Los finales perfectos no existen 13. Kate #3
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13. Kate #3

—Ya, pero se borraron la memoria para olvidarse el uno al otro… Y ni siquiera recuerdan qué hicieron mal la primera vez para no volver a meter la pata. ¿Por qué empezarías una relación si sabes que acabará mal?

—Ahí está la gracia, ¿no? Deciden intentarlo y arriesgarse, aunque todo apunte a que acabará mal. A mí me parece un final buenísimo.

—Creo que nunca nos pondremos de acuerdo en los finales.

—Tendremos que probar suerte viendo otra película —dijo Ben antes de levantarse.

Recogí el cubo de palomitas del suelo y me puse de pie para seguirlo. Éramos los últimos en el patio.

—¿Te borrarías la memoria para olvidar a alguien? —le pregunté cuando tiramos los cubos a la basura.

—No lo sé. Tendrían que hacerme mucho daño para llegar a ese extremo. —Me abrió la puerta y pasamos el vestíbulo—. ¿Y tú?

—No lo tengo claro. Quizá sí. Aunque es triste olvidar recuerdos bonitos…

—Ya… Hasta luego, Lola. —Se despidió de la chica del mostrador con la mano y salimos a la noche estrellada.

Ben se encendió un cigarro con un Zippo.

—¿Quieres ver la playa de la película? —preguntó tras dar una calada—. Está aquí al lado…

—Me encantaría, pero tengo que ir a una fiesta —comenté con la boca pequeña.

—No tienes cara de que te apetezca mucho ir.

—Sí que me apetece… —Me acomodé el pelo detrás de la oreja.

—Si no quieres ir, no vayas.

—No puedo hacer eso. Ya he dicho que iría.

—¿Y? —Ben se encogió de hombros antes de darle otra calada al cigarro—. Tienes derecho a cambiar de opinión.

Me mordí el labio y suspiré, mientras lo sopesaba.

—Me lo he pasado genial —le dije enseguida—. Pero tengo que irme.

Él le dio una última calada al cigarro y arrojó la colilla al suelo.

—¿Dónde has aparcado? —preguntó mientras la pisaba.

—He venido en taxi.

—¿Adónde tienes que ir?

—A Cedar Street, en East Hampton.

—Te acerco.

—No te preocupes. Pensaba llamar un taxi.

—No vas a encontrar un taxi un miércoles por la noche en Montauk. Vamos, anda; tengo el coche justo ahí.

Señaló un vehículo alargado y antiguo que estaba aparcado en la acera de enfrente. Tenía la pintura roja oxidada, y algunas piezas, como el retrovisor, eran de color azul.

Nuestras manos se rozaron al cruzar la calzada y volví a sentir las chispas saltar sobre mi piel.

«¿Qué está pasando?».

Bordeé el vehículo para subirme por la puerta del copiloto. La tapicería roja de los asientos estaba desgastada.

Cuando arrancó, la melodía de una canción ochentera llenó el ambiente.

—Entonces —Ben bajó la música— ¿no te ha molado el final?

—No. En mi cabeza, los protas acaban recuperando los recuerdos y se dan cuenta de que perdieron más cuando estaban separados.

—Hala, así, ella cambia el final porque le da la gana.

Su tono de falsa indignación me hizo reír.

—Sí. Es algo que hago desde que era pequeña. Si no me gustaba un final, luego me inventaba otro.

—¿Sí? ¿Qué finales cambiabas?

—Mmm… Por ejemplo: el de Titanic . En mi versión de la película, los rescataron a ambos, vendieron el collar y se casaron en secreto.

El de La Sirenita … Quería que Eric se transformase en sireno y vivieran todos juntos bajo el mar.

Recuerdo que jugaba en la piscina con Barbie y con Ken durante horas.

Ben soltó una carcajada.

—Solo le pongo una pega a tu final: ¿qué pasa con el perro de Eric?

—Se queda en el castillo. Pueden visitarlo todos los días, igual que a la gaviota.

Dejamos atrás el pueblo y cogimos la autopista.

—Por lo que veo, ahora sigues cambiando los finales… —continuó Ben poco después.

—Sí. Solo que ahora, en lugar de jugar con las muñecas, los escribo en un cuaderno. En cuanto llegue a casa luego escribiré mi final perfecto de ¡Olvídate de mí!

—Eres la primera persona que conozco que hace eso.

—Dime un final que no te haya gustado —le pedí.

—Mmm… Hay uno que no tengo claro si me mola o no. El de El efecto mariposa. Creo que la historia era original y se la cargaron al final.

—A mí tampoco me gusta. ¿De verdad te cruzas por la calle con el amor de tu vida y no le hablas? ¿Por qué harías eso?

—Supongo que él pensó que ella estaría mejor sin él…

—Da igual lo que creas. Siempre hay que hablar a la chica. Siempre. Sin duda, me quedo con el final alternativo.

—¿Hay un final alternativo?

—Hay varios. ¿No los has visto?

Ben negó con la cabeza.

Me ladeé en el asiento para mirarlo.

—Mi favorito es el que acaba bien. La escena empieza igual, con Ashton Kutcher saliendo del trabajo y cruzándosela, ambos se giran a la par y se presentan. Él le dice que le encantaría tomar un café con ella algún día y ella acepta.

—No sé si me convence… —Ben torció el gesto sin apartar los ojos de la carretera—. Es demasiado optimista para una peli tan oscura.

—Es el final perfecto. Demuestra que, a veces, la persona adecuada puede llegar en el momento menos indicado.

—No todas las historias de amor deben acabar bien.

—Discrepo. El mundo sería más feliz si todas las historias de amor acabasen bien.

—Creo que el mensaje de la peli es que el mayor acto de amor que puedes hacer por alguien es dejarlo ir. El final original es un poco triste, pero lo veo más realista. El tema de Oasis de fondo te pone los pelos de punta.

—Entonces ¿por qué no sabes si te gusta?

—Porque si él ya la había salvado al alejarla cuando eran pequeños, ¿qué hay de malo en que le hable ahora? No es que la historia fuese a repetirse. Me pareció que forzaron el final para que fuese agridulce.

—Entonces sí habrías preferido que acabasen juntos.

—No lo tengo claro.

Conforme redujo la velocidad comencé a ponerme nerviosa. ¿Volvería a verlo? ¿Debía preguntarle por su número de teléfono? ¿Ahora me tocaba a mí pedirle una cita?

Por si acaso, saqué el móvil del bolso.

—Gracias por traerme. —Sonreí cuando se detuvo delante de la mansión de dos plantas—. Me lo he pasado genial.

—Yo también.

El silencio se prolongó unos segundos. Cogí aire y me armé de valor.

«Una. Dos. Y tres».

—¿Quieres… quedarte? —solté de carrerilla.

—¿Quién da la fiesta?

—Rich.

—Ni de coña. —Negó con la cabeza—. Suficiente tengo con aguantarle en el curro. Nos vemos otro día.

Me quedé chafada.

«¿Cuándo?», me habría gustado preguntar.

—Vale —contesté.

Ben alargó la mano y cogió mi teléfono.

—¿Qué haces?

—Guardar mi número. —Él tecleó su contacto y pulsó el botón de llamar. Sacó su móvil del bolsillo, con la pantalla iluminada, y colgó—. Ya te tengo. Llámame cuando quieras. Te guardaré como Rose.

Mi corazón revoloteó dentro del pecho. Me gustaba ese mote. Era la primera vez que alguien me ponía uno.

—Vale. Gracias otra vez por traerme.

Al bajarme del coche, me quité la chaqueta y la dejé doblada en el asiento.

—Buenas noches —dije antes de cerrar la puerta.

—Pásalo bien. —Alcancé a oír.

Solo me había alejado un par de pasos cuando se encendió la pantalla de mi móvil. Al ver el nombre de Ben, me volteé. Él me hizo un gesto para que lo cogiera.

—¿Diga?

—¿Qué haces mañana?

—No lo sé, ¿por?

—Me parece que ponen Cuando Harry encontró a Sally en el cine de verano. Decías que era un clásico, ¿no?

Me sorprendió que recordase lo que dije la noche que nos conocimos, dos meses atrás.

—Sí. —Sonreí.

—¿Me guardarías un sitio a tu lado?

—Claro.

—Genial. Te veo mañana.

—Buenas noches, Ben.

Colgué y eché a andar por el camino de piedra con una sonrisa de oreja a oreja. Tenía la sensación de que aquel chico comenzaba a gustarme.