3. Ben #2
—Así no se hace. El fotógrafo me dijo que quería un par de fotos serias y traté de poner cara de modelo. —Imité la pose de la revista, adoptando el gesto de tipo interesante.
Mis amigos se partieron de risa.
—Oye, Ben, ahora en serio: nos alegramos mucho por ti. Somos tus fans número uno. —Alexandra hizo un círculo con el dedo índice, abarcando la mesa—. No nos perderemos ni un solo programa.
Logan y Chris asintieron, dándole la razón.
Le di un sorbo a la cerveza para evitar contestar.
Ellos eran lo más cercano a una familia que tenía en aquella ciudad. Aunque no lo verbalizase, me importaba lo que pensasen de mí.
Los había conocido durante el primer año de universidad.
Tardé un poco en unirme al grupo por la rivalidad que teníamos Logan y yo.
Él pensó que yo era un payaso que necesitaba llamar la atención y yo creí que él era un niñato con pasta acostumbrado a salirse con la suya.
Comenzamos a hablar en segundo, a raíz de un trabajo que nos tocó hacer juntos, y hasta hoy.
Pese a haber compartido asignaturas en Columbia, nuestras profesiones acabaron siendo dispares: Chris era gestor financiero; Alexandra, abogada; Logan, directivo de marketing, y yo, guionista.
—Gracias, chicos. —Sonreí, agradecido por el apoyo—. Hablando de eso, el sábado podéis venir a verme en directo si queréis. Se lo he dicho a mi madre también.
Ellos hablaron a la vez:
—¡Cuenta con mi espada! —exclamó Logan.
—Me apunto —secundó Chris.
—¡¡Qué ilusión!! —exclamó Alexandra—. ¿Me presentarás a Michelle Rodríguez? Soy fan suya.
Michelle Rodríguez era mi compañera y copresentadora de las noticias satíricas.
—Cuenta con ello —le contesté. Luego me dirigí al resto—: Genial. Os dejaré las invitaciones en la recepción del edificio Rockefeller.
—Tyler es superfan —me dijo Chris—. ¿Puede venir?
—Por supuesto. Hannah y Jim también son bienvenidos.
—Se lo comentaré a mi marido, pero trabaja en el restaurante —informó Alexandra.
—Yo iré solo. Hannah tiene una boda en Connecticut y se va todo el fin de semana —agregó Logan.
—Vale. Reservo cuatro invitaciones entonces. Ahora sed sinceros… ¿qué os ha parecido la entrevista?
Aguardé la respuesta con un nudo en el estómago.
—Está bien para que la gente te conozca. Me gusta el titular que han escogido. —Logan le pidió la revista a Alexandra y citó mis palabras—: «No me olvido de que soy un chico de pueblo».
—¡Es tu frase estrella! —siguió Alexandra con una sonrisa—. A mí me ha llegado al corazón la parte donde cuentas que veías el programa de pequeño con tu madre y que imitabas los sketches para hacerla reír.
—Leyendo tus respuestas es fácil hacerse a la idea de que eres gracioso y cercano —Chris tomó el relevo de la palabra—, y también lo que has trabajado para estar donde estás.
—Yo me he descojonado con que hayas dicho que tienes amigas a las que les preparas el desayuno —apuntó Logan.
—Siendo sincero, me esperaba una respuesta peor —replicó Chris.
—Cierto. —Le señalé con el botellín—. Podría haber dicho que no estoy enamorado, pero que me encanta dar cariño…
—A mí esa parte es la que menos me ha gustado.
—La voz alegre de Alexandra se había transformado en una de desaprobación—.
Cualquiera que lea la entrevista pensará que eres un mujeriego, que tienes problemas para comprometerte y que te acuestas con la primera que se te pone delante. Así no te echarás novia nunca.
—Cero novias. Ese es el plan. —Sonreí y le di otro trago al botellín.
Se suponía que era el único soltero del grupo. Chris y Alexandra se habían casado ese verano con sus respectivas parejas y Logan había vuelto con Hannah, una organizadora de bodas a la que conoció cuando trabajaba oponiéndose a enlaces.
Alexandra estaba deseando que me pillase por alguna tía. Creía que el amor me transformaría igual que a Ryan Gosling en Crazy, Stupid, Love , pero eso jamás sucedería.
El amor y las relaciones no eran para mí.
Yo ya tuve mi gran historia y sabía que no volvería a ocurrirme.
Desde hacía tiempo quedaba siempre con las mismas mujeres. Era más cómodo así. No tenía que perder tiempo ni energía en hacer match cada semana en las aplicaciones de citas. Además, evitaba posibles rechazos.
—¿No estás cansado del desfile de mujeres? —Alexandra meneó la cabeza con ímpetu y su coleta castaña se movió de un lado a otro—. ¿No quieres tener una conexión real con alguien y…, no sé, prepararle el desayuno, la comida y la cena a la misma persona?
—Eh…, ¿no?
—Entonces ¿tu plan es seguir con tus tres amantes de siempre? —Mi amiga puso los ojos en blanco—. ¡Qué triste!
—Por Dios, Alex, no digas amantes —pedí horrorizado—. Suena a telenovela. Y ya no tengo tres. Britney me ha mandado a tomar por el culo esta mañana.
—¡Ja! ¡Me debéis diez pavos! —Alexandra colocó la mano bocarriba en mitad de la mesa—. Os dije que sería la primera en caer.
—¿Habíais apostado a que Britney me dejaría? —les pregunté atónito.
—No exactamente —respondió Logan—. La apuesta no era sobre si la dejarías tú o ella a ti, sino quién de las tres saldría de tu vida primero. Alexandra apostó por Britney; Chris, por Charlotte, y yo, por Janet.
Mis amigos sacaron diez dólares de sus carteras y los depositaron en la palma de Alexandra.
—¿Qué ha pasado con Britney? —se interesó Alexandra con una sonrisa astuta—. Déjame adivinar, ¿te ha preguntado qué sois y te ha entrado el pánico?
Logan y yo compartimos una mirada cómplice.
Teníamos una especie de conexión mental, como el profesor Charles Xavier y Magneto. Asentí de manera casi imperceptible a su pregunta muda. Había llegado el momento de abrir la Cámara de los Secretos.
—Britney ha descubierto que estoy casado —solté de sopetón—. Se ha enterado esta mañana cuando Kate se ha presentado en casa con los papeles del divorcio.
—¿Quién es Kate? —preguntó Chris.
—¿De qué hablas? —Alexandra me miró como si hubiese perdido la cabeza—. ¿Qué divorcio?
—El mío.
El silencio se extendió en la mesa durante tres segundos, que fueron los que tardaron Alexandra y Chris en reírse.
—Si quieres gastarnos una broma, busca algo más creíble, por favor —dijo Chris.
Me quedé serio.
—Os estoy diciendo la verdad.
—No me lo creo. Nos está vacilando. —Alexandra alternó la mirada entre Chris y Logan—. Como cuando dijo que su padre era el cantante de los Sex Pistols, que se había acostado con su madre en Las Vegas, o que Taylor Swift estaba detrás de mí en la tienda de vinilos.
—Sí. O como cuando fingió que se había rebanado el dedo con el cuchillo —siguió Chris—. Y resultó que había usado sangre falsa.
—Logan, ¿no piensas decir nada? —Alexandra entrecerró los ojos con suspicacia.
El interpelado guardó silencio.
Jamás me delataría ni revelaría nada que le hubiese contado en confianza.
—Logan sabe que es cierto —les informé—. Estaba conmigo cuando recibí los papeles del divorcio la primera vez.
—¿La primera vez? —Alexandra me miró extrañada.
—Sí. La segunda ha sido esta mañana cuando Kate me los ha traído en mano.
—No entiendo nada. —Chris seguía perplejo—. Desde que te conozco has dicho que no te interesaban las relaciones y que no te casarías ni borracho. Ni siquiera has tenido novia, y ahora ¿quieres que nos creamos que estás casado?
—Sé que estáis alucinando y lo entiendo, pero os prometo que es cierto. De hecho, Alexandra, quería pedirte que revisases el divorcio antes de firmarlo, por favor. —Metí la mano en el bolsillo interno de la cazadora y saqué una de las copias que Kate había dejado en mi casa.
Alexandra cogió el papel que le tendía. Tras desdoblarlo, sus ojos lo escanearon a la velocidad de la luz.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó—. ¡¿Te casaste antes de conocernos y nunca nos lo has contado?! ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?
—¿Te casaste antes de ir a la universidad? —Esa vez fue Chris el que preguntó.
Estaban realmente impactados.
—Kate y yo nos casamos cuando teníamos dieciocho años en un casino de Atlantic City —me sinceré.
—Espera, espera, ¿en un casino? —Chris arrugó el ceño—. ¿Estabas borracho?
—No.
—¿Perdiste una apuesta? —Alexandra continuó buscando explicaciones—: ¡Ay, Ben! ¡¿La dejaste embarazada?! ¿Por eso te casaste a los dieciocho? ¿Tengo un sobrino perdido por ahí?
—No. Joder. No. Me casé con ella porque la quería, ¿vale?
—perdí la paciencia e interrumpí su hilo de pensamiento—.
Nadie nos obligó ni estábamos borrachos.
Lo hicimos porque estábamos… enamorados.
Ella tenía que volver a Boston al final del verano y yo me quedaría en el pueblo.
No queríamos separarnos. Por eso nos fugamos y nos casamos —solté de carrerilla una versión abreviada de los hechos—.
Rompimos a la mañana siguiente y yo pensé que había anulado el matrimonio…
—No me puedo creer que te casaras a los dieciocho y en trece años nunca haya salido esta conversación —dijo Alexandra con los labios apretados.
Me rasqué la barbilla y respiré hondo.
—Cuando os conocí no me apetecía hablar del tema. —Clavé la vista en el botellín de cerveza.
Le di un trago para evitar mirar a nadie. La incomodidad había aumentado en mi interior.
—Hace unas semanas recibí un sobre con el divorcio —continué—, y ahí descubrí que estábamos casados.
Chris me puso la mano en el hombro.
—¿Qué pasó para que rompierais al día siguiente? —me preguntó con un tono compasivo.
—Es una historia muy larga.
—Tenemos tiempo —dijo Alexandra—. Empieza por el principio y no te dejes nada.