Los finales perfectos no existen 7. Ben
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7. Ben

Ben

Tenía el mejor trabajo del mundo.

En los ocho años que llevaba en Saturday Late Night no me había aburrido ni un solo día. Entré al programa cuando estaba en la universidad. Mientras estudiaba guion, les envié una candidatura espontánea acompañada del borrador de varios sketches . Una semana después, me contrataron como asistente.

Al principio, echaba una mano al equipo de guionistas en cualquier cosa que necesitasen: preparaba cafés, corregía formatos y estilos de los guiones, y asistía a sus reuniones creativas.

Lo de quedarme callado siempre había sido mi asignatura pendiente.

Si se me ocurría alguna idea, por tonta que fuese, la soltaba en mitad de las sesiones.

Varias acabaron pasando el corte final y saliendo en el programa.

Gracias a eso ascendí a guionista en un año, cuando lo normal era tardar, como mínimo, dos.

Con ese ascenso empezó lo bueno. Me lo pasaba genial escribiendo bromas y sketches , y participando más activamente en el desarrollo de las ideas con mis compañeros.

Cinco años más tarde, me convertí en jefe de guionistas. Desde entonces, además de escribir el contenido clave del programa, también coordinaba al equipo, supervisaba lo que escribían y asistía a infinidad de reuniones que podrían haber sido emails .

La temporada se emitía de octubre a abril. Durante esos siete meses el ritmo de trabajo era estresante de cojones. Los plazos que manejábamos eran una locura, las horas de sueño disminuían de manera considerable, y la sala de guionistas pasaba a ser una segunda casa.

Las partes buenas superaban con creces la cantidad de horas extra que echaba.

Me reía solo sentado frente al ordenador, pensando bromas y transformándolas en sketches .

Había buen ambiente entre los compañeros.

A veces nuestras sesiones de escritura eran un circo, saltábamos de una idea a otra sin control, nos interrumpíamos y vacilábamos cada dos por tres.

Pero formábamos un gran equipo y siempre sacábamos el trabajo adelante.

Aunque nada era comparable a la satisfacción de hacer reír a los demás.

El humor siempre había sido un salvavidas para mí.

Oír las carcajadas del público era lo que hacía que mi profesión tuviese sentido.

Ahora, tras dos años liderando el equipo de guion, estaba a punto de dar el salto delante de las cámaras para presentar Week­end Up To Date , la sección cómica de noticias.

Semana tras semana, tendría la oportunidad de soltar nuestras mejores bromas frente a los espectadores.

Sentía cierto vértigo al pensar en exponerme a la audiencia en vivo y en directo, pero mentiría si dijera que no estaba encantado de la vida.

Así que ahí estaba, como cada miércoles, leyendo con el equipo de guion los sketches que habíamos escrito para el primer programa de la temporada.

Los treinta más graciosos pasarían la criba.

Teníamos la mesa repleta de bolas de papel arrugadas con ideas descartadas, una bandeja de dónuts a medio terminar y varias tazas de café vacías.

—Freddie, la idea del reality de citas fallidas me parece brutal —le dije a uno de los guionistas—, pero no acabo de ver que el soltero sea un ejecutivo de Wall Street. Ese personaje está demasiado trillado. Pensemos algo más actual.

—¿Y si lo cambiamos por un cowboy de Montana? —sugirió Georgia—. Sería gracioso verlo tener una cita con la mujer rica de Miami.

Me acomodé en la silla y crucé los brazos detrás de la cabeza. Enseguida me vino a la mente una imagen de Justin, uno de los actores principales del programa, entrando a un restaurante refinado vestido de vaquero y ahuyentando a su cita.

—¡Me gusta! —confirmé—. Creo que Justin encajaría perfecto en el papel.

Puede hacer de uno de esos tíos que montan toros de manera profesional.

—Me levanté y me puse la gorra verde de Freddie, para escenificar lo que había imaginado—.

Al llegar a la mesa se quita el sombrero para saludar a su cita —me deshice de la gorra con una reverencia— y luego suelta algo tipo: «El rodeo no es el único sitio en el que se me da bien usar el lazo» —terminé, cerrando el ojo derecho en un guiño exagerado.

Se oyó una carcajada general.

Le tiré la gorra a Freddie y él la atrapó al vuelo.

—Y ella puede contestarle que está deseando cabalgarlo como a un potro salvaje. —Freddie se caló la gorra hasta las cejas.

—Cornelia jamás contestaría eso —repuso Ezra—. Es demasiado vulgar para una mujer refinada como ella.

Mientras ellos debatían, me acerqué a la pizarra blanca y anoté la idea del sketch con el rotulador verde.

—Tenemos el traje hinchable con el que parece que estás montado a caballo, ¿no? —preguntó Freddie riéndose.

—¡Sí! ¡Qué cutre! —Se me escapó la risa—. ¡Lo apunto para comentárselo a vestuario!

—Molaría que el rollo de Justin fuese parecido al de Glen Powell en Twisters —propuso Georgia—. Puede hacer la típica entrada a cámara lenta, con el sombrero, un palillo de dientes en la boca y el caballo entre las piernas…

Sus palabras se vieron interrumpidas por las de Ezra, que anunció:

—¡Nos compra Morgan Media!

—¿Estás de coña? —Giré sobre los talones estupefacto.

Un murmullo de sorpresa llenó la sala. Georgia y Freddie lo miraban con la boca abierta.

—Dominic Rockwell acaba de mandar un correo a toda la empresa —continuó mi compañero, con los ojos clavados en el portátil—. Al parecer, han llegado a un acuerdo para adquirir la cadena por doscientos ochenta millones de dólares. Morgan Media emitirá un comunicado de prensa a lo largo del día.

Me dejé caer en la silla y abrí el correo en el portátil.

Morgan Media era uno de los gigantes de medios de comunicación del país.

Estaba formado por varios periódicos, emisoras de radio y una cadena de televisión.

El dueño y presidente ejecutivo era Arthur Morgan.

El padre de Kate. Sabía que ella era productora dentro de la empresa familiar porque la había buscado en internet hacía unos días.

En aquel instante me asaltaron varias preguntas.

¿Qué pasaría con el programa cuando Morgan Media adquiriese la cadena? ¿Afectaría eso a mi puesto?

El hilo de mis pensamientos se vio interrumpido por mis compañeros, que empezaron a pronunciarse.

—Entonces los rumores de que iban a comprar la cadena eran ciertos… —comentó Ezra asombrado—. No pensé que fuese Morgan Media… Menudo giro de guion.

—Uf. —Freddie resopló—. ¿Creéis que nos obligarán a rebajar el tono del programa? Morgan Media es un dinosaurio. No pegan nada con lo que hacemos.

—¿Qué significa exactamente que nos compren? —La alarma era palpable en el tono de Georgia—. ¿Seguiremos siendo parte de la NBS o pasaremos a ser parte de la plantilla de Morgan Media? ¿Habrá despidos?

—Seguro —respondió Freddie—. Siempre que pasan estas cosas, hay recortes.

Decidí intervenir antes de que la conversación se fuese de madre.

—Dudo que despidan a nadie —les dije para calmarlos—.

Tampoco creo que nos hagan cambiar el tono.

Somos el programa de comedia más visto cada fin de semana.

Funcionamos de puta madre y lo saben. Imagino que habrá cambios, pero, como no sabemos nada más, lo mejor es que nos centremos en el trabajo.

Entiendo que esto os preocupe, pero estad tranquilos, porque en cuanto me entere de algo os lo contaré.

A mediodía la noticia se hizo de dominio público.

En el edificio Rockefeller no se hablaba de otra cosa.

El revuelo era tal que Louis, el productor ejecutivo y creador del programa, convocó una reunión para calmar las aguas.

Como había vaticinado, nos contó que no había cambios a la vista y nos pidió que siguiésemos trabajando con normalidad, ya que podían pasar meses antes de que la compra se hiciese efectiva.

Cuando salí del trabajo, era de noche y corría un viento frío. Desbloqueé el móvil para consultar la aplicación de alquiler de bicicletas compartidas y me encontré varios mensajes de mis amigos esperándome en el grupo.

Chris

Ben, acabo de leer en la prensa que

os compra Morgan Media

Logan

Hostia, menuda casualidad, no?

Alexandra

No es casualidad, es otra señal

El universo quiere que se reúna con Kate

Tecleé una respuesta mientras caminaba a la estación de bicicletas.

Me he enterado esta mañana

Sigo flipando

Alex, esto no es una señal

Solo es una decisión de un tiburón

de los negocios

Alexandra

Has firmado el divorcio ya?

Por qué no te metes en tus cosas?

Alexandra

No hay más preguntas, su señoría

Cerré la conversación y abrí la aplicación de las bicicletas.

Tras desbloquear una, me guardé el móvil en el bolsillo.

Ajusté el sillín, pasé una pierna por encima y me incorporé al tráfico.

En la Sexta Avenida reinaba el ruido de los cláxones, de los motores ruidosos y el bullicio de la ciudad.

Mientras pedaleaba por el carril bici, con el aire fresco agitándome el pelo, fui dándoles vueltas a las palabras de Alexandra.

Hacía dos días que había visto a Kate y todavía no había firmado el divorcio.

Cada vez que había pensado en ello, había encontrado algo mejor que hacer.

No debería procrastinar más. En cuanto llegase a casa, lo firmaría y luego encontraría la manera de devolverle el bolígrafo para hablar con ella y disculparme.

En ese momento, una canción familiar se impuso al ruido del tráfico.

Se trataba de «My Heart Will Go On » de Céline Dion.

Titanic siempre me hacía pensar en Kate.

Recordé la primera vez que la vimos juntos en el cine de verano.

Ella puso una sonrisa tierna cuando Jack vio a Rose por primera vez, soltó un suspiro amoroso cuando se besaron y lloró desconsolada con el final.

Cuando la película terminó y me miró con ojos llorosos me di cuenta de que me había enamorado de ella.

Muchas parejas tienen una canción para su relación. En nuestro caso, era esa película.