3. Ben
Ben
Abrí la puerta del restaurante asiático en el que habíamos quedado para cenar con nuestros amigos, y la sostuve para que Logan pasase. Según entré, me golpeó una ola de calor. De pronto, me sobraba la chaqueta.
El local era pequeño y ruidoso. Contaba con una barra y varias mesas de madera que estaban demasiado juntas y repletas de comensales. Había multitud de gatos de la suerte esparcidos por la barra, los farolillos rojos que colgaban del techo apenas iluminaban y el ambiente olía a comida frita.
Una camarera nos saludó desde el otro lado de la barra y nos pidió un momento con un gesto de la mano. Esperamos mientras anotaba un pedido que le estaban haciendo por teléfono.
—Buenas noches —nos saludó al colgar—. ¿Tenéis reserva?
Logan giró la cabeza para mirarme.
Interpreté su expresión interrogante como un «Has reservado, ¿verdad?».
A lo que yo respondí frunciendo el ceño, como diciendo: «¿No te encargabas tú?».
Logan negó con la cabeza y me lanzó una mirada acusadora. En ese momento recordé que había dicho que lo haría yo.
Puse mi mejor sonrisa y giré la cabeza, dispuesto a convencer a la mujer de que nos diese una mesa.
—Verá, mi amigo y yo somos un poco desastres… —Mi cara era la viva expresión de la inocencia—. Hoy es el primer día que nos juntamos todos y de la emoción se nos ha pasado reservar.
—Nuestra amiga Alexandra acaba de volver de luna de miel y le hace mucha ilusión probar este restaurante… —Logan me siguió el rollo.
—Se llevará una decepción enorme si tenemos que ir a otro sitio.
La mujer nos aguantó la mirada. Logan y yo le dedicamos un par de sonrisas angelicales.
—¿Cuántos sois? —nos preguntó pasados unos segundos.
—Cuatro —me apresuré a contestar.
—Los otros dos llegarán en cinco minutos —apuntó Logan—. Están en un atasco.
La camarera echó un vistazo por encima de mi hombro.
—Puedo juntaros las dos mesas del fondo —ofreció—. O si no tiene que ser aquí, en la barra.
—Nos quedamos con las mesas —le dije—. Muchas gracias.
—Acompañadme, por favor.
Cogió cuatro cartas plastificadas y abrió la marcha, avanzando entre las sillas ocupadas. Al llegar, dejó los menús sobre una de las mesas libres.
—No se preocupe —dije cuando hizo amago de juntarlas—. Nos encargamos nosotros.
Nos dedicó un asentimiento de cabeza y se retiró.
Después de juntar las mesas, me quité la cazadora y la colgué en el respaldo de la silla.
—Termina de contarme lo de Kate —pidió mi amigo cuando nos sentamos uno frente al otro.
—No hay mucho más que contar. He intentado devolverle el bolígrafo, pero no ha querido cogerlo. Me ha pedido que lo use para firmar el divorcio.
Logan me observó preocupado.
—¿Y cómo estás?
—Bien… Si la hubieses visto, tío. —Sonreí—. Estaba preciosa. Me miraba como si quisiese darme una bofetada.
—¿Por qué me lo cuentas tan alegre?
—Porque dependiendo de la situación, y de cómo me lo pidiera, le dejaría dármela.
Logan soltó una carcajada.
—Tío, estás fatal. Hablando de eso… Tenía esto por casa.
Se volteó sobre el asiento, metió la mano en el bolsillo interior de su chupa y dejó un blu-ray de Salvar al soldado Ryan encima de la mesa. Sus ojos marrones brillaban con malicia.
—El soldado ya no necesita ser salvado. Se ha recuperado con la visita de Kate.
Mi amigo negó con la cabeza mientras se reía.
—¿La tienes? —me preguntó, refiriéndose a la película.
Asentí.
—Tengo todas las que ha dirigido Spielberg.
Logan volvió a guardarse la película en el bolsillo.
—Por curiosidad: ¿les vas a contar a estos que estás casado?
Hasta el momento, él era el único de mis amigos de Nueva York que sabía de la existencia de Kate.
—Sí. Me he traído una copia del divorcio para que Alexandra le eche un ojo.
—Van a flipar.
Unos minutos más tarde, Alexandra y Chris atravesaron la puerta del local. Levanté el brazo para llamar su atención y los saludé con una sonrisa. Ellos me devolvieron el gesto y se acercaron a la mesa. Logan y yo nos levantamos para recibirlos.
—¡Hola, chicos! —exclamó Alexandra al llegar a nuestra altura—. ¿Me habéis echado de menos?
—No te creas —respondió Logan en broma al abrazarla.
—Yo a vosotros menos, idiota —oí que contestaba ella.
—Christopher… —Separé los brazos para abrazar a mi amigo—. ¿Qué tal, tío? —Le di una palmada en la espalda—. ¡Me alegro de verte!
—Y yo a ti. Todo bien. ¿Qué tal tú?
—Mejor que nunca —dije al apartarme.
—Pero ¿qué ven mis ojos? —Alexandra se metió entre nosotros—. No serás Benjamin Sharp, el chico malo de la revista Inquire , ¿verdad?
—¿Ya la has visto? —Le rodeé los hombros con el brazo y le di un abrazo fugaz.
—Por supuesto. Me la he comprado en el aeropuerto, nada más aterrizar.
Volví a ocupar mi asiento. Chris se sentó a mi lado y Alexandra junto a Logan, en el lado opuesto de la mesa.
—Bueno, cuéntanos, ¿cómo ha ido la luna de miel? —le pregunté a Alexandra.
—De maravilla. —Suspiró encandilada—. Hawái es increíble. Los paisajes parecen sacados de una postal, hay gallos por todas partes y me he bañado con tortugas. ¿Habéis visto qué morena he vuelto? —terminó orgullosa.
Arqueé las cejas. Alexandra seguía tan pálida como cuando se casó hacía unas semanas.
—Se nota muchísimo —apunté medio en broma.
—No le hagas caso —le pidió Chris—. Se nota que estás más morena.
Ella puso una sonrisilla de satisfacción.
Alguien me dio un toque en el hombro.
—Perdona… —dijo una voz aguda y femenina a mi espalda.
Al voltearme, me topé con dos mujeres. Una era pelirroja y la otra morena. Rondarían mi edad.
—¿Podemos sacarnos una foto contigo? —me preguntó la del pelo oscuro, con un deje de emoción en la voz.
—Claro. —No pude evitar sonreír al levantarme. Era la primera vez que me pedían una foto.
—¡Genial, gracias!
Una se colocó a mi izquierda y la otra a mi derecha.
La morena estiró el brazo con el móvil en alto y nos apuntó con la cámara delantera. Me agaché para entrar en el plano y puse mi mejor sonrisa.
—¿Queréis que os la haga yo? —propuso Alexandra.
—¡Ay, vale, muchas gracias! —La chica le alcanzó el teléfono.
Mi amiga sacó varias fotos en vertical y alguna en horizontal.
—He hecho unas cuantas. —Alexandra le devolvió el móvil.
—Mil gracias —le contestó la chica. Se giró en mi dirección y añadió—: ¡Suerte el sábado!
—¡Estamos deseando ver el programa! —exclamó la pelirroja.
—Gracias. Espero que os guste. —Les dediqué una última sonrisa y me volví hacia la mesa.
—Es más alto de lo que pensaba —cuchicheó una de ellas.
—Y más guapo que en las fotos —contestó la otra mientras se alejaban.
Ensanché la sonrisa, encantado. Siempre es agradable oír a los demás decir lo bueno que estás.
—¡Acaban de pedirte una foto! —Alexandra me miró emocionada—. ¡Ya eres famoso de verdad!
Me encogí de hombros, restándole importancia. No quería pensarlo mucho porque me daba vértigo.
—No entiendo que quieran hacerse fotos contigo —me vaciló Logan—. En persona no eres para tanto.
—A ti lo que te jode es que soy más guapo que tú —repuse con una sonrisa maliciosa.
La camarera se acercó a la mesa para tomarles nota de la bebida a los recién llegados. Cuando se fue, Alexandra plantó en la mesa un ejemplar de la revista.
—¿En serio te la has traído? —pregunté sorprendido.
—Por supuesto. —Sonrió ilusionada—. ¿Me la firmas, por favor?
—Claro. —Cogí el rotulador negro que me entregaba.
Ella me sacó un par de fotos mientras yo garabateaba una firma en la portada.
—Muchas gracias —me dijo—. Mi plan es venderla en el futuro, cuando se revalorice tu firma.
—Perfecto —le contesté divertido al devolvérsela—. Acuérdate de pagarme el cincuenta por ciento de los beneficios que saques por los derechos de imagen y eso.
—De eso nada, bonito. —Alexandra negó con el dedo índice—. La revista es de mi propiedad. Tú la has firmado de manera voluntaria. Eres una persona pública, al venderla no estoy explotando tus derechos de imagen, así que, legalmente, no tienes ningún derecho a cobrar ni a recibir un porcentaje.
—Cómo no… Ya salió la abogada sin escrúpulos en busca de su propio beneficio —comenté en tono burlón—. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Vender mis trapos sucios en la televisión? ¿Deberíamos firmar un acuerdo de confidencialidad para que no puedas ir por los platós?
—Llegas tarde. Estoy negociando mi primera entrevista con Good Morning America . —Alexandra soltó una risita.
—Lo de los trapos sucios puedo hacerlo yo —metió baza Logan—. Después de haber vivido contigo tengo tantas anécdotas jugosas que no sabría ni por dónde empezar.
—¿Por qué no empiezas por la de las esposas y la cizalla? —le pinché—. Ah, no, que eso no me pasó a mí.
—¿Qué esposas? —preguntó Chris con curiosidad.
Logan me la devolvió diciendo:
—¿Recuerdas cuando te pillaron en pelotas en los pasillos del campus? Podría contarles esa.
Le dediqué una mueca burlona.
—Haciendo el paseo de la vergüenza desde la habitación de Tracy Addams, ni más ni menos —continuó.
—Me la pela que cuentes eso.
—¿Lo del strip-póker con las animadoras en el salón de actos también te la pela?
Nos reímos.
—Ben se pasó la mitad de la vida universitaria desnudo —apuntó Chris—. Y luego sacaba un sobresaliente en todo. Era increíble.
—Bueno, no nos desviemos del tema importante —dijo Logan entre risas—. ¿Podemos comentar la pose de la portada, por favor? Es tremenda. Con los pies encima de la mesa y los brazos detrás de la cabeza…, pareces un capullo al que le da igual todo.
Solté una carcajada y cogí el botellín de cerveza.
—Mi favorita es esta. —Alexandra colocó la revista en el centro de la mesa y señaló la fotografía en la que aparecía haciendo un castillo de naipes—. Me encanta la cara de concentración. Es la misma que pones cuando pierdes al póker.
Por sus expresiones divertidas sabía que estaban de coña.
—Yo creo que la sesión de fotos está genial —opinó Chris con la formalidad que le caracterizaba—. Sales muy elegante con el traje. La corbata burdeos resalta tus ojos verdes.
—Gracias. ¿Qué me decís de esta? —Señalé la foto en la que se me veía pasándome la mano por la mata de pelo oscura.
—La miradita de tío intenso es un diez. —Logan se despeinó, tratando de imitarme.