Los finales perfectos no existen 11. Ben
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11. Ben

Ben

—¿A qué hora te acostaste anoche? —me preguntó mi madre según nos sentamos uno frente al otro en el restaurante.

Me encogí de hombros.

—Cerca de las cinco, creo —respondí.

Después de presentar el programa, salí a celebrarlo con mis compañeros por todo lo alto.

Eran las diez de la mañana. Había madrugado porque había quedado para desayunar con mi madre antes de llevarla al aeropuerto.

Había volado hasta Nueva York para venir de público al estreno del programa.

A mediodía regresaría a Florida, donde vivía con Joseph, su pareja.

Me froté la frente. Todavía tenía la cabeza como un bombo y estaba muerto de sed.

—¿Te has tomado algo para el dolor de cabeza?

—Sí. —Me quité las gafas de sol y parpadeé un par de veces para acostumbrarme a la luz.

La camarera se acercó a la mesa.

—Bienvenidos a Bubby’s —nos dijo mientras dejaba en la mesa una jarra de agua junto a un par de vasos—. Me llamo Kim y les atenderé esta mañana. —Nos entregó los menús—. ¿Quieren que les traiga algo de beber?

—Un té con limón, por favor —pidió mi madre.

—Para mí un café solo, por favor —dije yo—. Muchas gracias.

—Enseguida.

Cuando nos quedamos solos, llené los vasos de agua y vacié el mío de un trago.

—Este sitio no será muy caro, ¿no? —Mi madre echó un vistazo alrededor.

—Mamá, ya te he dicho que no te preocupes por el dinero. —Alargué una carta en su dirección—. Pídete lo que quieras, por favor.

Ella la aceptó a regañadientes.

El restaurante no era ni de lejos el más caro de la ciudad, pero sí era el que servía las mejores tortitas.

—¿Tú qué vas a pedir? —me preguntó ella.

—Las tortitas de plátano caramelizado con nueces tostadas —respondí sin pensármelo—. Están buenísimas.

—Entonces las pediré yo también.

La camarera regresó con las bebidas y nos tomó nota de la comida.

—Tu vuelo salía a las dos, ¿verdad? —le pregunté a mi madre.

—Eso es.

—Vale. Voy a consultar el tráfico por si acaso. —Me saqué el móvil del bolsillo y abrí el mapa—. Con salir dentro de una hora, llegamos al aeropuerto de sobra.

Deslicé el pulgar por la pantalla para ver una previsualización de las notificaciones.

En un momento me había escrito todo Dios, incluido Louis Michaels, el productor ejecutivo y creador del programa.

Abrí primero su mensaje, constaba de dos palabras: «Enhorabuena, Ben», acompañadas de un enlace.

Cliqué en él y se abrió el artículo de un periódico.

El debut de Ben Sharp en Saturday Late Night bate récords de audiencia con siete millones de espectadores únicos durante el estreno.

—¡Hostia! —exclamé.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre.

Parpadeé un par de veces y releí el titular.

No lo había soñado: seguía ahí.

Con un suspiro, solté la presión que me había acompañado los últimos días y acogí el alivio con los brazos abiertos. Esas palabras fueron un subidón de energía.

—Hemos batido récord de audiencia —le conté—. El director del programa me ha enviado un artículo.

Mi madre ahogó una exclamación. Saltó de la silla y se colocó detrás de mí para leer a la par que yo.

El artículo aseguraba que me había metido al público en el bolsillo gracias a mi carisma y sentido del humor, destacaba la dupla divertida que formábamos Michelle y yo copresentando la sección de noticias cómicas y remarcaba los buenos datos de audiencia: nos habíamos convertido en el estreno de comedia más visto de la cadena de la última década.

Conforme leía, me embargó el orgullo. Había trabajado duro para llegar hasta ahí.

—Enhorabuena, hijo. —Mi madre me abrazó desde atrás—. Estoy muy orgullosa de ti.

Incapaz de contestar, le di una palmadita en la mano. Para mí era importantísimo que ella se sintiese así. Al fin, pude articular un:

—Gracias, mamá.

Cuando regresó a su sitio me fijé en que tenía los ojos brillantes de emoción.

—Envíame el artículo —me pidió—. Quiero mandárselo a Joseph y a todas mis amigas.

—¿De verdad?

—Claro. Tengo que presumir de hijo, que solo tengo uno —dijo con una sonrisa.

En ese momento, la camarera nos llevó la comida.

—Están buenísimas —corroboró mi madre al probar las tortitas—. Pero a mí me quedan mejor, ¿a que sí?

Se me escapó la risa.

—Sí, mamá… Como las tuyas ninguna.

Una hora y media más tarde, llegamos al control de seguridad del aeropuerto.

—¿Cuándo vendrás de visita? —me preguntó al abrazarme.

—No lo sé. —Solté el asa de su maleta y la envolví con los brazos—. Ahora estoy a tope con el trabajo. En Navidad seguro.

—Falta mucho para eso.

—Qué va, se pasará volando. —Le froté la espalda con cariño—. Ya lo verás.

Ella se apartó con los ojos llorosos.

—Avísame cuando aterrices, ¿vale?

Mi madre asintió y me dio un último abrazo.

—No te olvides de llamarme el próximo domingo —me dijo antes de darse la vuelta.

Esperé hasta que pasó el control de seguridad para despedirme con la mano.

Cuando llegué a casa me desplomé en la cama.

Durante un momento, me dediqué a contestar las felicitaciones de familiares, amigos y conocidos.

No pude evitar preguntarme si Kate habría visto el programa y, de haber sido así, qué le habría parecido.

En el pasado me había oído hablar del sueño de trabajar en Saturday Late Night , me había visto bromear e imitar sketches y se había tragado varias reposiciones del programa conmigo.

Habían pasado seis días desde que se había presentado en mi casa y dos desde que habíamos coincidido en el edificio de la cadena. Tenía ganas de volver a verla.

Guiado por un impulso, abrí Instagram. Ignoré los cientos de notificaciones pendientes y escribí su nombre en el buscador.

No era la primera vez que lo hacía. Kate tenía la cuenta privada.

No podía ver nada de su vida más allá de la foto diminuta de perfil, en la que aparecía de brazos cruzados en una pose corporativa, y de su biografía que se resumía en: «Productora en Morgan Media».

Aunque el plan que había montado con Alexandra seguía en marcha, quería descubrir más sobre ella. Por eso pulsé el botón de «seguir» y sonreí.