Los finales perfectos no existen 12. Kate
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12. Kate

Kate

—Ben ha impugnado el divorcio —soltó Julia cuando irrumpió en el salón de mi casa el lunes por la tarde—. Su abogada me ha enviado una contrademanda reclamando el cincuenta por ciento de tu patrimonio.

La melodía alegre que Preston tocaba en el piano se cortó de manera abrupta.

—¿Qué…? —Me quedé lívida.

Agradecí que la noticia me hubiese pillado sentada.

La primera vez que le envié el divorcio a Ben, di por hecho que lo firmaría de inmediato.

Nuestro matrimonio había durado menos de veinticuatro horas.

Me dejó sola en una habitación de hotel al día siguiente de habernos fugado para casarnos.

Para él nos habíamos precipitado y había sido un error, esas fueron sus palabras cuando rompió conmigo por mensaje.

Un rato más tarde, mi padre se presentó allí.

Me contó que le había ofrecido dinero a Ben a cambio de que me dejase y que él lo había aceptado sin pestañear.

En su momento, me enfadé con él por haberse entrometido en la relación.

A la larga, entendí que solo quería lo mejor para mí.

Dejé el portátil en la mesa auxiliar que tenía a mano derecha con el guion abierto del sexto episodio de Legacy .

—Esto no me lo vi venir. —Preston bajó la tapa del piano y se levantó.

—No… no entiendo nada. Por favor, dime que esto es una broma —musité—. Cuando me dijo que quería que lo revisase su equipo legal, no pensé que sería para reclamar la mitad de mi patrimonio.

Los tacones de aguja de Julia resonaron cuando atravesó la estancia con decisión. Dejó el bolso negro de Furla en la mesa del café, al lado del jarrón de peonías, y se sentó en el sillón a mi lado.

Preston se acomodó junto a mí.

—No te preocupes —continuó Julia con un tono calmado—. Es una demanda absurda. Saben que lo que están pidiendo es desproporcionado y que jamás ganarían el juicio. Lo único que buscan es dinero.

Mi estupefacción se convirtió en enfado.

Hacía unos días Ben había sido todo sonrisas y coqueteo, me había mandado una solicitud de seguimiento en Instagram que, por supuesto, no había aceptado, y ahora, ¿tenía la poca decencia de ir tras mi dinero?

La vieja herida del pecho comenzó a reabrirse.

No debería sorprenderme que quisiese dinero.

A fin de cuentas, no sería la primera vez que se aprovechaba de una situación.

Julia sacó del bolso una carpeta blanca decorada con el logo del bufete de abogados para el que trabaja. La abrió y extrajo un documento del interior.

—Para agilizar el proceso, habría que ofrecerle una compensación económica. —Se inclinó hacia delante y alargó el brazo para entregarme los papeles—. He redactado un acuerdo con la cantidad mínima que creo que estará dispuesto a aceptar.

No podía creerme que aquello estuviese pasando.

—No. —Me levanté sin coger los documentos.

Tenía el pulso acelerado y me ardía la cara—.

Esto no tiene sentido. ¡Fue él quien me dejó!

Me aseguró que había solucionado lo del matrimonio —dije mientras caminaba de un lado a otro de la estancia—.

¿Y ahora quiere mi dinero? ¿Quién se cree que es para pedirme nada?

—Os casasteis en gananciales. —Mi amiga cruzó una pierna por encima de la otra—. Por ley, tiene derecho a reclamarte la mitad del patrimonio.

—No tiene derecho a nada… Julia, eres la mejor abogada de divorcios de la ciudad.

—Me detuve delante de ella y reduje el tono.

Mis amigos no tenían culpa de nada—. Te pido, por favor, que encuentres otra manera de solucionar esto, porque no pienso darle ni un centavo. Ya se llevó suficiente cuando me dejó.

—Kate, no permitiré que tomes una decisión en caliente que podrías lamentar más adelante —contestó tajante.

—Te aseguro que jamás lamentaré no regalarle el dinero a Ben.

—¿Sabes qué pasa en los divorcios? —La pregunta de Julia era retórica, así que no contesté—.

Que los afectados suelen olvidar que hay cosas más importantes que el dinero.

Te casas dentro de cinco meses. La única manera de que la boda se celebre es darle a Ben lo que pide o llegar a un acuerdo económico para que firme los papeles.

La miré fijamente.

Sus ojos marrones me observaban implacables como el acero.

El estómago se me retorció de manera desagradable. ¿De verdad aquella era mi única opción? Me desplomé en el sofá cuando estaban a punto de cederme las piernas. La presión que sentía en la cabeza aumentó.

—No me lo puedo creer… —Me masajeé las sienes—. Esto es inaceptable. Estoy segura de que Ben ya tiene dinero suficiente con el sueldo de presentador. Vive en pleno Park Avenue, en un apartamento enorme con vistas panorámicas. ¿Para qué quiere mi dinero?

—La avaricia nunca para de crecer —intervino Preston—. Cuanto más tienes, más quieres.

—Te sorprenderías de las cosas con las que me topo en los tribunales —agregó Julia.

Preston me frotó el brazo con delicadeza.

—¿Estás segura de que su marido solo quiere dinero? —le preguntó a Julia.

—No tengo ninguna duda. Para empezar, la demanda que han presentado no tiene ni pies ni cabeza.

La cantidad que reclaman es desorbitada y son conscientes de ello.

Lo único que intentan es llegar a un acuerdo económico presionando un poco.

Además, la abogada ni siquiera está especializada en divorcios.

No necesito más pistas. De verdad que no es la primera vez que me encuentro con una situación así.

—De acuerdo. —Preston asintió—. Paguémosle y acabemos con esto de una vez.

Volví a negar con la cabeza. Apreté tanto los puños que los nudillos perdieron color.

—Sé que no quieres que el hombre que te rompió el corazón a cambio de dinero se salga con la suya —continuó mi amigo—. Lo entiendo. Yo tampoco querría…

Intenté aguantar el temple mientras mi corazón se hacía un ovillo y se tapaba los oídos para no seguir escuchando.

Preston y Julia eran los únicos con los que había compartido los detalles de la ruptura con Ben.

—Entiendo que esto es difícil para ti —Julia tomó el relevo de la palabra—, pero necesito que confíes en mí. Para evitar acabar en los tribunales, o peor, en la prensa, lo mejor es pagarle. Vuestro compromiso se anunciará dentro de unas semanas. Necesitamos que para entonces esto esté solucionado.

Me senté y guardé silencio un instante.

Comprendía el consejo de Julia, pero la situación era injusta para mí mientras que Ben saldría beneficiado por segunda vez. Como si me leyera la mente, ella sacó de su bolso una caja verde pastel con el logo de Ladurée en la tapa.

—Esto seguro que te anima —dijo.

Acepté la caja y la abrí. Me metí un macaron de pistacho en la boca.

—Hay otras maneras de joderle que van más allá del dinero —continuó mi amiga—. Lo importante ahora es obtener su firma. Cuando estés felizmente divorciada, ya llamaremos a la mafia si hace falta.

Julia era el tipo de amiga que luchaba contigo hasta el final.

Respiré hondo un par de veces, tratando de rebajar el enfado. No merecía la pena que me llevase el disgusto por culpa de Ben. Si Julia creía que aquello era lo mejor, confiaría en ella. Por algo era una de las mejores abogadas de divorcios del país.

—De acuerdo… —murmuré, después de tragar—. Haz lo que consideres apropiado.

—Mañana a primera hora le enviaré el nuevo acuerdo a la abogada de Ben. Te prometo que antes de que te des cuenta, esto estará solucionado.

—Muchas gracias.

Tragué saliva y le di un sorbo a la copa de vino que Preston me puso delante.

—Necesito que me resuelvas una duda —empezó mi amigo—: ¿cómo pudiste enamorarte de un capullo así?