5. Ben
Ben
Después de narrarles cómo conocí a Kate, seguí con cómo empezamos a salir y cómo nos fugamos a Atlantic City para casarnos.
Pasé por la ruptura de puntillas: me comporté como un gilipollas y compartirlo dolía demasiado.
Acabé el relato contándoles que, después de trece años sin saber nada de ella, Kate se había presentado en mi casa esa misma mañana con los papeles del divorcio.
Cuando me callé, el silencio reinó en la mesa durante un momento.
Me recosté en el respaldo de la silla y le di un trago largo a la cerveza. La única interrupción que tuve fue cuando la camarera nos trajo la cena. Mis amigos habían vaciado los platos mientras me escuchaban. Yo apenas había probado bocado. Remover el pasado me había cerrado el estómago.
—Hay una cosa que no entiendo… —Alexandra fue la primera en hablar—. Si estabais tan enamorados como para casaros, ¿por qué rompisteis al día siguiente?
«Uf. ¿Qué coño digo?».
Tras sopesarlo, opté por una verdad parcial.
—Por su padre… —respondí sin apartar los ojos del botellín de cerveza—.
Cuando Arthur descubrió que nos habíamos fugado, se presentó en el hotel cabreado como un mono.
Me abordó cuando volvía solo a la habitación y me calentó la cabeza.
Me dijo que su hija merecía algo mejor que un simple aparcacoches, que saliendo con ella estaba sentenciándola a llevar una vida mediocre y que la habían admitido en Harvard, cosa que yo no sabía, y que no quería ir por quedarse conmigo…
Decía que el deber de Kate era ir a la universidad, y que si se quedaba en Montauk se arrepentiría.
Estaba convencido de que acabaría dejándome cuando se diese cuenta de que un donnadie como yo no tenía nada que ofrecerle a una Morgan.
Sonreí con amargura. El resentimiento se abrió camino por mi pecho. En su día, esas palabras cargadas de menosprecio me atravesaron como flechas, haciéndome sentir como un fracasado. Las recordaba con la misma claridad que si las acabara de escuchar.
—Menudo clasista de mierda. —Logan frunció los labios y negó con la cabeza.
—Sí… —Chris le dio la razón.
Me tragué el nudo de culpabilidad que me oprimía la garganta. Si mis amigos habían reaccionado así sabiendo la mitad de la historia, no quería imaginar la cara de decepción que pondrían si les contaba la versión extendida, en la que yo la había cagado de manera espectacular.
Había pasado años convencido de que Arthur Morgan tenía razón, de que no era lo suficientemente bueno para Kate por no tener dinero, ni un apellido respetable ni la posibilidad de convertirme en alguien.
—Ay, Ben… —Alexandra me lanzó una mirada compasiva, intuyendo lo que me rondaba la cabeza.
—Bah. Es agua pasada. —Me encogí de hombros como si nada—. No os rayéis. Ahora me la suda lo que piense ese señor de mí, pero en su momento me hizo sentir como un lastre en la vida de Kate.
Cogí aire de manera profunda.
—No sé si alguna vez llegué a contaros que no me admitieron en Columbia… —musité.
Ellos negaron con la cabeza y me observaron sorprendidos.
—Fue un palo gordo —continué—. Era la única universidad que había solicitado y no tenía un plan B.
Tragué saliva e hice una pausa.
—Arthur sabía lo importante que era aquello para mí. Me contó que había movido hilos y que gracias a él me habían preconcedido una beca. Lo único que tenía que hacer para que la plaza fuese mía era desaparecer de la vida de su hija.
Mis amigos lo comprendieron en el acto. Los había conocido en Columbia; no tuvieron que sumar dos más dos para entender qué había elegido.
—Kate era lo más importante para mí —proseguí—.
No soportaba la idea de que acabase resentida conmigo por quedarse en Montauk y, a la vez, no tenía nada que ofrecerle.
Sentí una presión enorme y acabé aceptando la oferta.
En ese momento, decidí que iría a la universidad y que me esforzaría al máximo por convertirme en alguien importante, alguien que estuviese a la altura de Kate.
Y que, cuando lo consiguiese, volvería a buscarla.
—¿Y Kate qué dijo? —Alexandra siguió con el interrogatorio.
Rehuí su mirada curiosa y me concentré en arrancar la etiqueta del botellín de cerveza.
—¿Ben…?
Cogí aire y, al soltarlo, confesé el resto del crimen:
—No llegamos a hablarlo. Yo solo… le mandé un mensaje diciéndole que nos habíamos precipitado al casarnos y que hablaría con el oficiante para que no registrase el matrimonio.
—¿La dejaste por mensaje? —Alexandra alzó la voz—. ¡Eres idiota, Ben! Le rompiste el corazón, es normal que esté enfadada.
Apreté los dientes. Algo dentro de mi pecho se comprimió.
—¿Crees que no lo sé? No es algo de lo que me sienta orgulloso, ¿vale? —contesté un poco a la defensiva—. Sé que no hice las cosas bien, pero supe que, si volvía a verla, no sería capaz de dejarla… Cuando me di cuenta de que la había cagado, la llamé para disculparme, pero había cambiado de número…
—Yo también lo habría hecho. —Alexandra no me dio tregua.
La culpabilidad de mi interior aumentó. En su día, creí que aquello era lo mejor. Contándole la verdad, la enfrentaría a su padre y ella se negaría a dejarme. No podía cargar sobre los hombros el peso de que Kate tomase una decisión impulsiva por mí.
—Pensáis que soy gilipollas, ¿no?
—Efectivamente, pero no es de ahora, viene de largo —bromeó Logan para relajar la tensión.
Chris me dio una palmada en el hombro.
Apuré lo que me quedaba de cerveza.
—Entonces… ¿en todos estos años no habéis hablado hasta hoy? —me preguntó Alexandra.
—Unos meses después de la ruptura fui a buscarla, pero ella ya había pasado página. Desde entonces no he vuelto a verla hasta esta mañana.
—¿Y cómo ha sido volver a verla después de tanto tiempo?
Me había hecho feliz verla. Kate había reaparecido envuelta en un halo de luz, como la madre de Kat en Casper , mientras sonaba de fondo un coro de música celestial, y yo me había quedado atontado mirándola, igual que el padre de Kat.
—Aún estoy procesándolo —me limité a decir, intentando restarle importancia.
—Yo también —añadió Chris—. Después de oírte decir que no te casarías ni muerto, resulta que fuiste el primero en hacerlo.
—Yo estoy flipando con que te casases con la heredera de Morgan Media, Benji —bromeó Logan—. A eso lo llamo yo dar el braguetazo.
Contuve la sonrisa y sacudí la cabeza.
—No puedo continuar con la conversación sin ponerle cara a Kate. —Alexandra sacó el móvil del bolso y tecleó algo en la pantalla—. ¡Ay, por favor! —exclamó pasados unos segundos—: ¡Es guapísima!
Logan se inclinó sobre el teléfono de mi amiga y asintió.
—¡Mirad qué mofletes más graciosos, son como dos melocotones redonditos! —continuó Alexandra.
Alargó el brazo para mostrarnos la fotografía a Chris y a mí.
Cogí el móvil y me lo acerqué a la cara.
En la pantalla había una fotografía de medio cuerpo de Kate, posando en lo que parecía ser un estudio fotográfico.
Sus ojos azules acapararon mi atención. Tenía una expresión serena.
Sonreía lo justo para que se le marcasen los mofletes.
Las ondas sueltas le caían hasta el pecho con elegancia.
No había ni un pelo dorado fuera de su sitio.
Llevaba una americana granate que le quedaba fenomenal.
El fondo blanco estaba desenfocado. Era la típica imagen corporativa que pondrías en el apartado de empleados de una web.
Cuando levanté la cabeza, me topé con los ojos escrutadores de Alexandra. Le devolví el teléfono y me tiró otra pregunta:
—Entonces… ¿Kate es la razón por la que no has vuelto a salir con nadie?
Kate era la única mujer de la que me había enamorado. Tiempo después de haber roto, cuando me di cuenta de lo que había perdido, me quedé en la mierda absoluta. Me costó mucho tiempo reponerme. Desde entonces, solo había tenido rollos sin compromiso.
Como la respuesta era evidente, respondí formulando otra pregunta:
—¿Adónde quieres ir a parar, Alex?
—Vas a intentar recuperarla, ¿no? —Sus ojos brillaban rebosantes de emoción.
Había pasado el día distraído, sin poder sacarme a Kate de la cabeza.
Quería hablar con ella, disculparme y saber qué tal la había tratado la vida. Una parte pequeña de mí no podía evitar preguntarse si existiría la posibilidad de arreglarlo.
Respiré hondo mientras asimilaba la realidad.
—No voy a intentar nada —contesté, negando con la cabeza.
—¿Por qué no? —preguntó ella.
—¿Por qué estás tan pesada?
—Porque nunca te he oído hablar así de una chica.
—Yo tampoco —coincidió Chris.
Logan se mantuvo al margen.
—Esto parece obra del universo. —Mi amiga adoptó una expresión soñadora.
—No empieces, por favor…
—Pediste que no registrasen tu matrimonio y ahora descubres que estáis casados. Es como si la vida te estuviese dando otra oportunidad de arreglarlo. ¡Qué emocionante!
—No hay nada que arreglar. Kate no quiere ni verme.
—¿Cómo lo sabes? ¿Se lo has preguntado?
—Alex, ¿eres consciente de que me ha dado tres días para firmar el divorcio?
—Mira, Ben, Kate podía haberte enviado los papeles por correo certificado para asegurarse de que los recibes, incluso podía haberte mandado a su abogado.
Sin embargo, ha preferido presentarse en tu casa.
Por lo que nos has contado, se ha mosqueado cuando ha aparecido Britney y también se ha leído el artículo de la revista.
Le sostuve la mirada y no contesté.
—De acuerdo. Si no quieres recuperarla, entonces contéstame solo una pregunta —continuó—: ¿Por qué no firmaste el divorcio que te envió hace unas semanas?
—Porque lo guardé en un cajón y me olvidé de su existencia hasta esta mañana —mentí como un campeón—. Y, antes de que lo preguntes, no he firmado el que me ha traído hoy porque quería que lo revisases antes.
—¿Y qué quieres que revise exactamente? Es una petición amistosa. No te está pidiendo nada.
—Genial. Entonces ¿lo firmo y ya está?
—Si es lo que quieres, sí.
Abrí la boca para contestar justo cuando la camarera dejó en la mesa la cuenta junto a cuatro galletas de la fortuna.