10. Kate
Kate
Eran las nueve de la noche del sábado. Sobre la mesa del comedor tenía el guion impreso de Legacy , decorado con multitud de anotaciones escritas en los márgenes y en notas adhesivas de tonos pastel.
La pantalla del portátil mostraba una página que recopilaba consejos para escribir un guion de Greta Gerwig, una de mis guionistas y directoras favoritas.
Mi única compañía era la de Carly Simon, que cantaba «You’re So Vain» a través de mis cascos.
Había retocado y añadido varias escenas en los primeros episodios. Todavía me quedaba trabajo por delante.
Con un suspiro cansado, apoyé el codo en la mesa y la frente en la palma de la mano.
Todavía no había decidido si retomar mi guion. Había sopesado los pros y los contras, y estaba dividida. Por un lado, era algo que siempre había querido hacer. Por otro, perseguir mis sueños me resultaba aterrador. En parte por eso mi guion llevaba años olvidado en un cajón.
Los pensamientos intrusivos que asolaban mi cabeza esos días estaban plagados de «y si»: ¿Y si no era lo suficientemente buena como para terminarlo?
¿Y si se me daba fatal? ¿Y si lo terminaba y era malo?
¿Y si a nadie le interesaba lo que escribiera?
¿Y si fracasaba? ¿Y si mi padre tenía razón y no podía vivir de esto?
Mientras no persiguiese mi sueño, siempre tendría la duda de si podría triunfar o no. En cambio, si lo intentaba y fallaba, no habría marcha atrás.
Notaba el cerebro embotado por haber estado concentrada tantas horas seguidas.
Paré la lista de reproducción de éxitos de las comedias románticas y me quité los cascos.
A continuación, cogí el móvil. Abrí Instagram.
Deslicé el pulgar por la pantalla y no tardé en toparme con la cara sonriente de Ben, en lo que parecía ser el escenario de Saturday Late Night .
La revista Entertainment Weekly acababa de compartir un vídeo de su debut televisivo.
En el texto que acompañaba podía leerse: «¡Benjamin Sharp presenta por primera vez SLN! ».
La curiosidad me pudo y pinché en la pantalla. La música jazz que tocaba la banda en el plató de Saturday Late Night llenó la estancia. Y entonces una voz masculina anunció:
—¡Damas y caballeros, con todos ustedes…, Benjamin Sharp!
Las puertas doradas del fondo se abrieron.
En cuanto Ben apareció, los aplausos del público se oyeron por encima de la música.
Llevaba puesta una camisa azul marino y un pantalón de vestir, que le favorecían bastante.
Bajó los escalones de un salto y avanzó bailando de manera teatral hasta el centro del escenario, donde giró sobre sí mismo.
Sus movimientos llenos de energía eran tan exagerados que resultaban cómicos.
Ben echó un vistazo a la audiencia y una sonrisa enorme se adueñó de su expresión. Los ojos le brillaban, supuse que de emoción contenida.
Cambiaron a un plano en el que se le veía más cerca. Cada detalle de su aspecto estaba cuidado al milímetro: desde el cabello perfectamente despeinado a los primeros botones de la camisa desabrochados, pasando por la barba arreglada de varios días.
—¡Guau! —exclamó al ver que el público se desvivía aplaudiendo y vitoreando—.
¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Me hace mucha ilusión estar aquí!
De hecho, estoy tan feliz que hay una parte de mí que todavía no se lo cree.
Las últimas semanas han sido un caos absoluto.
Después de ocho años ahí detrás —señaló la parte trasera del escenario con el pulgar por encima del hombro— escribiendo guiones, hoy estoy cumpliendo el sueño que tengo desde que era un renacuajo.
Sé que estaréis hartos de ver mi cara en las revistas, en las pantallas de Times Square y en los autobuses.
Pero… ¿sabéis quiénes no están cansadas de verme hasta en la sopa?
—Hizo una pausa y añadió—: Vuestras novias.
—Le guiñó un ojo a la cámara de manera exagerada y la audiencia se partió de risa.
Noté un amago de sonrisa en las comisuras de la boca.
—Muchos pensaréis que estoy aquí por mi atractivo irresistible —continuó Ben en un tono divertido—.
Haber sido bendecido con este rostro —se pasó la mano por debajo de la barbilla— tiene su parte negativa.
Por ejemplo, siempre me preguntaré si soy talentoso de verdad.
Es broma, es broma, es broma. Claro que soy gracioso.
Lo sé porque antes no era tan guapo. De pequeño era más bien lo contrario.
Tuve que currarme una personalidad de la hostia para suplir la falta de belleza.
Bah, es mentira: fui el niño más guapo del mundo…
Si le preguntáis a mi madre, os lo confirmará encantada.
La gente volvió a reírse. Ben transmitía seguridad y confianza.
—Tengo poca experiencia como presentador, pero llevo preparándome para este momento desde los siete años —prosiguió—.
Recuerdo ver el programa de pequeño, en casa con mi madre, y pensar: «Ojalá estar ahí algún día».
Solía imitar los sketches para hacerla reír mientras mi abuelo me grababa. Aquí una prueba.
La imagen de Ben fue reemplazada por un vídeo en el que tendría aproximadamente siete años. Llevaba un bigote pintado con rotulador negro y una americana que le quedaba enorme. Al ver su imitación de un capo de la mafia, el público se dividió entre risas y suspiros amorosos.
Recordaba haber visto aquel vídeo. Su madre me lo mostró la primera noche que cené en su casa.
Cuando quise darme cuenta, estaba sonriendo.
Sentí una extraña mezcla de nostalgia, admiración y orgullo.
Me pregunté si así se sintió Mia al ver a Sebastian cumplir el sueño de tener su propio bar de jazz en La La Land.
El Ben de treinta y un años volvió a ocupar la pantalla y continuó hablando:
—Este programa ha sido una de las partes más estables de mi vida, he recurrido a él en momentos buenos y malos.
Por eso este escenario, en cierta manera, es como un hogar para mí.
Antes de entrar como asistente de guion, trabajé aparcando coches, paseando perros y sirviendo copas.
He perdido muchas cosas por el camino y no ha habido un día en el que no haya trabajado duro para llegar hasta aquí.
Que yo esté en este escenario es la prueba de que los sueños pueden hacerse realidad.
Este programa ha cambiado mi vida. El día que me ofrecieron presentarlo lloré como un niño.
Se oyeron los ruidos adorables de la audiencia. Por un momento, dejé el rencor a un lado y me permití ver al chico de dieciocho años cumpliendo el sueño de su vida. El orgullo me invadió.
—Entre el público están algunas de las personas que más me importan: mis amigos y mi madre. Sin ellos, no estaría aquí.
Cambiaron de cámara y enfocaron a la madre de Ben. Su rostro se había llenado de arrugas, tenía el pelo castaño entrecano y los ojos vidriosos.
—Mamá, espero que estés orgullosa —se oyó decir a Ben.
Ella asintió y vocalizó lo que me pareció que era un «Por supuesto». Su sonrisa era tan amplia que ocupaba toda la pantalla.
La audiencia volvió a aplaudir.
Enfocaron a Ben otra vez.
—Espero que disfrutéis del primer programa de la temporada y de la actuación de Sabrina Carpenter. Y ahora, tocan las palabras que llevo toda la vida pronunciando delante del espejo: ¡En directo, desde Nueva York, Saturday Late Night !
El vídeo terminó y yo me quedé un rato con los ojos fijos en el móvil.
Ben siempre conseguía lo que se proponía. Tenía la clase de carisma y determinación que te hacen llegar lejos.
Si él había cumplido su sueño, yo también podría, ¿no? Los ojos se me empañaron al imaginar lo emocionante que sería ver mi nombre en la portada de un guion terminado, la presentación de una de mis películas en una alfombra roja o la ovación del público al ganar un Óscar.
Ojalá fuese cierto aquello de que nunca era demasiado tarde para hacer lo que quieres.
Con la motivación renovada, cliqué sobre la carpeta del ordenador en la que guardaba el guion.
El corazón se me había acelerado mitad emocionado mitad muerto de miedo.
Tras un momento de vacilación, lo abrí. Releí las veinte páginas que había escrito hacía años.
Había varias cosas que quería modificar.
En ese momento, decidí que en cuanto acabase con los retoques de Legacy retomaría mi guion y cuando lo terminase ya vería qué hacer con él.
No sabía si conseguiría mi sueño, pero sentía que acababa de dar un paso en la dirección correcta.