8. Kate
Kate
La reunión con el señor Miller fue productiva. Me explicó qué estrategia de contenido seguirían el año siguiente en la plataforma de la NBS, me presentó a la junta directiva y se ofreció a hacerme una visita guiada por las oficinas del edificio Rockefeller.
—En esta zona trabaja el equipo de Saturday Late Night —me informó cuando doblamos un recodo y fuimos a dar a un pasillo alargado—.
Aquí se encuentran los despachos de los productores, la sala de guionistas y el comedor.
El programa se graba en el estudio de la octava planta. Allí está vestuario, maquillaje…
Asentía, atenta a lo que me contaba, cuando sonó una puerta abriéndose y me estampé contra algo.
Ahogué una exclamación al perder el equilibrio y el mundo se convirtió en un borrón. Por fortuna, unas manos firmes me sujetaron por los brazos, impidiendo que me cayera.
—Lo siento —me disculpé en el acto.
Levanté la cabeza y me quedé paralizada.
Ben me observó unos segundos.
El ritmo de mis latidos se había acelerado. No sabía si se debía al susto o si era porque el calor de sus manos traspasaba las mangas de mi vestido, calentándome la piel.
—No te tires —bromeó para romper el hielo.
Una sonrisa involuntaria afloró a mis labios.
Eran las palabras que me dijo la noche en que nos conocimos.
Sus ojos abandonaron los míos y se deslizaron despacio hasta mis labios.
Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, vi reflejado en sus iris verdes el mismo interés que cuando éramos adolescentes.
Sentí que retrocedía a un tiempo lejano, en el que solo era una chica delante del chico del que deseaba saber más.
—No pensaba hacerlo —me encontré respondiendo lo mismo que trece años atrás.
Ben desplegó una sonrisa hipnótica. Cuando sonreía así, los ojos se le iluminaban y su expresión se llenaba de calidez.
La nostalgia se alzó en mi interior. En el pasado había conseguido alegrarme el día solo con curvar los labios hacia arriba.
Durante un momento fue como si volviéramos a ser los de antes.
Pero, entonces, una vocecita me recordó que ya no conocía al hombre que tenía delante.
Di un paso atrás, saliendo de su campo magnético.
—¡Hay que ver, Ben! —La voz del señor Miller se inmiscuyó entre nosotros, recordándonos que no estábamos solos—. Tú siempre haciendo entradas triunfales, ¿eh?
—Ya me conoces. —Dejó caer los brazos a los costados.
—¿Por qué vas vestido así? —le preguntó extrañado mi acompañante.
En ese instante, reparé en que Ben parecía recién salido del rodeo. Llevaba un sombrero de cowboy color crema, una camisa marrón abierta sobre una camiseta blanca y ajustada, y unos vaqueros gastados.
—Estábamos ensayando un sketch —le respondió Ben—. ¿Qué tal te va todo?
—De maravilla…
Intenté seguir su conversación, pero mi atención se quedó anclada en cómo la camisa resaltaba la anchura de los hombros de Ben y en los antebrazos que mostraban las mangas recogidas.
Antes no tenía los brazos tan fuertes ni había un Rolex plateado abrazando su muñeca.
La hebilla del cinturón era tan desmesurada que resultaba imposible no reparar en ella.
Subí la vista hasta su rostro. Una barba de varios días enmarcaba su mandíbula.
Con discreción, giré el anillo que me rodeaba el dedo anular con el pulgar y escondí el diamante tras la palma izquierda.
Cuando Ben volvió a centrar la mirada en mí, resistí el impulso de apartar la vista, como hacía cuando era una cría. Desplegó una de sus sonrisas encantadoras; parecía contento de haberme pillado mirándolo.
Me molestaba que estuviese tan guapo. Era la prueba de que el karma no existía. Con el daño que me hizo, la vida debería haberle afeado para que nadie volviera a caer en la trampa de esa sonrisa.
—Katherine, permíteme presentarte a Benjamin Sharp. —El señor Miller señaló a Ben con un gesto de la mano—. Es el jefe de guionistas de Saturday Late Night y el nuevo presentador estrella del programa. Ben, esta es Katherine Mor…
—Lo sé —le cortó él sin apartar los ojos de mí—. Ya nos conocemos.
¿Por qué decía eso? ¿No se daba cuenta de que esa afirmación generaría más preguntas?
—¿De verdad? —El señor Miller parpadeó sorprendido y alternó una mirada curiosa de uno a otro—. ¡Qué casualidad!
—Sí —respondí, adelantándome a lo que pudiera decir Ben—. Coincidimos en un evento… hace unos meses —balbuceé al mentir.
Me acomodé un mechón de cabello a la par que le pedía a Ben con los ojos que me siguiera la corriente.
—Sí, en la gala benéfica del hospital St. Jude. —Ben mintió con naturalidad. Se quitó el sombrero e hizo una pequeña reverencia a modo de saludo. Al erguirse, se lo pegó al pecho y añadió con tono teatral—: Me alegro mucho de volver a verla, señorita Morgan.
Sonó un teléfono a mi derecha.
—Disculpadme un momento, por favor —nos pidió el señor Miller—. Hola, Matthew. —Descolgó y se apartó un par de pasos—. ¿Cómo estás?
Ben lo observó alejarse. Luego recorrió mi vestido de tubo granate con la mirada.
Con toda la calma del mundo, se inclinó hasta que nuestros rostros estuvieron a la misma altura.
—¿Por qué le has mentido? —susurró.
Eché un vistazo por encima del hombro. El señor Miller estaba al fondo del pasillo, con el teléfono pegado a la oreja. Volví a mirar a Ben y le contesté en un murmullo:
—Porque no quiero que nadie descubra el error que intento enmendar.
Él no se inmutó.
—No me gustaría que se hablase de mi vida personal ni del pasado que comparto con la nueva estrella del programa —añadí en un cuchicheo—. Quiero que solo se juzgue mi desempeño.
Ben se irguió y cruzó los brazos por encima del pecho. Me obligué a sostenerle la mirada y a no bajar la vista hasta sus antebrazos.
—Vaaale —claudicó, arrastrando la palabra con un tono juguetón—. ¿Qué me das a cambio de guardar nuestro secretito?
Arrugué las cejas y di un paso atrás, repelida por la pregunta.
Una sonrisa contenida adornaba su rostro. Por su tono era obvio que se estaba burlando. Endurecí la mirada y moví la cabeza con desaprobación.
—¿Intentas chantajearme? —pregunté, escéptica, para salir de dudas.
El señor Miller regresó a nuestro lado y me quedé sin saber la respuesta.
—Señorita Morgan, hay un asunto que requiere mi atención inmediata. —Señaló el teléfono que sostenía—. ¿Sabe dónde se encuentra la salida?
—Sí. Creo que sí. No se preocupe —repuse con amabilidad.
—Yo la acompaño a la salida. —Ben se ofreció.
—No hace falta. —Le dediqué una sonrisa falsa—. Seguro que tienes mucho trabajo, y no quiero molestar.
—Bah, no es molestia. —Ben le restó importancia, encogiéndose de hombros—. Iba abajo a recoger la comida.
«¿De verdad va a bajar vestido de vaquero?».
No me quitó los ojos de encima mientras me despedía del señor Miller con un apretón de manos formal.
—Encantado de conocerla, señorita Morgan. Estamos en contacto. —El hombre sonrió y se le marcaron las arrugas que tenía alrededor de los ojos. Acto seguido, se giró hacia Ben—: Nos vemos. —Le dio una palmada en el hombro y se marchó rumbo a su despacho.
Sin esperar un momento, caminé con determinación hacia los ascensores. Mis tacones hicieron eco en el pasillo.
Como era de suponer, Ben se apresuró a seguirme. En dos zancadas ya lo tenía al lado.
—¿Qué haces? —le pregunté por encima del hombro.
—Aprovechar la oportunidad que me ha dado el universo de hablar contigo.
«¿Qué dice?».
Llamé al ascensor tres veces seguidas.
Cuando las puertas se abrieron, Ben me cedió el paso con un gesto de la mano.
—Después de ti.
Entré en el ascensor vacío y pulsé el botón de la planta baja.
Luego, avancé hasta el fondo. Las puertas se cerraron dejándonos en compañía del hilo musical que reproducía jazz.
Por el rabillo del ojo, lo vi peinarse la mata de cabello oscura.
Acto seguido, apoyó la espalda en la pared izquierda y se cruzó de brazos de manera casual.
Para evitar mirarlo, saqué el teléfono del bolso y abrí la aplicación de correo.
—Ya me he enterado de la compra de la cadena —dijo Ben para entablar conversación—. ¿Ahora vas a ser mi jefa o algo así?
Exhalé un suspiro.
Me encantaría ignorarlo. En contra de mi voluntad, despegué la vista del móvil y lo encaré.
—No —contesté por educación—. Yo solo produciré contenido para el área de streaming .
—Lástima. —Chasqueó la lengua—. ¿Sabes? Este es el tipo de cosa que sabría si nos pusiésemos al día —comentó con un deje sugerente en la voz—. He pedido a la mejor pizzería de la ciudad. ¿Quieres quedarte a comer conmigo?
«Me está tomando el pelo, ¿verdad?».
—Me encantaría, pero tengo otro compromiso que no puedo mover —decliné la oferta con diplomacia.
—No te preocupes. Dame tu número y quedamos en otro momento.
Entrecerré los ojos y él sonrió aún más. Me contuve para no decir algo fuera de lugar.
—Así te devuelvo el bolígrafo —añadió mientras jugueteaba con el sombrero.
—Lo siento. Tengo la agenda llena.
—¿Estás saliendo con alguien?
Parpadeé sorprendida por su atrevimiento.
«¿A ti qué te importa?», me habría encantado responder.
—Esa pregunta es algo inapropiada. ¿No te parece?
—¿Ah, sí? —Se rascó la barbilla.
Sonrió como si nunca hubiese roto un plato.
—¿Ha revisado tu equipo ya el divorcio?
Mi tono cortante no le hizo perder el buen humor.
—Todavía no.
La irritación se encendió en mi estómago. Quería gritar, pero me mantuve impertérrita.
—Hasta que no lo firmes, no tengo ningún interés en hablar contigo.
—Vaya, ¿significa eso que cuando lo haga, cenarás conmigo?
El calor me subió por el cuello.
—Porque, si es así —continuó—, te adelanto que esta noche cenaré con mi abogada. Hemos quedado para revisar los papeles, te avisaré lo antes posible.
Le puso la guinda al comentario guiñándome un ojo con aire seductor.
«Tiene que ser una broma».
Apreté los labios y me contuve para no decir algo fuera de lugar.
¿En serio me pedía una cita a la par que me contaba que había quedado con otra esa misma noche?
—Es increíble… —musité con desaprobación.
—¿El qué?
Una sonrisa escéptica se adueñó de mi expresión.