Los finales perfectos no existen 6. Kate #2
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6. Kate #2

Al colgar, me acerqué a la ventana y contemplé la ciudad. Desde el despacho tenía vistas privilegiadas a Central Park. La luz bañaba las copas de los árboles, que dejaban atrás el verde del verano para acoger los tonos anaranjados del otoño.

Las películas me habían acompañado desde que tenía uso de razón.

Algunas me habían hecho reflexionar, incluso habían logrado que me replantease mi vida, otras me habían marcado por sus finales o me habían dejado hecha polvo durante días.

Gracias a ellas había vivido mil vidas que no eran la mía, había soñado, me había enamorado, había llorado desconsolada y había reído hasta que me dolía la tripa.

Conforme crecía, el sueño de hacer cine comenzó a anidar en mí.

Y, entonces, un día me di cuenta de que quería escribir guiones divertidos que hicieran que los espectadores pasaran un buen rato.

Quería escribir escenas que les hicieran tirar el cubo de palomitas y aplaudir de la emoción cuando los protagonistas por fin se besaban en la gran pantalla.

Cuando, de adolescente, le conté a mi padre que quería ser guionista, su negativa fue contundente: «Eso es ridículo. De escribir guiones no se vive. Tu deber es trabajar en la empresa familiar y labrarte un futuro de verdad».

¿Y yo qué hice en ese momento?

Agachar la cabeza y complacerlo. Acababa de morir mi madre, Ben y yo habíamos roto y él era lo único que me quedaba.

Me convencí de que él estaba en lo cierto.

Perseguir mis sueños era arriesgado, podría fracasar y hacer el ridículo.

Escogí la opción segura y estudié Empresariales en Harvard, tal y como quería mi padre.

Durante un tiempo fui la hija ejemplar, pero nunca conseguí quitarme la espinita del cine del corazón.

Todo cambió cuando me fui a estudiar el máster de Administración y Dirección de empresas a París.

Allí vi una película que marcó un antes y un después para mí: La La Land .

Aunque el final no fue lo que esperaba (en mi cabeza los protagonistas habían cumplido sus sueños y habían acabado juntos), la historia de Mia resonó conmigo.

Me emocioné al verla lograr su sueño de ser actriz.

Recuerdo haber salido del cine preguntándome hasta dónde merecía la pena luchar por lo que quieres.

¿Podías cumplir tus metas y tener un final perfecto junto a Ryan Gosling? ¿O eran cosas totalmente incompatibles?

Esa noche algo se reavivó en mi interior. Al día siguiente, me matriculé en un curso de guion sin decírselo a nadie, que compatibilicé con el máster, y comencé a escribir una comedia romántica.

Cuando regresé a Estados Unidos, se lo conté a mi padre. Me encontré con la misma respuesta que cuando era adolescente: «Katherine, creía que esto ya lo habíamos hablado. Tu deber es trabajar en Morgan Media, no perder el tiempo con tonterías que no te llevarán a ninguna parte».

Después de pasar por varios departamentos dentro de la empresa, terminé en producción, porque era lo más cerca que estaría de los guiones.

En aquel trabajo me sentía como un pájaro encerrado en una jaula, en la que al menos me daban de comer.

El principal problema al que me enfrentaba era que no podía exprimir mi creatividad y, cuando lo intentaba, no me permitían arriesgar.

Nadie apostaba por mis ideas románticas.

Quería darles a las películas de amor el hueco en el cine que merecían, con buenos actores y grandes presupuestos.

Soñaba con que volviera la época dorada de las comedias románticas.

En la última década se habían estrenado buenas películas, pero la mayoría habían sido relegadas a las plataformas de streaming .

Les habían quitado la importancia que tenían antes de la era de los superhéroes.

En la actualidad, lo más cerca que estaba de cumplir mi sueño era convertirme en directora de contenido de la plataforma de la NBS. No podría escribir mis propias historias, pero sí podría hacer que las de otros vieran la luz.

Había algo cierto en lo que había dicho Kevin: me sabía el guion de Legacy de memoria. Por mis manos habían pasado infinidad de guiones. Podía escribir la subtrama que se me había ocurrido.

Con la motivación renovada, me senté frente al escritorio y levanté la tapa del portátil. Haría los cambios, se los enviaría a Kevin y le convencería para que le presentase la propuesta a Marty. Si la aceptaba sería genial, y si no, al menos, no me quedaría con las ganas de intentarlo.

Imprimí el guion y dediqué la jornada a integrar la subtrama pasional, tratando de mantener un ritmo coherente de narración.

Me sobresalté cuando alguien llamó a la puerta de mi despacho.

—Adelante —dije.

—Buenas tardes, señorita Morgan —empezó Adam, mi asistente, cuando asomó la cabeza—. El señor Miller puede reunirse con usted mañana a las cinco de la tarde en las oficinas de la NBS. He revisado su agenda y no tiene nada programado a esa hora. ¿Quiere que confirme su asistencia?