Los finales perfectos no existen 7. Ben #2
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7. Ben #2

Cuando la canción llegó al último estribillo y Céline cantó a pleno pulmón, casi pude oír la voz de Alexandra decirme al oído:

«Yo lo único que te pido es que prestes atención a las señales».

Eché un vistazo rápido por encima del hombro. La música provenía de un bicitaxi para turistas que tenía justo detrás.

Sacudí la cabeza.

Pedaleé más rápido y, pronto, dejé la música y los recuerdos atrás.

En cuanto entré en el apartamento, me dirigí a la cocina y cogí un botellín de cerveza de la nevera. Después de abrirlo, le di un trago largo y lo dejé sobre la isla. A continuación, saqué del cajón la carpeta de papeles que me había dejado Kate.

De golpe, una sensación incómoda me arañaba las tripas.

«Pero ¿qué cojones me ocurre?».

Me pasé la mano por la cara y exhalé un suspiro profundo. Por el amor de Dios, tenía treinta y un años. Un papel no podía ser más fuerte que yo.

Abrí la carpeta para firmar la primera hoja. Cogí el bolígrafo de Kate, tragué saliva y lo acerqué al papel. Aparté la vista y garabateé una firma casi sin mirar.

«Ya está hecho».

Al observar el papel, me extrañó ver que donde había firmado solo se apreciaba la marca del trazo. Agité el bolígrafo para intentarlo una segunda vez. Obtuve el mismo resultado. Lo desenrosqué y encontré el cartucho de tinta vacío.

«¿De verdad el universo intenta decirme algo?».

Atravesé el pasillo alargado hasta mi despacho.

Cogí uno de los bolígrafos que tenía desparramados por la mesa.

Tras comprobar que pintaba, regresé sobre mis pasos hasta la cocina.

Me planté delante de la encimera y le di un segundo trago a la cerveza.

Roté los hombros y el cuello un par de veces, buscando aliviar la tensión.

Estaba a punto de firmar el papel cuando un pitido agudo y molesto comenzó a sonar a todo volumen.

—¡Joder! —exclamé sobresaltado.

Solté el bolígrafo y me llevé una mano al pecho. Mis latidos se habían disparado.

El sonido continuo parecía provenir del pasillo.

Tardé un instante en comprender que había saltado la alarma antiincendios del edificio.

Corrí hasta el dormitorio y saqué la bolsa de deporte que guardaba en el armario, donde estaban algunas de mis pertenencias más preciadas.

Regresé apresurado hasta la entrada y atrapé las llaves del aparador al vuelo.

Cuando abrí la puerta, el pitido estridente se hizo más fuerte. Intentando no perder la calma, me dirigí a la salida de emergencia y bajé los diecinueve pisos por las escaleras de emergencia junto al resto de los vecinos.

Ya en la calle, me agolpé en la acera con las personas que habían evacuado el edificio. Algunos estaban en pijama, otros cargaban a sus mascotas en brazos. La preocupación y el desconcierto eran evidentes en los rostros de todos.

—¿Alguien sabe qué ha pasado? —preguntó uno de ellos.

—Dicen que hay fuego en la planta treinta —contestó otro—. Espero que no haya heridos.

Un camión de bomberos giró la esquina y enfiló por Park Avenue a mil por hora, con la sirena iluminada y retumbando a máxima potencia. Frenó delante del edificio. Seis bomberos saltaron del interior y entraron como flechas por la puerta principal.

Nervioso, metí la mano en el bolsillo para sacar los chicles de menta. El paquete estaba envuelto en un papelito arrugado. Extrañado, lo desenvolví. Era el mensaje que me había tocado en la galleta de la fortuna.

Todos los finales son comienzos.

Aún lo sostenía en la mano cuando salió uno de los bomberos del edificio. Los vecinos lo avasallaron a preguntas. El hombre se subió la visera del casco y se acercó el megáfono a la cara.

—Buenas noches. Atención todos, por favor. —Su voz sonó amplificada por encima del ruido del tráfico—. Quería informarles de que el incendio está controlado. Afortunadamente, no hay heridos.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. A mi alrededor se oyeron multitud de murmullos de alivio.

—El fuego se ha originado en una vivienda de la última planta —continuó el bombero—.

Una tostadora se ha incendiado debido a un fallo en el sistema eléctrico.

En cuanto terminemos las labores de ventilación, podrán regresar a sus domicilios.

Por ahora, solo me queda pedirles un poco más de paciencia.

Mi nombre es Jack. Si necesitan cualquier cosa, estaré por aquí.

«Se llama igual que el protagonista de Titanic ».

—¡Es una señal! —exclamé.

Un par de vecinos me miraron extrañados.

Durante años, me había fustigado por haber perdido a Kate.

Si la vida volvía a ponérmela delante sería por algo, ¿no?

Alexandra tenía razón: el universo me estaba dando una segunda oportunidad de arreglarlo.

Y yo, en lugar de prestarle atención, había pasado y las señales eran cada vez más fuertes.

¿Y si me estaba ocurriendo como a Matthew McConaughey en Interstellar ?

¿Y si las señales provenían de mi yo del futuro?

Fuera lo que fuera, no quería seguir cabreando al universo.

«Tío, te estás montando una película que ni Christopher Nolan».

Me escurrí entre la gente mientras buscaba el contacto de Alexandra en el teléfono.

—Hola, hola. —Mi amiga respondió al tercer tono.

—Primero, el mensaje de la galleta. Luego Morgan Media compra la cadena para la que trabajo —solté mientras caminaba por la acera de un lado a otro—.

Hace un rato me adelanta un bicitaxi que llevaba la banda sonora de Titanic a toda hostia.

He pensado «No te rayes, Ben, puede ser una casualidad».

Llego a casa, decidido a firmar los papeles del divorcio, y el bolígrafo que me prestó Kate no tiene tinta.

Cojo otro boli. Estoy a punto de firmar por segunda vez y salta la alarma de incendios. Desalojan el edificio y…

—¿Estás bien? —interrumpió alarmada.

—Sí, sí, tranquila. No ha habido heridos ni nada. Solo se ha quemado el tostador de un vecino. Los bomberos han llegado a tiempo.

—¿Por qué no has empezado por ahí?

—¡Shhh! Calla y escucha, que viene lo mejor. ¡El bombero que nos ha explicado lo que ha sucedido se llama Jack! ¡Jack como el protagonista de Titanic ! ¿Casualidad? No lo creo. ¡ Titanic era nuestra película! ¡Claramente el universo me está mandando señales para que no me divorcie!

—¿Ves como yo tenía razón? —Alexandra sonaba entusiasmada—. Ahora dime: ¿cómo te puedo ayudar?