Los finales perfectos no existen 6. Kate #3
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6. Kate #3

—Claro. Allí estaré. —No rechazaría la oportunidad de convertirme en directora de la plataforma porque existiese la posibilidad de encontrarme con mi exnovio por los pasillos—. Gracias, Adam.

Cuando mi asistente cerró la puerta, me masajeé las sienes.

Llevaba todo el día sumergida en el guion y necesitaba un respiro.

Apenas me había levantado del sitio, incluso había comido frente al ordenador.

Nada me vendría mejor para despejar la mente que una clase de pilates.

Consulté la agenda y vi que esa tarde tenía la sesión de fotos de compromiso con Preston, para cuando nuestro enlace se anunciase en los medios.

El gimnasio tendría que esperar a otro día.

Recogí mis pertenencias y me levanté para marcharme. Como iba con tiempo, decidí volver a casa dando un paseo por Central Park. Al salir de la oficina, me desvié a mi cafetería favorita: me gustaba caminar con una bebida caliente en la mano. Aquella tarde me decanté por un café de caramelo salado.

El parque en otoño siempre me inspiraba.

Me puse la banda sonora de Tienes un email y entré por la entrada de la Quinta Avenida acompañada por la canción «Dreams » de The Cranberries.

Me encantaban los días en los que el sol brillaba en lo alto del cielo y hacía el frío justo para ir calentita con la americana.

Una ráfaga de viento agitó las copas de los árboles cercanos.

Un par de hojas naranjas danzaron hasta el suelo.

Mientras las hojas secas crujían bajo mis pies, me sentí un poco Meg Ryan.

Lo que pensé al pasear fue en si debería retomar el guion que llevaba cinco años acumulando polvo en un cajón. El tiempo se me había pasado volando al trabajar la historia de amor de Legacy , me había divertido y me había vuelto el gusanillo de la escritura.

Tenía treinta y un años. Quizá había llegado el momento de quitarme la espinita del pecho. Conforme más lo pensaba, más sentido cobraba la idea.

Al salir del parque por el Upper East Side, paré en una tienda que exhibía calabazas de distintos tamaños en el escaparate.

Escogí una mediana para decorar la mesa de café del salón y unas cuantas pequeñas para formar un centro de mesa con hojas secas.

Salí de la tienda con una sonrisa de oreja a oreja.

Cuando entré en casa, el fotógrafo ya estaba allí. No era otro que Matt Palmer, encargado de fotografiar políticos, famosos, incluso miembros de la Casa Real británica. Era el fotógrafo de confianza de la madre de Preston.

—Matt, te presento a mi prometida, Katherine Morgan —le dijo Preston.

Dejé la calabaza sobre la mesa del café y me acerqué a saludarlo.

—Encantado de conocerla, señorita Morgan. —Me estrechó la mano.

—Igualmente. Por favor, llámame Kate. Subo rápido a cambiarme y enseguida estoy con vosotros —les dije.

Unos minutos más tarde, regresé abajo con el vestido que me había comprado para la sesión. Era largo y sobrio, de color blanco roto. La manga larga me cubría hasta las muñecas. El detalle más llamativo era el cuello estilo Bardot que dejaba los hombros al descubierto.

Sobre la mesa del comedor Matt había desplegado su cámara y varios objetivos. Frente al sofá descansaba un foco de luz con un difusor.

—Estás espectacular, cielo —me dijo Preston.

—He pensado sacaros un par de fotos al lado de la ventana para aprovechar la luz del atardecer. Y luego haremos otro par en el sofá.

Preston y yo nos colocamos donde nos indicó, el uno al lado del otro.

—Preston, rodéale los hombros con el brazo y, Kate, tú muestra la mano con el anillo de compromiso, por favor.

Seguimos sus indicaciones.

—Ahí, perfecto.

Sonó el clic de la cámara un par de veces.

—Ahora, miraos a los ojos… Así, excelente. Podéis hablar de vuestras cosas o contaros algo gracioso, para que quede más natural.

Matt bajó la cámara y revisó las fotografías que había tomado. A continuación, nos pidió que tomásemos asiento en el sofá. Ajustó los focos de luz y pasó la media hora siguiente fotografiándonos en distintos puntos de la casa.

—Lo tenemos. —Se acercó a nosotros y nos las enseñó.

—Han quedado preciosas.

—Creo que mi favorita es la primera —opinó Preston—. En la que sales mostrando el anillo.

—Editaré el material y os lo enviaré la semana próxima.

—Genial. Muchas gracias.

Cuando el fotógrafo se fue, Preston subió a cambiarse. Yo me senté en el sofá y encendí la televisión. El ambiente otoñal me había despertado las ganas de ver mi comedia romántica favorita. Encendí la vela que olía a canela y naranja, y puse la película.

—¿Otra vez viendo Tienes un email ? —preguntó Preston al regresar al salón.

Pausé la película.

—Tengo que verla todos los otoños, es la tradición.

Cruzó la estancia y tomó asiento a mi lado.

—¿Después tocará maratón de Las chicas Gilmore ?

—Así es.

—¿Qué tal el día? ¿Has hablado con el guionista?

—Sí. Le ha gustado mi idea, pero no puede encargarse de los cambios. Así que los haré yo. He estado tan entretenida que he pensado retomar el guion de la comedia romántica que empecé a escribir en París… ¿Es una pérdida de tiempo?

—Por supuesto que no. Tienes todo mi apoyo.