4. Ben
Ben
Trece años antes. Abril.
—Coge una carta y no me la enseñes. —Mike extendió la baraja de póker delante de mi cara, como si fuese un abanico.
—Pronto empezamos esta noche con los truquitos de magia, señor Potter —bromeé, imitando el acento británico.
—¿Tienes algo mejor que hacer, tonto del culo?
—¿Algo mejor que aparcar coches un viernes por la noche? —repliqué sarcástico—. No, qué va.
Mike y yo estábamos matando el tiempo. Éramos aparcacoches en el Maidstone, el club de campo privado más exclusivo de los Hamptons.
Durante las vacaciones los pueblos de la zona se llenaban de ricos elitistas.
De día aparecían con sus atuendos deportivos ridículos, listos para jugar al golf o al tenis mientras hablaban de negocios.
De noche se vestían de punta en blanco para asistir a galas benéficas, subastas de arte o al evento que se les ocurriese celebrar.
Aquella noche recaudaban fondos para la preservación del medio ambiente.
Trabajando ahí me había quedado clara una cosa: a los pijos les encantaba darse palmaditas en la espalda los unos a los otros para lavar sus conciencias.
—Venga, Ben, coge una carta —insistió mi mejor amigo.
Alargué la mano y saqué una al azar. Era el tres de picas. Me la pegué contra el pecho y lo miré como diciendo «¿Ahora qué?».
—Vuelve a colocarla en la baraja.
Hice lo que me pedía.
Él recogió las cartas con la misma habilidad que los crupieres de Las Vegas.
—Concéntrate en la carta —indicó mientras mezclaba el mazo a toda velocidad.
Se lanzó las cartas de una mano a otra, haciéndose el chulo. Se le daba tan bien que las cartas parecían prolongaciones de sus dedos.
—¿Estás practicando para impresionar a Lola más tarde? —me mofé.
Él solo sonrió.
—No me hables de mi amada, que me distraes… —dijo con un tono exagerado.
Se me escapó la risa.
Mike se había pasado media vida colgado por nuestra compañera de clase. Se pilló por ella en preescolar cuando le prestó sus pinturas. Llevaban saliendo de manera oficial hacía cosa de dos meses. Mi amigo estaba tan feliz que daba palmas con las orejas.
—¿A que tu carta es el tr…? —Mike se vio interrumpido por el rugido ensordecedor de un motor.
Volví la cabeza hacia la derecha. Un coche negro apareció por el final del camino de tierra, circulando a toda velocidad.
Conforme se acercó, reconocí el Porsche Cayman de Rich Belmont.
Haciendo honor a su nombre, Rich era un niño malcriado y un gilipollas de cuidado.
Tras dos años trabajando en aquel club, detectaba a los pijos presuntuosos como él con una sola mirada.
Ese espécimen era de los que presumían de vacaciones esquiando en los Alpes, de los que derrapaban con el coche para llamar la atención y de los que se creían superiores solo por haber nacido en una familia con pasta.
Al llegar a nuestra altura, Rich metió un frenazo con el que levantó una nube de polvo a su alrededor. En cuanto se bajó del coche, tuve delante a la versión adolescente del Ken de la Barbie. Rubio. Repeinado. Polo azul claro, pantalón blanco y mocasines espeluznantes.
Contuve la sonrisa cuando sus dos amigos se apearon del vehículo. Eran fotocopias de Rich. Juntos parecían sacados de un anuncio de Burberry.
Mike y yo nos turnábamos para aparcar los coches de los clientes. Esa vez me tocaba a mí.
—Buenas noches —los saludé, bajando las escaleras del porche.
En lugar de contestar, Rich me miró con la misma cara de asco que Lucius Malfoy a los Weasley. Estiré el brazo para coger las llaves de su flamante coche. El imbécil las soltó antes de tiempo y aterrizaron en el suelo. Apreté la mandíbula al oír las risas de sus secuaces.
—Ups. Lo siento —dijo con un tono falso.
Un silencio tenso se hizo entre nosotros.
Me mordí la lengua para no insultarle.
—No pasa nada, señor Belmont —contestó Mike por mí, en modo conciliador.
Me agaché y recogí las llaves. Cuando me incorporé, Rich sonreía satisfecho. Apreté el puño con tanta fuerza que me clavé las uñas en la palma. No era la primera vez que me trataban así y tampoco sería la última.
—Tened cuidado de no rayarlo —escupió al sobrepasarnos—. Es un regalo de mi padre.
—Descuide —contesté.
Mike y yo permanecimos callados hasta que Rich y sus amigotes se perdieron en el interior del club.
—Dame una razón para no estamparle el coche contra la verja —le pedí a Mike en un tono más brusco del que pretendía.
—Fácil. Si lo haces, te despedirán, Rich te denunciará y acabarás gastándote el dinero que has ahorrado para la universidad en indemnizarlo.
—Me la suda.
—No te la suda, Ben. Llevas años soñando con ir a Columbia.
Columbia tenía el mejor programa de improvisación de comedia.
Por sus aulas habían pasado varios miembros del elenco de Saturday Late Night , el show cómico que veía desde que era pequeño con mi madre y del que me encantaría formar parte algún día.
Esa universidad era mi pasaporte para salir del pueblo y convertirme en alguien.
Odiaba con todas mis fuerzas ser aparcacoches, pero necesitaba la pasta. Y a los ricos les encantaba alardear dejando buenas propinas. El mayor punto positivo era que coincidía con Mike en gran parte de los turnos.
—Estoy hasta los huevos de esta gente —le dije—. Siempre es lo mismo. O fingen que somos invisibles o nos tratan como a una mierda.
—Lo sé. —Mike me puso la mano en el hombro y me dio un apretón—. Aguanta unos meses más. Después te largarás a la universidad y dejarás esto atrás.
Respiré hondo, intentando calmarme.
—Venga, vamos a lo importante. —Mike cambió a un tono alegre para distraerme—. Por casualidad, ¿no será esta tu carta?
Me puso delante el tres de picas.
—Pero… ¿cómo leches lo has adivinado?
—Te he leído la mente.
—¿Ah, sí? A ver, ¿qué estoy pensando ahora?
Él se llevó los dedos a las sienes y entrecerró los ojos al mirarme, fingiendo concentrarse.
—Estás pensando en las ganas que tienes de darle un puñetazo a Rich.
Se me escapó una carcajada. Había dado en el clavo.
Me encaminé hacia el coche del susodicho.
El reloj del salpicadero marcaba las nueve de la noche.
Quedaban un par de horas para que terminase el evento y Mike y yo pudiéramos largarnos a la fiesta que daba Jessica Adams. Siempre organizaba algo para celebrar el comienzo de las vacaciones de primavera.
Cerré los dedos alrededor del volante de cuero y arranqué.
—Voy a aprovechar que esto está tranquilo para cogerme el descanso —le informé a Mike cuando regresé de aparcar el Porsche.
Seguía mosqueado y necesitaba un cigarro.
—Dale. —Mi amigo me enseñó el pulgar en señal de aprobación.
Por imagen, no podía fumar en el puesto de trabajo. Así que solía escabullirme al embarcadero de la parte trasera del club.
El edificio, situado frente al mar, era gigante y de estilo costero, con paredes blancas y tejas grises.
Un par de columnas robustas marcaban la entrada principal.
En el tejado inclinado ondeaba al viento la bandera americana.
A ambos lados se extendían explanadas de césped cuidado del campo de golf.
La madera crujió bajo mis pies cuando bordeé el edificio.
El porche trasero estaba alumbrado por tiras de bombillas amarillentas.
Me detuve en la zona menos iluminada. Delante de mí, las aguas oscuras del océano Atlántico reflejaban la luz plateada de la luna llena.
La brisa me revolvió el pelo. Respiré el olor salado del mar.
El ruido de la música llegaba amortiguado desde el interior del edificio y se entremezclaba con el vaivén de las olas.
Me encendí un cigarro y le di una calada profunda.
Estaba expulsando una bocanada de humo cuando oí una puerta corredera abrirse.
De pronto, la música se oyó más alta. Tiré el cigarrillo al suelo y me apresuré a apagarlo con el pie.
Luego pasé varias veces la mano por delante de mi cara, para borrar cualquier rastro de humo.
Con el corazón latiendo a toda velocidad, me pegué a la pared del edificio para ocultarme en las sombras.
Pasados unos segundos, asomé la cabeza lo justo para ver a una chica salir al porche.
Cerró la puerta con cuidado y caminó hasta el borde.
Apoyó los antebrazos en la barandilla de madera y contempló la luna.
La luz plateada caía sobre ella, iluminándola como un foco y convirtiéndola en la protagonista de la escena.
Era la primera vez que la veía. Las ondas rubias le caían hasta la mitad de la espalda. Llevaba un vestido elegante de color blanco que terminaba por encima de sus rodillas.
Se inclinó sobre la barandilla y mis ojos fueron a parar a su culo. Me llevé la mano al pecho. Era el culo más bonito que había visto en la vida. Redondo. Respingón. Ese culito sexy debía de tener poderes mágicos. Mirándolo, el enfado con Rich se me pasó de un plumazo.
La chica soltó entonces un suspiro sonoro y se frotó los brazos desnudos.
¿Qué hacía ahí sola? ¿Se aburría de la fiesta?
—¡No te tires! —exclamé, saliendo de mi escondite.
La desconocida se irguió de golpe. Luego se volteó en mi dirección y parpadeó sorprendida al verme. En cuanto nuestros ojos se encontraron, me quedé atrapado.
«Vaya, joder, sí que es guapa».
Su cara era preciosa y delicada, tenía los ojos grandes y almendrados, las cejas oscuras y la naricilla monísima y redonda.
Ella recorrió mi uniforme ridículo con la mirada.
Por desgracia, me obligaban a ponerme un polo negro y un pantalón de vestir de color claro.
En noches como aquella, en las que hacía algo de frío, completaba el atuendo con una chaqueta oscura.
La chica me observó con curiosidad y no con superioridad.
—Por aburrida que sea la fiesta, no te tires —dije en tono teatral, a la par que señalaba la barandilla.
Ella dudó unos segundos antes de responder con suavidad.
—No pensaba hacerlo.