1. Ben #2
Me sentí un completo imbécil al no haber caído antes en que su visita se debería a eso. ¿Qué pensaba? ¿Que tendríamos un reencuentro pasional como en El diario de Noah ?
—Te los envié el mes pasado —prosiguió mientras dejaba los papeles en la mesa—. Imagino que no llegaste a recibirlos…
De una zancada, me posicioné a su lado.
—¿Has venido desde Boston solo para darme los papeles en mano? —pregunté atónito.
Ella levantó la cabeza para mirarme. Con los zapatos de tacón debía de rozar el metro setenta y cinco. Me llegaba a la línea de los ojos.
—Ahora vivo en la ciudad —respondió escueta.
—¿Desde cuándo? —La pregunta escapó de mi garganta en un tono estrangulado.
—Desde hace un tiempo.
¿Cuánto llevaba viviendo cerca de mí?
Kate me tendió un bolígrafo blanco, zanjando la conversación. Al cogerlo, nuestros dedos se rozaron por accidente. Me quedé paralizado al notar un hormigueo en la mano. Llevaba siglos sin sentir algo así. Ella entreabrió los labios, pero no dijo nada. Parecía tan descolocada como yo.
Observé su rostro y me puse algo nervioso. De cerca, las pecas que salpicaban su piel de porcelana se apreciaban a la perfección.
Tenía un millón de preguntas que hacerle. Lo último que sabía era que había estudiado Empresariales en Harvard para heredar el imperio familiar. Quería saber qué había sido de su vida, por qué se había mudado a Nueva York, si era feliz y si estaba viendo a alguien. Y no necesariamente en ese orden.
—Kate… —empecé con suavidad.
Ella retiró la mano de manera abrupta, llevándose el bolígrafo consigo, y lo dejó sobre los papeles.
—¿Te importaría firmar las tres copias, por favor? —preguntó con indiferencia y sin mirarme—. Una es para ti, otra es para mí y la tercera es para mi abogada.
Con un suspiro, cogí el bolígrafo. Ella ya había garabateado una firma elegante debajo de su nombre y apellido. Leí el documento por encima. Me distraje por la irrupción de una voz aguda y estridente que canturreó:
—¡Bueeeeenoooos díííaaas!
«No. Me. Jodas».
Kate y yo nos volteamos a la par.
Britney estaba plantada delante del pasillo que llevaba a las habitaciones. Gracias al cielo se había vestido y parecía lista para marcharse. Su coleta pelirroja se balanceó de un lado a otro cuando se acercó a nosotros. Se detuvo a un par de pasos y le lanzó a Kate una mirada de reojo.
—Ben —Britney reclamó mi atención con una sonrisa—: ¿No vas a presentarme a tu amiga?
—Eh… —vacilé.
A mi lado, Kate se envaró.
—No soy su amiga —dijo en un tono afilado, alargando la mano hacia Britney. Parecía ofendida—. Soy Katherine. Su futura exmujer —agregó con un pelín de sarcasmo al estrecharle la palma—. Encantada de conocerte.
—¿Cómo? —Britney abrió los ojos de par en par y bajó el brazo. Acto seguido, giró el rostro en mi dirección, tan despacio como haría la niña de El exorcista —. ¡¿Estás casado?!
—No por mucho tiempo… —contesté con un asentimiento de cabeza.
Britney me fusiló con la mirada.
—¡Me dijiste que estabas soltero! —Gesticuló—. ¡Ahora entiendo por qué siempre insistes en que te avise antes de venir! ¡Es para hacerlo cuando tu mujer no está, ¿verdad?!
—Escucha, Britney. Esto no es lo que parece…
—¿Te crees que soy idiota? —Se volvió hacia Kate y rebajó el tono para decirle—: Lo siento mucho. No sabía que estaba casado. —Me miró asqueada—. ¡Eres un cerdo! ¡No vuelvas a escribirme!
Britney se dio la vuelta y salió de mi casa dando un portazo.
—De haber sabido que estabas preparando el desayuno a una de tus amiguitas habría venido en otro momento. —Kate pronunció la palabra «amiguitas» con retintín—. Espero no haber causado ningún problema. —Acabó la pulla con una sonrisa irónica.
En su voz no había ni rastro de amabilidad. Casi podía decirse que parecía más que encantada de haber interrumpido.
La Kate que conocía jamás daría esas contestaciones. ¿Qué más habría cambiado en ella? ¿Y qué cojones le podía responder a eso?
«Mira, cariño, no consigo empalmarme porque desde que me pediste el divorcio mi polla está de bajón».
Ni de coña le confesaría que estaba teniendo esa clase de problemas.
«Un momento…».
Caí en la cuenta de la información que Kate había revelado sin querer.
Una de las preguntas que me había hecho la periodista de la revista era si alguien especial ocupaba mi corazón.
Yo había respondido diciendo que no tenía novia, pero que sí tenía amigas a las que les preparaba el desayuno después de pasarlo bien por la noche.
Su comentario evidenciaba que había leído el artículo.
—Vaya, vaya, ¿ya has leído la entrevista de Inquire ? —le pregunté, mirando la hora en mi reloj de pulsera—. Debes de haber sido de las primeras en comprarla. Acaba de salir.
Un bonito rubor le coloreó las mejillas.
Kate soltó un resoplido.
—Solo he leído el titular… —se justificó a la defensiva.
Apartó la mirada y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, como solía hacer siempre que mentía.
Contuve la sonrisa, a la espera de que terminase la frase.
—Tu vida me da igual —puntualizó tras un instante.
«Ay, ay, ay, ¡qué mentirosilla es!».
—Sí. Está claro que te da igual.
Kate guardó silencio unos segundos.
—Se suponía que lo solucionaste… —acusó, sin poder contenerse.
Ladeé la cabeza sin entender a qué se refería.
—Me dijiste que habías hablado con el oficiante para que no registrase el matrimonio —reprochó—. Y hace unas semanas descubrí que estamos casados…
—Te prometo que estoy tan sorprendido como tú. El oficiante me aseguró que no registraría los papeles. Entiendo que debió de hacerlo…
—Estoy segura de ello…
Por el modo en el que fruncía los labios era obvio que no me creía. Señaló los papeles y se escondió en su caparazón, poniendo distancia emocional entre nosotros.
—Hay un pósit donde tienes que firmar —me informó con dureza—. En cuanto lo hagas, podremos seguir con nuestra vida como si este error no hubiese ocurrido.
La familiaridad de esas palabras me revolvió el estómago. Entonces, me asolaron los remordimientos. El peso de las disculpas no pronunciadas me cayó como una losa.
El instinto me pedía a gritos que no firmase el papel que nos separaría para siempre sin hablar antes con ella.
Quería explicarle los motivos que me llevaron a romper la relación y disculparme por cómo actué.
Además, necesitaba saber que la vida la había tratado bien y que era feliz sin mí.
Me había convencido de ello para no llamarla en todos esos años.
Por la determinación de su expresión supe que no tenía nada que hacer en ese momento. Estaba enfadada y se negaría a escucharme. Necesitaba ganar algo de tiempo para que se le pasase el cabreo.
Me la jugué diciendo:
—Lo siento, pero no puedo firmar el divorcio sin que lo lea mi equipo legal.
« Spoiler : no tengo equipo legal. La que revisa mis contratos es mi amiga Alexandra, que casualmente es abogada».
—Es un divorcio amistoso. No hace falta meter a los abogados en medio.
—Y, sin embargo, tú ya lo has hecho.
Kate apretó aún más los labios.
—Verás, todo el rollo este del papeleo se me da fatal —me excusé. A riesgo de quedar como un gilipollas añadí—: Estoy a punto de hacerme muy famoso. Solo quiero asegurarme de que no hay nada fuera de lo normal. Mi equipo lo revisará y te lo hará llegar lo antes posible.
—Esto es ridículo. —Me obsequió con una mirada severa—. No te estoy pidiendo nada.
Su actitud hostil y su cara de mosqueo deberían haberme puesto en alerta y haber activado mis ganas de discutir. En lugar de eso, mi cerebro le mandó una señal al apéndice que me colgaba entre las piernas, que, por fin, dio señales de vida.
«¡¡Aleluuuuya, aleluuuuya!!», canturreé internamente.
Sonreí de inmediato.
Kate arrugó las cejas.
—¿Por qué sonríes?
—Porque estás preciosa y me alegro muchísimo de verte —respondí con sinceridad.
Ella se envaró y volvió a enrojecer. Me apuntó con el dedo índice y dijo:
—Tienes tres días para firmar los papeles.
—Una duda: ¿hoy ya cuenta como el primero?
Kate entrecerró los ojos y me miró con una cara que interpreté como un «¿Tú eres tonto o qué?».
En lugar de responder, se dio la vuelta para largarse.
Los ojos se me fueron a su culo otra vez.
—¡Gracias por la visita! ¡Por cierto, yo también te he echado de menos! —exclamé, sin apartar la mirada de su trasero.
Kate salió del apartamento cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Sin perder un segundo, me saqué el teléfono del bolsillo y llamé a Logan.
—¡Estoy curado! —exclamé con un tono teatral en cuanto descolgó—. ¡Mi polla funciona!
—¿Estás empalmado? ¡Qué asco, tío!
Logan colgó.
De pronto, estaba de buen humor.
Ahora solo tenía que encontrar la manera de volver a hablar con Kate.