Los finales perfectos no existen 13. Kate #2
32%

13. Kate #2

—Esto… ¿Kate?

Me giré para encararlo.

—Tienes el culo lleno de arena.

El rubor me subió por el cuello.

¿Ben me había mirado el trasero?

Como si adivinase mis pensamientos, añadió:

—No he podido evitarlo.

—Ya… —Me sacudí la arena.

Ben me sobrepasó y subió las escaleras a toda prisa. Lo seguí de cerca. Al llegar al porche, se detuvo.

—No le cuentes a nadie lo del perro, anda —me pidió Ben muy serio—. Podrían echarme la bronca o llamar a la perrera.

—Tranquilo. No lo haré.

—Nos vemos mañana. —Se despidió con la mano y se marchó.

Abrí la ventana y me encontré con los ojos curiosos de Stacy Cabot, la hija de un socio de mi padre. Había pasado el día pegada a mí, no sabía si era porque quería o porque se lo había pedido su padre.

—¿Qué hacías hablando con el aparcacoches? —Stacy me observaba con las cejas arrugadas.

—Nada. Solo me ha preguntado la hora —dije lo primero que se me ocurrió—. Es majo.

—Y está buenísimo. —Ella soltó una risita tonta—. Me liaría con él solo para darle un disgusto a mi madre —añadió con un tono malicioso.

Una ligera incomodidad brotó en mi interior.

—Por cierto, tu padre te busca.

—Gracias. Voy a ver qué necesita.

Al regresar al salón, fui directa a hablar con él.

—¿Me buscabas, papá? —le pregunté.

—Sí. Disculpadme un momento —les dijo a los hombres con los que hablaba. Acto seguido, se apartó del grupo y le seguí—. Mañana a primera hora tengo que volver a Boston. Ruth se quedará contigo el resto de la semana. Volveré en cuanto pueda.

Ruth era el ama de llaves.

—Ah… —Una punzada de desilusión me atravesó.

Desde que tenía memoria, mi padre siempre estaba trabajando. Mientras crecía, había pasado la mayor parte del tiempo acompañada de mi madre.

—He hablado con los Cabot —prosiguió—. Si necesitas ir a algún sitio esta semana, puedes contar con su hija. Stacy quedará contigo.

—De acuerdo, papá.

La tarde siguiente, Stacy me recogió en su descapotable para ir al cine de Montauk.

Le había propuesto el plan omitiendo que Ben me había invitado.

Apenas tenía confianza con ella y no quería que mi padre se enterase de que había quedado con un chico.

Además, me daba vergüenza aparecer sola y arriesgarme a que Ben me diese plantón.

—¡Los padres de Rich se han ido a una gala benéfica en Nueva York y va a dar una fiesta!

—exclamó Stacy, con los ojos centrados en su móvil, tan pronto como me subí al coche—.

¡Al parecer, ha conseguido bebida! —El entusiasmo era evidente en su voz—.

Pasamos de la peli, ¿no? —acabó mirándome con una sonrisa angelical.

El plan que proponía no me apetecía, pero me daba apuro decírselo. Me había hecho el favor de venir a buscarme. No quería quedar mal con ella ni obligarla a hacer algo que no quisiera.

Ben y su sonrisa torcida cruzaron mi mente y mis nervios aumentaron. Si se presentaba en el cine y no me encontraba, ¿se decepcionaría? ¿Pensaría que no me había atrevido a ir?

Se me formó un nudo en el estómago al pensarlo.

Me sentía dividida.

—Como quieras —contesté con la boca pequeña.

—¿No quieres ir a la fiesta?

—No es eso… —Intenté buscar una solución intermedia—. La fiesta suena genial, pero… me apetece mucho ver la película. ¿Te importa si me quedo en el cine y voy a casa de Rich más tarde?

—¿Estás segura?

—Cien por cien.

Me regaló una sonrisa amplia.

—Vale, bueno, ¿quieres que te acerque al cine?

—No te preocupes. Cogeré un taxi.

—Llámame si necesitas algo. Ahora te paso la dirección de Rich.

—Genial. Gracias. —Me bajé enseguida del vehículo—. Nos vemos luego.

Media hora más tarde, el taxi me dejó en el centro de Montauk. El cine parecía diminuto. La pintura roja de la fachada estaba desconchada. Sobre la puerta, un letrero blanco anunciaba con letras negras las películas que se proyectaban ese día: Los Vengadores y ¡Olvídate de mí!

Al entrar en el vestíbulo, percibí el aroma característico de las palomitas. Las paredes estaban decoradas con varios pósters de películas desgastados y pegados con celo. Encima de la taquilla había un cartel blanco rodeado de bombillas doradas que rezaba: nos vemos en las películas.

Con un gusanillo de nervios en el estómago, me acerqué al mostrador. La última vez que pisé un cine fue acompañada de mi madre.

—Buenas tardes. —Una chica de pelo negro y rizado me saludó desde el otro lado.

Tenía la cara redonda, los ojos oscuros y un hoyuelo en la mejilla.

—Hola. —Le devolví la sonrisa—. Me gustaría comprar una entrada para ¡Olvídate de mí! , por favor.

—Perfecto. ¿Quieres palomitas o alguna bebida?

—Mmm… —Le eché un vistazo al menú de la pared—. ¡Hay palomitas de caramelo!

Ella soltó una risita por mi entusiasmo.

—Me llevo un cubo mediano y una Coca-Cola grande, por favor.

—Marchando. —Tecleó el pedido en la caja—. En total son diez dólares.

Saqué la cartera del bolso y extendí un billete por encima del mostrador.

—No me suena tu cara —me dijo al entregarme la entrada—. ¿Es la primera vez que vienes?

—Sí. —Asentí.

—Te cuento: el cine solo tiene una sala, donde ponemos los estrenos.

Las películas del cine de verano se proyectan en el patio trasero al atardecer.

—Consultó su reloj y añadió—: En una media hora.

Las entradas no son numeradas. Todavía no ha pasado mucha gente, así que no tendrás problema para elegir un asiento.

—De acuerdo. Muchas gracias. —Esperaba que Ben fuese uno de esos espectadores que ya habían llegado.

La chica se acercó a la máquina de palomitas y llenó un cubo hasta arriba.

—Aquí tienes. —Me lo tendió acompañado del refresco.

—Gracias. —Los acepté y seguí sus indicaciones hasta la parte de atrás.

El patio contaba con unas veinte sillas blancas de plástico repartidas en cuatro filas. En la pared del fondo había desplegada una lona blanca. Tan solo había un par de asientos ocupados en la última fila por una pareja que se besaba sin descanso.

No había ni rastro de Ben.

Me senté en una silla centrada de la segunda fila, poniendo espacio suficiente entre los tortolitos y yo.

Dejé el vaso en el suelo y me coloqué el bolso en el regazo.

Acto seguido, le eché un vistazo al reloj.

Eran las siete y media. Para matar el tiempo, me comí una palomita. Y después otra. Y otra más.

A cada tanto, echaba un vistazo por encima del hombro con la esperanza de ver aparecer a Ben. Pasado un rato, varias chicas se sentaron a mi izquierda, dejando un par de sillas de separación. Coloqué el bolso en el asiento vacío de mi derecha, para guardarle el sitio a Ben.

Conforme el cielo se coloreaba de púrpura, el temor de que no apareciera aumentaba.

Cuando encendieron el proyector, apenas me quedaban palomitas y Ben seguía sin llegar.

La decepción me cerró el estómago. Había sido una idiota por creer que iría.

Miré hacia la puerta, pero me daba vergüenza salir y que la gente supiese que me habían dado plantón.

Me agaché para coger el vaso. Al erguirme, percibí movimiento por el rabillo del ojo. Giré la cabeza y me encontré con Ben. El alivio fue instantáneo.

—Vaya, Rose, qué casualidad encontrarte aquí —dijo al llegar a mi altura—. ¿Está libre? —Señaló el asiento que ocupaba mi bolso.

—Sí. —Lo recogí a toda prisa y me lo coloqué en el regazo.

Tomé un sorbo de bebida tratando de aparentar normalidad.

Ben se sentó a mi lado. Llevaba una camiseta negra de manga corta y vaqueros. Era la primera vez que lo veía sin el uniforme. Estaba tan guapo que sentí un pellizquito en el pecho.

—Gracias por guardarme el sitio —susurró, inclinándose en mi dirección—. Siento haber llegado tan justo.

—No te preocupes.

—Por suerte, no me he perdido nada. —Desplegó otra de sus sonrisas encantadoras.

Se la devolví, notando cómo mi corazón se aceleraba.

—¿Quieres? —Colocó un cubo de palomitas delante de mi cara.

—Estoy llena. Gracias.

La película comenzó y volví la vista al frente para ver al protagonista despertarse.

—Esa es la playa que te decía ayer —susurró Ben cerca de mi oído.

Asentí sin mirarlo.

Un poco más tarde, me aventuré a meter la mano en su cubo de palomitas y nuestros dedos se encontraron. La electricidad me subió por el brazo. Dejé de oír las voces de Kate Winslet y Jim Carrey. El mundo había vuelto a quedarse en silencio. ¿Acaso Ben tenía un superpoder?

Me llevé una palomita salada a la boca.

Intenté seguir la película, pero sentía los ojos de Ben fijos en mi cara y me costaba concentrarme. Giré el rostro para encararlo. Sus ojos brillaban casi tanto como las estrellas.

—Me estás mirando —susurré cohibida.

—Ya. —Sonrió aún más.

¿No le daba vergüenza?

—¿Por qué?

—Quiero ver cómo reaccionas a mis escenas favoritas.

Notaba las mejillas tan calientes que estaba segura de que llamarían la atención como dos neones en la oscuridad. Su brazo rozó el mío por accidente, provocándome un estremecimiento.

—¿Tienes frío? —Malinterpretó mi escalofrío.

—Estoy bien.

Se volteó hacia el otro lado y, como haría el protagonista de una comedia romántica, me ofreció su chaqueta.

—Gracias. —Sonreí.

Era la primera vez que un chico me prestaba ropa.

Al ponérmela me llegó a la nariz una mezcla de olor a jabón y tabaco.

—¿Estás llorando? —me preguntó Ben poco después.

—No. —Me apresuré a limpiarme las lágrimas con el dorso de la mano.

Agaché la cabeza y dejé que la melena se interpusiera entre nosotros, como una cortina que me daba privacidad. Ben me sorprendió estirando el brazo y girándome el rostro por la barbilla. Observó mis ojos llorosos y dijo:

—Eres muy mona.

Me quedé paralizada unos segundos. Normalmente, aguantaba las lágrimas hasta que no podía más.

Especialmente viendo películas. Recordaba las palabras exactas que me dijo mi padre cuando me descubrió llorando por la muerte de Leonardo DiCaprio en Titanic : «Los Morgan no lloramos por tonterías, Katherine. Sube a lavarte la cara».

Cuando la película terminó, encendieron las luces del patio.

—¿Qué te ha parecido? —quiso saber Ben.

—No lo tengo claro. El final es muy triste.

—¿Por qué dices eso? —Arrugó las cejas—. Si acaban juntos…