2. Kate
Kate
Salí del apartamento de Ben hecha un manojo de sensaciones. Tenía el pulso acelerado y me temblaban las manos. Caminé por el pasillo lo más rápido que me permitieron los tacones. Necesitaba salir a la calle y respirar aire fresco.
Creía que las fotografías que había visto de Ben en la revista me habían preparado mentalmente para el reencuentro, pero no había sido así. Según había abierto la puerta, me había quedado paralizada.
Ben había cambiado. El chico esbelto y alargado que me rompió el corazón a los dieciocho había dado paso a un hombre de treinta y uno, de hombros anchos y presencia magnética.
Era más alto de lo que recordaba. De adolescente ya era guapo, con la sonrisa diabólica y la mirada juguetona.
Ahora poseía el tipo de atractivo que acaparaba la atención.
Los rasgos finos de la juventud se habían afilado.
Su rostro tenía un aire más maduro, con las facciones firmes y marcadas, la barba de varios días y los ojos verdes oliva rodeados por líneas suaves de expresión.
Llevaba el cabello castaño oscuro desordenado, algo más corto por los lados que por la parte superior.
Parecía despeinado a propósito, lo que le daba un aspecto natural y desenfadado.
La sonrisa seguía siendo su rasgo más llamativo: amplia, siempre presente y torcida en un rictus divertido, como si estuviese riéndose de algo por dentro.
«Estás preciosa y me alegro mucho de verte», me había soltado de buenas a primeras.
¿Qué clase de hombre tenía el valor de decirle eso a una mujer después de acostarse con otra?
«Uno al que no le importa nada ni nadie», me respondí.
Negué con la cabeza. Su actitud dejaba mucho que desear.
La mía tampoco había sido ejemplar. Pese a estar acostumbrada a aguantar la compostura, con Ben había perdido las formas en un momento y, para rematar, me había marchado dando un portazo, igual que Britney.
El sonido de una puerta abriéndose detrás de mí rompió la quietud del pasillo.
—¡Kate, espera!
La voz de Ben sonaba grave y rasgada.
Oí sus pasos aproximarse. De pronto, me sudaban las manos.
Con discreción, me las limpié en el pantalón de pinzas.
Enderecé la espalda y saqué pecho, adoptando una postura que transmitía confianza en mí misma y que había aprendido de una charla TED.
Por último, alcé el mentón y giré sobre los talones.
Ben se había detenido cerca de mí. Sus ojos recorrieron mi rostro como una caricia suave.
—¿Qué necesitas? —le pregunté en el tono más impasible que pude, ignorando el revuelo que había armado en mi interior.
—Te has olvidado el bolígrafo. —Alargó el brazo para devolvérmelo.
—Quédatelo.
No quería arriesgarme a volver a rozarle.
—Tiene tus iniciales grabadas —insistió.
El bolígrafo blanco que sostenía era un Montblanc. Tenía acabados en oro rosa y pertenecía a una edición limitada. Mis iniciales grabadas en una cursiva fina y sofisticada adornaban el capuchón. Fue el regalo que me hizo mi padre por mi treinta cumpleaños.
—No importa —contesté cortante, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Las puertas del ascensor se abrieron, salvándome del momento. Me adentré y presioné el botón de la planta baja.
—¿Sabes qué? —se apresuró a decir—. Me lo voy a quedar. Así tendré una excusa para volver a verte —terminó con una sonrisa encantadora.
Apreté los puños con fuerza.
De adolescente, me enamoré de él a una velocidad de vértigo. Me negaba a que esa sonrisa me embaucase otra vez.
—Úsalo para firmar el divorcio —añadí mordaz, dejándome arrastrar por el resentimiento acumulado.
—Hablamos pronto —alcancé a oír antes de que las puertas se cerrasen por completo.
En cuanto el ascensor comenzó a moverse, me masajeé las sienes para liberar tensión. Una mirada y una sonrisa no podían afectarme tanto.
Al salir a la calle, la brisa otoñal de Nueva York me golpeó el rostro.
El cielo seguía cubierto de nubes oscuras.
El ruido era incesante: se oían los motores de los vehículos, los cláxones y las sirenas.
Me encaminé al coche negro que aguardaba junto a la acera.
Abrí la puerta trasera y me acomodé en el asiento de cuero.
—Gracias por esperar, Robert —le dije al chófer al cerrar.
—De nada, señorita Morgan. —Él asintió, observándome a través del retrovisor interior—. Llegaremos a su oficina en unos quince minutos.
—Perfecto, gracias.
Me abroché el cinturón de seguridad y me volví hacia la izquierda, donde mi prometido aguardaba sentado. Preston y yo compartimos una mirada significativa. Negué con la cabeza, contestando a su pregunta muda. Él estiró el brazo y me dio un apretón en la mano. Luego, se dirigió al conductor:
—Robert, discúlpanos un momento, por favor.
—Por supuesto, señor Chambers.
Preston pulsó el botón que subía el separador que había entre nuestro asiento y el del chófer.
Las únicas personas de mi entorno que estaban al tanto del matrimonio con Ben eran Julia, mi abogada, y Preston, mi prometido.
Ambos eran mis mejores amigos desde la universidad: Julia fue mi compañera de habitación en Harvard; a Preston lo vi por primera vez en clase de álgebra.
—¿No lo ha firmado? —adivinó Preston.
—No. Quiere que su equipo legal lo revise. Ha usado la excusa de que va a hacerse famoso… —resoplé incrédula.
—Bueno, no me parece descabellado. Nosotros haríamos lo mismo.
Y diría que algo famoso sí va a hacerse.
Sale en la portada de la revista Inquire , está a punto de presentar uno de los programas más vistos de la televisión y, según he leído aquí —le dio un toquecito a la revista que descansaba sobre su regazo—, es jefe de guionistas desde hace años. Su trayectoria es asombrosa.
Aunque eso fuese verdad, no me importaba.
—Pres, no estoy pidiéndole el mundo —me quejé—. Podría haber firmado el divorcio y ahorrarnos tiempo a todos.
—Y por eso mismo puedes quedarte tranquila. Su equipo no encontrará nada fuera de lo común y lo firmará.
Necesitaba creer esas palabras.
Preston cogió un vaso de cartón del portavasos y me lo ofreció:
—Ten, te he comprado tu café favorito mientras te esperaba.
—Gracias.
Tras darle un sorbo a la bebida de calabaza, eché un vistazo por la ventanilla. Los escaparates estaban decorados con hojas amarillas, calabazas y esqueletos que daban la bienvenida al otoño.
—Yo estaría más nervioso por Julia —dijo Preston—. Te va a cortar la cabeza.
—Lo sé.
El día que Preston y yo fuimos a abrir el expediente matrimonial fue cuando me comunicaron que Ben y yo estábamos casados.
Esa tarde, Julia redactó una petición de divorcio amistosa y se la envió por correo.
Además, me pidió que me mantuviera al margen y que no contactase con Ben bajo ningún concepto.
Había pasado un mes de aquello. En todo ese tiempo lo único que había obtenido por su parte había sido silencio.
Algo que, teniendo en cuenta nuestro historial, tampoco me sorprendía.
Esa mañana, al ver su cara sonriente en las revistas, decidí presentarme en su casa con la esperanza de agilizar el proceso.
Quería divorciarme cuanto antes y continuar con mi vida.
A Julia no le gustaría saber que me había saltado su indicación.
—¿Cómo estás? —me preguntó Preston con cautela.
—Bien —respondí sin mirarlo.
Me recogí el pelo detrás de la oreja.
—Tu cara no dice lo mismo.
Me volví hacia la izquierda y me encontré con sus ojos preocupados. Preston me conocía a la perfección.
—Estoy bien… —dije para convencerme casi más a mí misma—. Es solo que no he llegado en un buen momento. Ben estaba con una de sus… amiguitas. —Intenté no pronunciar la última palabra con retintín, pero me salió regular.
—¿En serio? ¿Y qué ha pasado?
—Me he presentado y ha habido un pequeño malentendido.
La sonrisa de Preston se hizo más grande.
—¿Qué clase de malentendido?
—Le he dicho a esa chica que soy la futura exmujer de Ben, y ha creído que lo he pillado siéndome infiel. Le ha llamado cerdo, me ha pedido disculpas y se ha marchado dando un portazo.
Mi amigo soltó una carcajada.
—¿Crees que he metido la pata?
—No. Solo has dicho la verdad. No sufras por ella —dijo, deduciendo mis pensamientos—.
Si quiere recuperarla, le explicará lo sucedido y lo arreglarán.
Debe tener una mujer para cada día de la semana.
—Preston pasó las páginas de la revista hasta llegar a la entrevista—.
Cito literal: «No soy de novias. Tengo amigas con las que salgo a cenar, lo paso bien y a la mañana siguiente les preparo el desayuno, pero nada serio.
Las etiquetas no son lo mío». —Alzó la cabeza para mirarme con las cejas en alto y agregó con ironía—: Es todo un galán.
Me asombra que en su primera entrevista haya reconocido tan abiertamente que tiene amigas con derechos.
A mí no me sorprendía. Ben no era como nosotros.
El Ben que yo recordaba soltaba lo primero que le pasaba por la cabeza, no tenía pelos en la lengua y no le importaba lo que pensasen los demás sobre él.
Imaginaba que por eso habría llegado a la cúspide del programa más políticamente incorrecto de la televisión.
—No me habías dicho que tu marido era tan fotogénico —apuntó Preston como quien no quiere la cosa, colocándose la revista delante del rostro.
En la portada, Ben posaba en lo que parecía ser el decorado de una oficina.
Estaba recostado en una silla, con las manos entrelazadas por detrás de la cabeza y los pies encima de un escritorio.
Vestía un pantalón de traje azul marino, una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y una corbata granate aflojada.
En un lado podía leerse el titular: «Benjamin Sharp, el chico malo que se colará cada sábado en tu salón».
Debajo, en letra más pequeña, aparecía una cita suya: «Mi trabajo es hacer reír a los espectadores.
Ser guapo es mi mejor baza para subir la audiencia».
No cabía duda de que las fotografías del reportaje habían captado su atractivo.