Los finales perfectos no existen
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1. Ben
Ben
—Anoche hubo soldado caído —le dije a Logan por teléfono.
—¿Cómo dices? —Mi mejor amigo sonaba confundido desde el otro lado de la línea.
Lo intenté con otras palabras:
—Que anoche el soldado recibió visita y no se puso firme.
—Ben, ¿de verdad me has llamado a las ocho y media de la mañana para hablar de tu polla? —se quejó.
—¡Shhh! ¡Baja la voz! ¡No quiero que tu novia se entere de mi problemilla! —Me apoyé en la encimera de la cocina y resoplé—. Y claro que te he llamado para hablarlo. Es la primera vez que me pasa… Esto es grave, tío. ¿Te das cuenta de que podría tener disfunción eréctil?
Logan soltó una carcajada estruendosa con la que casi me dejó sordo.
—Deja de decir tonterías. No tienes disfunción eréctil porque anoche no te empalmaras con Britney o con quienquiera que metieras en tu cama. No te rayes, tío.
Britney era una de las mujeres con las que me acostaba. Como cada domingo, la noche anterior se había presentado en mi casa y se había quitado el sujetador, pero esa vez… nada.
—¿Que no me raye? —Alcé la voz sin querer—. Logan, una mujer me puso las tetas en la cara y mi polla no reaccionó. Es preocupante de cojones.
—Nunca mejor dicho —contestó él entre risas.
—A mí no me hace gracia. ¿Debería ir a urgencias? En internet recomiendan que, si no te empalmas, vayas al médico. Igual no me está llegando la sangre suficiente y estoy perdiendo segundos vitales para salvarla.
—No vayas al hospital por esto. Si fuese algo recurrente, vale, pero es la primera vez que te pasa. Además, en el peor de los casos, siempre puedes recurrir a la pastilla azul.
—No quiero tomar nada para echar un polvo. Solo tengo treinta y un años, joder.
—Es broma…
Respiré hondo. A continuación, cogí la taza de la encimera y le di un sorbo al café.
Logan era uno de mis mejores amigos desde la universidad. Confesar en voz alta que eres incapaz de tener una erección es demasiado humillante como para contarlo a la ligera. Él era el único con el que me atrevía a tener aquella conversación.
—¿A ti te ha pasado? —le pregunté tras darle otro sorbo al café.
—Nunca.
—¡Joder! ¿Lo ves? —Solté la taza, me pasé la mano por el pelo y resoplé.
—¿Por qué no le preguntas a Chris? A lo mejor a él sí.
Chris era otro de nuestros mejores amigos.
—¡Qué buena idea! —ironicé—. Mejor, ¿por qué no lo cuento el sábado en directo? Así puede enterarse el país entero.
Logan volvió a partirse de risa.
—Mmm…, ahora que lo dices, igual te ha pasado porque estás nervioso por presentar el programa.
Tras ocho años siendo guionista en Saturday Late Night , uno de los programas de entretenimiento más famosos que se grababan en Nueva York, el sábado debutaría como presentador de la sección de noticias satíricas.
Me ofrecieron la oportunidad tras la retirada de Jeremy Strong, el antiguo presentador.
Llevaba esperando aquel momento desde que era pequeño.
Por ello, acepté sin dudar. Aunque existía la presión de dar la talla delante de las cámaras y Jeremy había dejado unos zapatos gigantes que llenar, después de años soñando con subirme al escenario, estaba más emocionado que otra cosa.
—No… no estoy nervioso por presentar el programa —titubeé.
—¿Y por la entrevista? —siguió Logan—. Sale hoy, ¿no?
Ese día llegaría a los quioscos el número nuevo de la revista Inquire , donde mi cara aparecía en portada. Era la primera vez que me entrevistaban en un medio de tirada nacional.
—Qué va, estoy tranquilo. No dije nada censurable.
—No sé, Ben… —Mi amigo no parecía convencido—. Llevas unas semanas raro.
Cerré los ojos y me froté la frente. Sabía cuál sería su siguiente pregunta.
—¿Sigues rayado por Kate? —se aventuró.
Me encantaría responder que no, pero estaría mintiendo.
Kate era mi exnovia.
Llevaba trece años sin saber nada de ella. Todo cambió hace unas semanas cuando, en un giro de guion tan impactante como cuando en El Imperio contraataca descubres que Darth Vader es el padre de Luke Skywalker, me enteré de que Kate era mi mujer.
Una tarde, Logan vino a casa y me dio un sobre que había encontrado en la puerta.
Al abrirlo, me quedé helado. Dentro había una petición de divorcio de parte de Kate.
Por absurdo que parezca, hasta ese momento no sabía que estábamos legalmente casados.
Logan se quedó tan alucinado como yo. Él ni siquiera sabía que Kate existía.
Estaba tan jodido tras la ruptura que cuando me mudé a Nueva York y conocí a mis amigos no les hablé de ella.
Para animar el ambiente, Logan sacó una botella de whisky del armario. Entre chupito y chupito, le resumí nuestra historia. Le conté que nos habíamos enamorado de adolescentes, que nos habíamos casado al cumplir los dieciocho y que rompimos al día siguiente de la boda.
Cuando estábamos borrachos, le confesé que no quería divorciarme. Al día siguiente, con una resaca monumental, guardé los papeles del divorcio en un cajón e intenté olvidarme del tema.
Desde entonces, apenas había pensado en otra cosa. Dormía de culo, estaba desconcentrado y ahora parecía que mi libido había caído en picado hasta desaparecer.
—Sé que no quieres hablar de ella —la voz preocupada de Logan me sacó de mis pensamientos—, pero, si cambias de opinión, estoy aquí.
En ese momento, sonó el timbre.
—Un segundo, tío —le pedí mientras arrastraba los pies hasta la entrada—. Acaban de llamar a la puerta.
Al abrir me quedé planchado, como si me hubiesen dado un mazazo en mitad del pecho. Por poco se me cayó el móvil.
«No puede ser. Es imposible. ¿Estoy soñando?».
En el pasillo había una versión adulta de la Kate de mis recuerdos.
Ella subió la mirada de mi pecho a la barba sin afeitar. Cuando nuestros ojos se encontraron, el mundo se quedó en pausa, como cuando en Big Fish Edward Bloom vio al amor de su vida por primera vez.
No me lo podía creer. La tenía al alcance de la mano. Quería estirar el brazo y tocarla, asegurarme de que no era producto de mi imaginación.
Sus ojos azules seguían siendo preciosos, almendrados y expresivos, pero ya no me observaban con cariño.
Sus labios formaban una línea recta, que estaba lejos de la sonrisa cálida que me dejaba sin aliento cuando era adolescente.
Tenía el pelo más corto. Ahora las ondas de color rubio oscuro le caían con gracia por encima del pecho.
El maquillaje resaltaba sus facciones delicadas: llevaba algo de color en los pómulos, máscara de pestañas y los labios pintados de rosa.
Lucía una blusa de satén blanca metida por dentro de un pantalón de traje negro y unos zapatos a juego. Su aspecto era impecable, y el porte, firme. Con esa ropa de diseño parecía una ejecutiva exitosa.
«Está que te mueres de guapa», pensé.
Desvié la vista al lunar pequeño que tenía sobre el labio, en la parte izquierda del rostro. En el pasado, lo había besado cientos de veces.
—Kate… —susurré, sin creerme lo que veía.
—¡Lo sabía! —La voz de Logan me llegó como un eco lejano—. Evitas el tema, pero estás jodi…
Bajé el móvil y colgué.
—Buenos días —me saludó ella con un tono cortés.
Fui consciente de que estaba observándola como un pasmarote. Sacudí la cabeza y tragué saliva, intentando aparentar normalidad.
—Eh… Hola —respondí todavía atolondrado—. ¿Cómo estás? ¿Qué te trae por aquí? Cuánto tiempo…
—Sí. —Asintió—. Han pasado unos años desde la última vez que… hablamos.
—Trece años y dos meses —solté sin pensar.
Ella abrió mucho los ojos.
Efectivamente, llevaba la cuenta.
—¿Puedo pasar? —me preguntó—. Me gustaría hablar contigo. Solo será un momento.
—Claro. Por favor. —Me hice a un lado y le sostuve la puerta.
Cuando me sobrepasó, su perfume cítrico me llegó a la nariz y desbloqueó un millón de recuerdos.
Kate comiendo palomitas de caramelo en el cine de verano, con una sonrisa enorme.
Kate besándome después de escabullirse de casa en mitad de la noche.
Y mi favorito: Kate con un vestido blanco de tirantes, mirándome enamorada, antes de casarse conmigo.
Sus tacones resonaron en el suelo de madera mientras se adentraba en mi apartamento. Cerré la puerta y me volteé para seguirla.
Al reparar en su culo redondo y respingón, mi cerebro cortocircuitó.
—Qué buen… —cuando me di cuenta de lo que estaba a punto de decir, rectifiqué al vuelo— día hace.
—¿Has dicho algo? —Kate se giró en mi dirección.
—Decía que hace un día buenísimo. —Me felicité por la respuesta rápida—. ¿No te parece?
Ella arrugó las cejas.
«Tío, está nublado».
Estábamos a mediados de octubre. Todavía no hacía un frío excesivo, pero aquella mañana el cielo había amanecido de color gris oscuro.
—Si tú lo dices… —Se encogió de hombros.
Le hice un gesto con la mano para invitarla a que continuase andando. Evité mirarle el culo para no soltar otra estupidez.
El recibidor desembocaba en una cocina abierta al salón.
Los espacios estaban divididos por una isla de mármol gris.
Kate se detuvo frente a ella y dejó el bolso inmenso en uno de los taburetes.
Sus ojos curiosos recorrieron el salón, desde los pósteres enmarcados de películas y series que adornaban las paredes, pasando por la mesa de póker que estaba en un rincón, hasta el ventanal con las vistas a Park Avenue.
Mientras me daba la espalda recogí a toda prisa las copas con restos de bebida aguada de la encimera y las dejé en el fregadero, tiré a la papelera la caja vacía de comida para llevar y guardé la botella de whisky en el armario. Por último, me peiné con la mano.
—Tienes una casa bonita —opinó en tono neutro.
—Gracias.
Nos observamos unos segundos.
«¡Espabila, tío! ¿Dónde están tus modales?».
—¿Quieres un café? Está recién hecho —ofrecí, y ella negó con la cabeza.
Me planté delante del frigorífico y lo abrí.
Mierda. Lo único que había eran botellines de cerveza, un par de pizzas precocinadas y poco más.
—También tengo agua, zumo y… manzanas.
—No quiero nada, gracias. —Abrió el bolso y sacó un sobre blanco—. Solo he venido a traerte los papeles del divorcio.
—Ah…