me había robado los macarons esperando en la puerta.

Frené sobre mis pasos cuando Kate abandonó la sala y se fue directa a abrazarlo.

Ellos todavía no me habían visto.

Cuando se separaron, él le tendió la bolsa de papel marrón de la cafetería. Al ver el contenido, Kate le regaló una sonrisa.

«Mi prometida tiene una mañana difícil por delante», me había dicho ese tipo poco antes.

«¿Don ricachón era el prometido de Kate?».

Al verlos juntos me inundó una sensación desagradable. Parecían perfectos el uno para el otro.

La puerta de la sala volvió a abrirse y Alexandra salió escopetada.

—¿Cómo estás? —me preguntó al llegar a mi altura.

—Le ha comprado los putos macarons de pistacho… —contesté.

Mi amiga arrugó las cejas.

—Nos dan de plazo hasta el lunes para revisar el acuerdo —me informó.

Dejé que tirase de mí hasta los ascensores.

Las puertas se abrieron y me empujó dentro. Pulsó el botón de la planta baja.

Cuando el ascensor inició el descenso, Alexandra rompió el silencio.

—Madre mía, Kate es guapísima. —Se la veía entusiasmada—. ¿Te has fijado en que no dejaba de mirarte? Se ha puesto colorada cuando has entrado, creo que ha sido por verte en traje. Y cuando estabais discutiendo, ha sido tan emocionante…

—Quiero retirar los cargos o como se diga eso —comenté derrotado—. ¿Puedes redactar un divorcio amistoso?

Ella abrió la boca y yo continué:

—Me parece justo correr con los gastos legales. A fin de cuentas, he sido yo el que ha iniciado el proceso.

—Ben, piénsatelo hasta el lunes, por favor. Estoy segura de que Kate todavía siente algo por ti. He visto cómo te miraba…

—Alex, va a casarse con otro. No tengo nada que pensar. No voy a ser el obstáculo entre ella y su felicidad.

Me aguantó la mirada unos segundos antes de claudicar:

—No puedo contestar ahora sin levantar sospechas. El lunes a primera hora le enviaré un escrito.