Los finales perfectos no existen 13. Kate
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13. Kate

Kate

Trece años antes. Junio.

El olor salado del mar me inundó la nariz cuando salí al porche trasero del club de campo.

Corría una brisa agradable. La luz de la luna se derramaba sobre el Atlántico formando un camino plateado en el agua.

Apoyé los antebrazos en la barandilla de madera y cerré los ojos.

Encontraba relajante el rumor de las olas al romper contra la orilla.

Me encantaría bajar las escaleras, quitarme las sandalias y mojarme los pies.

Pero, si no quería que nadie notara mi ausencia, no debería tardar en regresar al salón donde mi padre socializaba con sus amigos de Nueva York.

Me había escabullido del cóctel con la excusa de ir al lavabo.

Llevábamos todo el día allí, me dolían las mejillas de fingir sonrisas vacías.

Éramos nuevos en los Hamptons y la fiesta era para darnos la bienvenida.

Hacía unos meses mi padre había comprado una casa en la zona, aprovechando que estábamos pasando las vacaciones de primavera con unos conocidos.

Como la mayoría de la gente de Boston, solíamos veranear en Cape Cod.

Aquel año habíamos cambiado el destino de las vacaciones porque allí había demasiados recuerdos de mi madre y era doloroso volver sin ella.

—¡Venga, vete! —Un cuchicheo rompió la quietud.

Abrí los ojos y giré sobre los talones. En el porche no había nadie más aparte de mí. La última vez que estuve sola en aquel lugar fue la noche en que conocí a Ben. No había vuelto a verlo desde entonces, pero su sonrisa irresistible se había quedado grabada en mi memoria.

—Tienes que largarte antes de que te vean —repitió la voz, que sonaba masculina.

Volví a cerrar los párpados y agucé el oído.

—No me mires así, anda…

Parecía que la persona que hablaba se encontraba debajo del embarcadero. Me asomé por la barandilla de madera, pero no conseguí ver nada. La luz de las tiras de farolillos apenas iluminaba la arena.

La curiosidad me empujó a bajar las escaleras con sigilo. La madera crujió bajo mis pisadas. Tan solo me quedaban un par de peldaños para llegar a la arena cuando un ladrido me provocó un sobresalto.

—¡Shhh! ¡Calla! —continuó la misma voz.

A mis oídos llegó el murmullo suave de unas patas golpeando la arena. Un perro salió de entre las sombras y se abalanzó sobre mí. El corazón se me subió a la garganta. Di un traspiés al retroceder a tientas y conseguí aferrarme a la barandilla a tiempo de no caerme.

—¡Eh, vamos, chico, vuelve aquí! —oí la voz más alta y clara—. ¡Me vas a meter en un lío!

Unos pasos acelerados sonaron cada vez más cerca.

El animal, de pelaje blanco y negro, me golpeó las rodillas con el hocico y meneó la cola de un lado al otro. Al entender que solo quería saludarme, relajé los hombros y sonreí.

—¡Hola, bonito! —Me senté sobre los peldaños de madera para acariciarlo.

—¿Qué estás buscan…? —El murmullo masculino se apagó de sopetón.

Me eché hacia atrás cuando el perro intentó lamerme la cara, y se me escapó la risa.

—Vale, ahora lo entiendo —agregó el desconocido.

Levanté la cabeza y me encontré con una figura alta y esbelta.

Se aproximó un poco más hasta llegar a la zona iluminada.

Me quedé sin habla al reconocer a Ben. Durante un momento, fui incapaz de parpadear.

Era tan guapo como recordaba, con el pelo castaño brillante, los ojos almendrados y la sonrisa contagiosa.

Iba vestido con un polo negro y un pantalón de color claro.

Pese al uniforme de aparcacoches, tenía un aire de chico malo que me recordaba al de Patrick Verona en Diez razones para odiarte .

No sabía si era la mirada intimidante, la seguridad que transmitía o el simple hecho de que fumase.

—¡Vaya, vaya, Rose! —me saludó con una sonrisa cegadora—. Nos volvemos a encontrar.

—No me llamo Rose —respondí escueta.

—Lo sé. —Le dio una calada al cigarro y exhaló el humo sin dejar de mirarme—. Kate, ¿verdad?

Asentí mientras acariciaba la cabeza de su perro.

—Y tú te llamabas Ben, ¿no?

—Sep.

Apagó el cigarro contra una viga del embarcadero y tiró la colilla.

—Lo siento si te ha asustado. —Señaló al animal con un gesto de cabeza—. No para quieto. —Su tono denotaba el cariño que sentía por el perro.

—No pasa nada. —Seguí acariciándolo—. Es precioso. ¿Cómo se llama?

Ben me aguantó la mirada unos segundos.

—Se llama Oreo.

Sonreí. Ben no tenía pinta de ser de esos que nombraban a su mascota con un nombre dulce.

—Me gusta. ¿Es porque te encantan las galletas?

—Y porque el pelaje es blanco y negro. Me parecía lo más lógico.

Volví a reírme.

—El nombre es provisional. En realidad, no sé cómo se llama. No es mío…

Arrugué las cejas.

Ben se agachó sobre la arena.

—Apareció por aquí en primavera —me explicó, pasando una mano por el lomo del animal—. Creo que lo abandonaron. El pobre estaba muerto de hambre. Le di algo de comer y, desde entonces, no ha dejado de venir.

Oreo se dio la vuelta y le obsequió con un cabezazo juguetón.

—¿De qué raza es?

—No tengo ni idea, parece un cruce —me contestó al tiempo que le rascaba detrás de las orejas—. ¿Qué hacías aquí fisgoneando?

—No estaba fisgoneando —respondí rápido.

Me asoló una repentina vergüenza. Incliné la cabeza, permitiendo que la melena me ocultase el rostro, y me centré en seguir acariciando al perro.

—¿Tan muermazo son estas fiestas?

Respiré hondo y alcé la vista.

—Oh, no es eso. La fiesta está bien —aseguré.

Los ojos de Ben siguieron el movimiento de mi mano cuando me acomodé un mechón de cabello tras la oreja.

—Entonces ¿qué haces aquí fuera? ¿Estás huyendo del novio malvado otra vez?

—No tengo novio.

Ben sonrió.

—He salido porque me gusta el sonido del mar. —Le regalé una sonrisa educada.

—Hacía tiempo que no te veía… ¿Vives por aquí?

—No. Vivo en Boston. Solo he venido a pasar el verano. ¿Y tú?

—Nacido y criado en Montauk. Es el último pueblo de la costa. —Señaló con el brazo la playa que se extendía detrás de él—. Está a unos veinte minutos en coche. Deberías visitarlo. Tiene varios acantilados, una playa enorme y el faro está chulo. Podría enseñártelo si quieres.

—¿El faro?

—Y el pueblo. Se han grabado varias pelis allí.

—¿En serio? ¿Cuáles?

—Por ejemplo: ¡Olvídate de mí! ¿La has visto?

Arrugué la nariz y volví a sacudir la cabeza en un ademán negativo.

—¿No? ¡Pero si la protagoniza Kate Winslet!

Ensanché la sonrisa.

—Por poco olvido tu obsesión con Titanic —bromeé.

—Me ofendes, Rose.

Estaba acariciando al perro cuando una descarga eléctrica traspasó mi piel y me llegó hasta las venas. Bajé la vista para ver que la mano de Ben se había topado con la mía.

«Ay…».

Alcé la cabeza confundida. Nuestras miradas se encontraron y mi corazón salió disparado.

En ese instante, fue como si alguien redujese el volumen del mundo.

Dejé de oír las olas y el ruido amortiguado de la música que llegaba del interior del edificio, incluso los sonidos juguetones de Oreo pasaron a un segundo plano.

«¡Para de mirarlo fijamente! —me pidió la voz de la razón—. Es de mala educación».

Los ojos de Ben brillaban como dos faros, clavados en los míos. Me habían hipnotizado y era incapaz de apartar la vista. Cuando sonrió, no pude evitar ruborizarme.

No entendía qué me estaba ocurriendo. ¿Por qué mi corazón se estaba acelerando tanto?

¿Acaso él estaba experimentando lo mismo que yo?

Sus ojos abandonaron los míos y bajaron hasta el lunar que tenía sobre el labio.

Un estremecimiento me recorrió el cuerpo entero.

De pronto, me sudaban las palmas. Aquellas sensaciones que escapaban a mi control me producían vértigo.

Abrumada, me incorporé rompiendo el momento.

Ben se irguió casi a la par. El perro se enredó entre mis piernas, perdí el equilibrio y caí hacia delante.

—Hey, cuidado. —Él me sujetó las caderas y yo le eché los brazos al cuello cuando mis pies aterrizaron en la arena—. No te tires —repitió las mismas palabras de la noche en que nos conocimos.

Se me escapó una risita aguda y nerviosa.

Su cara había terminado a centímetros de la mía. El calor que despedían sus palmas me quemaba la piel.

No me aparté de su contacto.

—Mañana ponen ¡Olvídate de mí! en el cine de Montauk —dijo Ben sin soltarme—. ¿Quieres ir?

El estómago me dio un vuelco.

«¿Me está pidiendo una cita?».

Quería aparentar ser una chica guay y segura, pero me temblaban las piernas y dudaba que no fuese a fallarme la voz.

—¿Contigo? —Mi tono chillón lo hizo sonreír.

—Sí.

Lo contemplé unos segundos. No tenía muy claro si debía aceptar.

—La otra opción es que vayas a verla sola y me guardes un sitio a tu lado.

Tragué saliva.

—¿Es una… cita?

—Será lo que tú quieras que sea —respondió con confianza en sí mismo.

Se oyó un silbido a lo lejos.

Ben chasqueó la lengua y dijo:

—Mierda. Tengo que irme.

Di un paso atrás y salí de su agarre. El mundo regresó a la normalidad. A excepción de mi corazón, que seguía corriendo una maratón.

—¿Qué me dices? —Ben desplegó una sonrisa encantadora—. ¿Te apetece ir al cine conmigo?

Lo miré dubitativa. Aquel chico de ojos verdes y sonrisa pícara me generaba curiosidad, pero sabía que mi padre no lo aprobaría. Según él, mi único novio eran los estudios.

Me alisé la falda del vestido morado, rehuyendo su mirada, y dije:

—Tendría que pedir permiso.

—¿Tus padres tienen que darte permiso para ir al cine conmigo? Pero ¿cuántos años tienes?

—Tengo diecisiete, pero no te conozco de nada. Hasta donde yo sé, podrías ser un asesino en serie.

—Oh, sí. De hecho, utilizo al perro como cebo para atraer a chicas guapas a mi trampa.

Sonreí.

—Cine de Montauk. Mañana. Al atardecer —dijo.

—No sé si me dejarán ir…

—Confío en que encontrarás la manera de que sí. Y, si no, no se lo digas y ya está.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

Me encogí de hombros.

Volvió a oírse otro silbido.

Ben se agachó para acariciar por última vez a Oreo.

—Vendré en un rato con más comida —le prometió apresurado.

De alguna manera, el animal pareció entenderlo, porque cuando se irguió no fue detrás de él.

Me volteé para subir las escaleras.