4. Ben #3
—Oye, Kate… —Ella se volvió para mirarme—. Mi amigo Mike y yo vamos a una fiesta más tarde. ¿Te apetece venir? —solté de carrerilla.
—Oh. —Apartó la mirada y jugueteó con un mechón de pelo.
Sus mejillas habían enrojecido ligeramente.
—Me encantaría, pero…
«Mierda. ¿Tiene novio?».
—Mañana tengo que madrugar para estudiar.
No me dio tiempo a asimilar el rechazo cuando una voz imponente y masculina se inmiscuyó entre nosotros.
—¡Aquí estás!
Me giré a la par que ella. En la puerta había un hombre trajeado.
Rondaría los cincuenta años. Estaba tan estirado que parecía que tenía un palo metido por el culo.
Me escaneó de arriba abajo, de aquella manera clasista que solo sabían hacer los ricos.
Acostumbrado a ese tipo de escrutinio, ni me inmuté.
—Katherine, acompáñame —le dijo el hombre—. Quiero presentarte a un buen amigo.
—Claro, papá. —Ella asintió obediente—. Hasta luego, Ben.
—Nos vemos —contesté.
Se despidió con una sonrisa y me dio la espalda.
Antes de voltearse, su padre me dedicó una mirada severa que parecía decir: «Aléjate de mi hija».
—¿Por qué has tardado tanto? —me preguntó Mike con recelo cuando regresé a la parte delantera—. ¿No habrás estado dando de comer al perro ese otra vez?
—Se llama Oreo —le recordé.
—No deberías haberle puesto nombre, le cogerás cariño y te ganarás otra bronca del jefe. Ya te advirtió de que no alimentases a los perros callejeros, porque volvían.
—Estaba hablando con una chica guapísima —confesé.
Él me miró intrigado.
—¿Con quién?
Apoyé el codo sobre el mostrador de madera donde guardábamos las llaves de los coches y sonreí.
—Solo sé que se llama Kate. Cuando salga, te digo quién es.
Una hora más tarde, la puerta principal se abrió. La señora Wilson fue la primera en abandonar la fiesta. Siempre que aparecía, Mike y yo echábamos a suertes quién le devolvía el coche, porque era extremadamente generosa con las propinas.
—¡Piedra, papel, tijera! —canturreamos Mike y yo.
Mi amigo me enseñó el puño, sacando piedra, a la par que yo le mostré la mano estirada, sacando papel.
—¡Ja! ¡Gané! —exclamé contento.
Él chasqueó la lengua fastidiado.
Me agaché para abrir la puerta del estand de madera. Cogí las llaves del Rolls-Royce y me erguí.
—¡Buenas noches, señora Wilson! ¡Qué elegante la veo! —adulé cuando se detuvo a nuestro lado.
Aquella mujer sofisticada y refinada parecía de la edad de mi madre.
Llevaba un vestido negro, largo hasta el suelo.
La tela tenía piedrecitas incrustadas que formaban patrones de flores.
No entendía de joyas, pero los pendientes en forma de lágrima y el collar de perlas tenían pinta de costar un ojo de la cara.
—Gracias, querido. —Ella me sonrió complacida—. Iba a quedarme en casa, pero habría sido una pena desperdiciar la ocasión de estrenar este vestido.
—Claro que sí. ¿Lo ha pasado bien? —le preguntó Mike.
—Bueno, digamos que lo mejor de estos eventos es que terminan. He conseguido evitar a mi exmarido y a su jovencísima novia, considero la velada un éxito.
Mike y yo nos reímos.
Su tono era sarcástico, pero, por cómo hablaba siempre de su exmarido, era evidente que le había hecho daño.
—Enseguida le traigo el coche. —Salí disparado hacia el aparcamiento.
Cuando le devolví el vehículo, un momento después, la señora Wilson me dio un billete de cincuenta dólares.
—Muchas gracias. —Le sostuve la puerta y ella se sentó detrás del volante—. Si necesita que le haga algo al Mercedes de su exmarido, solo tiene que decírmelo.
Ella sonrió de manera escueta y dijo:
—Me guardo la oferta para la próxima.
—¡Que pase buena noche! —Cerré la puerta con cuidado.
A partir de ese instante, Mike y yo no paramos quietos.
Cuando la fiesta estaba a punto de finalizar, estaba devolviéndole el Audi R8 a un cliente y entonces la vi. Kate estaba en el porche delantero acompañada de su padre. Mike apareció conduciendo un Bentley.
Kate y su padre bajaron las escaleras para recuperar su vehículo.
Sentí un subidón de energía cuando ella me lanzó una mirada de reojo. Sus mejillas estaban sonrosadas. No le quité los ojos de encima mientras se subía al coche por el lado del copiloto. Cerró la puerta y, por fin, me miró. Me regaló una sonrisa y se despidió con la mano.
Me quedé ahí plantado mientras el coche se alejaba por el camino de tierra. Mike me dio una palmada sonora en mitad de la espalda.
—Ni en tus mejores sueños, chaval —me dijo—. Katherine Morgan juega en una liga superior.
Lo miré interesado.
—¿Sabes quién es?
—Todo el mundo sabe quién es —continuó como si fuera una obviedad—. Es la hija de Arthur Morgan. El dueño de Morgan Media. Tienen varios periódicos y una cadena de televisión. Su familia es algo así como la realeza de los medios de comunicación.
«¡Hostia!».
Abrí los ojos sorprendido al caer en la cuenta.
—Entiendes por qué no tienes nada que hacer, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Mi padre solía decir que un hombre puede cambiar su estrella —contesté.
—Eso no lo decía tu padre. Lo has sacado de Destino de caballero . Ben, las chicas como ella jamás saldrían con un aparcacoches.
—¿Te apuestas algo?