Los finales perfectos no existen 8. Kate #2
23%

8. Kate #2

—¿Vas a cenar un viernes por la noche con tu abogada? —se me escapó la pregunta.

—Sí. Hemos quedado en mi casa después del trabajo.

Una oleada de incredulidad me rebasó entera.

Probablemente «revisar los papeles» era un eufemismo para decir que se lo montarían sobre la encimera de la cocina.

Algunas cosas de Ben no habían cambiado en absoluto, como la seguridad, el coqueteo y la sonrisa eterna. Otras, como acostarse cada día con una mujer diferente, eran nuevas.

—¿Es otra de tus amiguitas? —pregunté fingiendo la mayor indiferencia posible.

Ben me miró con socarronería.

—De hecho, es una de mis mejores amigas.

«Mantén la compostura», dije para mis adentros.

—Por supuesto. —Me alisé una arruga invisible del vestido—. No esperaba menos de ti.

De pronto, estaba furiosa.

Ben no me tomaba en serio. Le había dado tres días de plazo para firmar el divorcio. Estábamos en el tercero y ni siquiera lo había revisado.

—¿Por qué te importa con quién cene, Rose? —preguntó.

Odié la punzada dolorosa que sentí en el pecho al oír ese apelativo cariñoso. Un muro se alzó alrededor de mi corazón. La temperatura se desplomó.

—No vuelvas a llamarme así —espeté en un siseo—. Y para que te quede claro: no me importa en absoluto con quién cenes.

Ben se quedó desconcertado.

En cuanto las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, solté:

—No compliques más las cosas y firma el divorcio.

Salí escopetada y con el pulso por las nubes. Necesitaba despejarme. Había vuelto a perder la compostura. Su presencia me afectaba más de lo que debería.

Pasamos por los tornos de seguridad del vestíbulo a la par.

—¡Hola, Ben! —saludó con tono alegre el repartidor que lo interceptó.

Llevaba un uniforme verde y sostenía varias cajas de pizza apiladas unas encima de otras.

Mientras me encaminaba hacia la recepción, oí a Ben contestarle:

—Jordan, ¿cómo se encuentran las niñas?

Me coloqué la última de la fila que había frente al mostrador para devolver la tarjeta de visita. Desde mi posición, podía oír su conversación.

—Mejor —respondió el tal Jordan—. Ya se han recuperado de la gastroenteritis.

—Me alegro.

Jordan se fijó en su atuendo:

—¿Así es como vas a debutar en la televisión?

—Sí… Estoy deseando hacer el ridículo delante de las cámaras con estas pintas.

El repartidor soltó una carcajada estruendosa.

Alcé el rostro justo cuando Ben lanzaba el sombrero al aire. Cuando aterrizó en sus manos, se lo colocó en la cabeza. No dejé de mirarlo mientras sacaba la cartera del bolsillo trasero del pantalón y le pagaba al repartidor.

—Quédate con el cambio.

—Muchas gracias. —El hombre le pasó las cajas de pizza.

Ben giró la cabeza y yo aparté el rostro a la velocidad de la luz.

—Suerte el sábado —oí que le deseaba el repartidor—. Estaré pegado a la televisión con la familia.

—Gracias, tío. Nos vemos pronto.

Cuando fue mi turno delante del mostrador de seguridad, me pareció que había pasado una eternidad.

—Buenas tardes —saludé a la mujer que se sentaba al otro lado—. Quería devolver…

—¿Cómo está mi recepcionista favorita? —Ben nos interrumpió dejando las cajas de pizza encima del mostrador—. ¿Un trozo de pizza, Margaret?

El olor a tomate y orégano me entró por la nariz.

—Te lo agradezco, pero acabo de comer —le contestó ella.

—¿Y usted, señorita Morgan? ¿Quiere un trozo?

Apreté los puños con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas.

—No, gracias. —Forcé una sonrisa falsa.

—En ese caso, me marcho. Señoritas… —Ben se llevó la mano derecha al ala del sombrero e inclinó la cabeza en un gesto de despedida—. ¡Que tengan un buen día!

Cogió las pizzas y se fue sin mirar atrás.

Al salir a la brisa fría y otoñal, solté un pequeño suspiro de alivio. Tenía que conseguir inmunizarme a Ben para mantener las emociones a raya.

Consulté la hora en el reloj. Había quedado para comer con Preston y Julia media hora después.

Caminé hasta el cruce de la Quinta Avenida.

Al detenerme en el paso de peatones, me topé con el rostro sonriente de Ben.

Aparecía en el anuncio de un autobús junto a Michelle Rodríguez, su copresentadora.

Giré la cabeza y volví a verlo. En esa ocasión, me sonreía desde la portada de la revista Inquire , que sostenía la mujer que tenía al lado.

El semáforo cambió a verde y seguí caminando. Dos manzanas más adelante, volví a cruzarme con su expresión burlona en el cartel gigante de la fachada de un edificio.

Resoplé fastidiada.

«¿Está en todas partes o qué?».

Cuando llegué al Bemelmans, mis amigos ya aguardaban sentados alrededor de nuestra mesa habitual. Al verlos se me pasó gran parte de la irritación.

—Lo siento —me disculpé al llegar a su altura—. ¿Lleváis mucho tiempo esperándome?

—Qué va. —Julia se levantó para recibirme.

—¡Qué guapa estás! —exclamé al darle un abrazo afectuoso.

Mi amiga llevaba un traje negro, la americana se ajustaba a su cintura gracias a un cinturón fino y dorado. A juego, llevaba un collar tipo serpiente y una pulsera. La melena oscura, perfectamente alisada, le rozaba los hombros.

—Gracias. —Sonrió pagada de satisfacción—. Tú también.

Al apartarme, saludé a Preston con un beso en la mejilla y tomé asiento a su lado.

El camarero se acercó para dejarme una carta y tomarme nota de la bebida.