2. Kate #2
—Medio país debe de estar suspirando por él —agregó mi amigo.
Contesté con un resoplido.
—Kate, ¿corre peligro nuestro compromiso falso? —lo preguntó de broma, pero vislumbré inquietud en sus ojos azules.
—Por supuesto que no.
—Entonces ¿por qué te has quitado el anillo de compromiso para ver a tu ex?
Maldije su capacidad de observación.
Había salido tan nerviosa del apartamento de Ben que había olvidado volver a ponerme el anillo. Lo saqué del bolso y me lo coloqué en el dedo anular.
—No sé por qué lo he hecho —reconocí, sin apartar los ojos del diamante brillante—. Me lo he quitado antes de que abriera la puerta y… —me mordí el labio y lo miré— puede que también me haya retocado el pintalabios en el ascensor.
Preston arqueó las cejas.
—No ha sido por lo que estás pensando —aseguré—. Quería verme bien para tener más confianza en mí misma. Nada más. Ben me hizo mucho daño. No volvería a acercarme a él ni aunque fuese el último hombre sobre la faz de la Tierra.
Había aprendido la lección por las malas. No tropezaría dos veces con la misma piedra.
—Tranquila, Katie. Es normal que quieras restregarle lo impresionante que estás.
Me guiñó un ojo y yo me reí.
Hasta hacía poco, Preston había sido el soltero más cotizado de la alta sociedad.
Con los ojos azules y el pelo castaño claro pulcramente peinado se daba un aire a Nate Archibald.
Su estilo era clásico y elegante: trajes hechos a medida, camisas de seda que resaltaban el color de su mirada y tirantes a juego con las corbatas.
Era amable, educado y tan reservado que era un misterio para la mayoría.
Muchas personas desearían ocupar mi lugar y ser ellas las afortunadas que se casasen con el apuesto hijo de la alcaldesa de Nueva York.
Lo que no sabían era que no tenían nada que envidiarme porque nuestro matrimonio era de conveniencia.
De puertas para fuera, Preston y yo estábamos enamorados y felizmente comprometidos. Para guardar las apariencias nos habíamos mudado juntos a un ático lujoso en el Upper East Side.
Robert redujo la velocidad conforme nos aproximamos a las oficinas de Morgan Media, la empresa en la que trabajaba como productora y que pertenecía a mi familia.
—Esta tarde tenemos cita con la wedding planner —le recordé a Preston.
—Lo sé. En el salón del Cipriani. A las cinco.
Lo de contratar a una organizadora de bodas había sido idea de su madre.
Si fuera por nosotros, nos casaríamos en el registro civil, sin invitados ni una celebración ostentosa, pero nuestras familias jamás nos permitirían hacer algo íntimo.
Siendo hijos de quienes éramos, nuestro enlace sería uno de los acontecimientos sociales más esperados del año próximo.
Presioné el botón que bajaba el separador para despedirme de Robert. Cuando detuvo el vehículo, me incliné sobre el asiento para besar la mejilla de Preston, siguiendo el teatro habitual.
—Te veo luego —le dije a mi prometido. Luego, me dirigí al conductor—: ¡Que tengas un buen día, Robert! Gracias por traerme.
—Igualmente, señorita Morgan.
Horas más tarde un portero uniformado me abrió la puerta del restaurante Saga. Tras dejar el abrigo en el guardarropa, el maître me acompañó hasta el reservado en el que cenaba cada semana con mi padre.
El salón era pequeño y acogedor. Las paredes, de color crema, exhibían varios cuadros de arte moderno; en el centro había una mesa rectangular con espacio para diez comensales.
Mi padre ocupaba el asiento presidencial.
Detrás de él, un ventanal amplio mostraba los rascacielos de Nueva York iluminados bajo el cielo nocturno.
El ambiente olía a una mezcla de flores y madera.
—Buenas noches, papá. —Me agaché para depositar un beso en su mejilla.
Aquella noche vestía un traje gris perla con una corbata a juego.
—Buenas noches, hija.
Un camarero apareció de la nada y apartó la silla de terciopelo verde para que me sentase.
—Gracias. —Le sonreí al tomar asiento junto a mi padre.
—De nada, señorita. ¿Puedo ofrecerle algo de beber?
—Agua, por favor.
—Mejor sírvale una copa de champán —respondió mi padre con su característico tono demandante.
El hombre cogió la botella que descansaba en el aparador de madera y me llenó la copa. A continuación, nos explicó en qué consistía el menú de aquella noche.
—Yo tomaré el filet mignon —dijo mi padre.
—Para mí el rape en salsa verde, por favor —pedí yo.
—Perfecto. Enseguida se lo traigo. —El camarero asintió y se puso en marcha.
Cerró la puerta al salir y el murmullo de las conversaciones se apagó, dejándonos con la melodía suave de la música jazz.
—¿Estamos de celebración? —le pregunté a mi padre, antes de darle un sorbo a la copa.
—Así es. Tengo buenas noticias. Tras un año y medio de negociaciones, acabamos de cerrar un acuerdo para adquirir la NBS.
«No es posible».
Me quedé lívida. Sentí cómo se me cerraba la garganta. Durante unos segundos, a mis oídos solo llegó el ruido de mis latidos apresurados.
La NBS era una de las cadenas de televisión más importantes de Estados Unidos. Emitía algunos de los noticieros, ligas de deportes en exclusiva, reality shows , series y programas de entretenimiento más vistos.
Era la misma para la que trabajaba Ben.
Dejé la copa en la mesa y le regalé una sonrisa ensayada.