Los falsarios Capítulo 19
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Capítulo 19

L a Sociedad de los Falsarios de la Luna, iniciada por A.

Lock sin demasiadas pretensiones, contó en Francia, al cabo del tiempo, con otros miembros destacados.

No siempre confesaron formar parte de esa sociedad secreta, puede que incluso algunos de ellos ni siquiera supieran que eran miembros, pero, entre el divertimiento y la calamidad, dejaron ciertas muestras y actitudes que se han podido rastrear por estudiosos posteriores. He aquí algunos casos conocidos.

Sin embargo, para otros, Lorrain pasaba por ser un investigador serio y estricto: sus experimentos con el éter para explorar las dimensiones sensitivas de lo fantástico eran un monumento del más severo calibre científico.

Había publicado los resultados de sus pruebas en el tomo de relatos Contes d’un buveur d’ether, el fruto de varios años encerrado en su cuarto, consumiendo a solas esa droga y anotando fielmente cada nuevo espejismo, cada visión, cada estado de la mente en su viaje deforme por un universo de turbadora existencia maldita.

Muchos de esos experimentos alucinatorios versaban sobre la Luna y procedían de las extravagancias del libro de Lock.

Él también juraba haber visto vespertillos alados.

Su lengua, por el contrario, no era tan meticulosa: peroraba contra todos como un estilete que se clava en el centro del honor de los demás.

Eran incontables los duelos a que le retaban por su escandalosa conducta.

En público, por sus temibles actuaciones en las noches en que iba a las tabernas de los barrios bajos y de prostitución masculina.

En privado, por el licor de guindas que daba a un jovenzuelo que llevaba a jugar a su piso y le hacía mirar la Luna mientras le prometía algún gozo.

En los duelos, el peligroso tuerto no fallaba nunca.

Por la insolencia de su vida y de sus versos (que viven, ríen y lloran poco, ha dicho Verlaine en Les poètes maudits ), Tristán Corbière era un notable falsario.

Joven decrépito, Laforgue lo definió como el gran sensual que jamás hablaba de la carne.

Solo escribió un libro, Les amours jaunes (Los amores amarillos), obra tremebunda, inquietante, de poemas abruptos, tan feroces como los de Rimbaud y tan extraños como satánicos.

Tenía la convicción de que la Luna había hecho un agujero dentro de él, un agujero redondo como una moneda, por el que se le iba la suerte…

y se le escapaba hasta la Luna. Decía que su vida eran monedas y las comparaba con sus años: veinte monedas, veinte años. No aspiraba a más. Así lo expresó:

Hallé la fortuna en las primaveras,

En los veinte años, en los veinte francos,

En los agujeros y en la luna después,

Aún virgen con veinte años

¡Y ya coronel en la Comuna!

Y al final, la fosa común como regalo

En una noche sin agujero de luna.

Brusco y petulante, infantil y osado, Tristan Corbière andaba como un marino en día de tormenta, asombrosamente tieso, pero con una leve inclinación precavida, formando su cuerpo con el suelo un divertido ángulo, tanto más notable si ese día se había puesto un sombrero de copa y se espigaba.

Tras su muerte, en 1875, no estuvo en la memoria de nadie, salvo en la del fanático Verlaine.

Hoy en día, una minoría de falsarios solitarios lo lee por envidia.

Todo lo contrario le sucedió a Ernest Hello (1828-1885), autor de descomunal retórica.

De los escritores católicos de entonces, todos mediocres salvo el gran Barbey d’Aurevilly, Ernest Hello es el único que combina la oratoria de un cura exorcizando con la prosa aguda y concisa de un científico positivista.

Por eso se hizo falsario. Así nadie supo nunca si sus textos eran suyos o no, si eran verdaderos o falsos, si eran humanos o divinos.

Quizá se debiera a lo escalofriante de sus aberraciones.

Mezclaba tan analíticamente (con superioridad de jesuita) la sociología con el Limbo de los Justos, la virginidad de la Purísima con las huelgas mineras, y las leyes pitagóricas con el maná de Moisés, que, al leerlo, la fascinación se producía de inmediato, como si lo que se estuviera leyendo fuese una fantástica novela de viajes a la Luna o de enigmas de ultratumba.

En su libro El hombre, con la arrogancia de los que desentrañan la Biblia en la creencia de que ha sido escrita solo para ellos, describe todas las grandezas y miserias del ser humano.

Pero su violenta diatriba contra el ateísmo, sofocada, retorcida, es propia de un loco sin dirección, inverosímil y vehemente.

¡Qué macabros designios concibe para el moribundo que blasfema!

Hello, al contrario que otros miembros de la Sociedad de Falsarios de la Luna, atribuye al satélite una cierta geografía del Infierno, imitando a Dante.

Se atreve a decir incluso qué tormentos (y por cuántos años) aguardan a cada uno allá en la Luna según un catálogo detallado de culpas, pecados y faltas.

Probablemente Lock lo habría expulsado de su sociedad sin ningún miramiento.

O tal vez no, tal vez le hubiera dado un telescopio para que se deleitase mirando cómo arden las almas pecadoras.

Y por último, Villiers. Jean-Marie Mathias Philippe Auguste de Villiers de L’Isle-Adam fue siempre un gran conversador.

Todos los grandes cuentistas poseen ese don de la charla prolongada y compleja (salvo Maupassant, el carnero, que se entrecortaba con tartamudeos exasperantes para finalizar con vulgares blasfemias), aunque habría que reconocerle a Villiers su poder de amenísima persuasión gracias a su muy modulada voz de barítono.

Hasta el alba diserta sobre los temas más copiosos sin descender ni por un segundo de su altura melodramática, con chistosas inflexiones que recuperan la distensión y agrupan a los contertulios en torno a un remozado interés.

De origen noble (conde o algo similar), no repugna a su orgullo, bastante a flor de piel, contar algunos trabajos que se vio obligado a aceptar para llevar el alimento diario a su pobre bastardo y a la mujer con quien convive, como si se tratara de un obrero a jornal.

Es divertida la historia de cuando, por un sueldo exiguo, daba clases de boxeo en un salón de gimnasia; si bien, no teniendo apenas idea de ese fino deporte, su ancha cara era utilizada por los jóvenes púgiles como mero saco de arena al que atizaban un número pactado de ganchos y puñetazos.

Menos cómico se pone —incluso baja el tono de su narración, se siniestriza, por así decir, con absentas de por medio, lo que le da una aureola vengativa— cuando relata los meses en que hubo de ejercer de mannequin o «loco fingido» en el consultorio privado de un médico sin escrúpulos, que lo mostraba a colegas y a clientes como un ejemplo de los buenos resultados de sus métodos de recuperación psicológica.

Tras jurar, enfatizando su demencia, que procedía de la Luna y sin aclarar el medio de transporte, insistía en que podría describir la forma e idioma de sus habitantes, a los que también, como tantos otros selenitas, puso alas.

Había logrado, además, una alarmante maestría en las falsas muecas de enajenado y en los silencios ausentes.

A veces, con violencia furiosa, rompía un jarroncito barato, siempre con estudiados movimientos, para luego calmarse por efecto de la ciencia de aquel médico, de modo que este pudiera alegar: «No está del todo curado, pero va mejor».

Era un idealista desvencijado, un anarquista moral iconoclasta que quería ser adulado en los salones y no pudo ser más que otro mulo de carga de las letras.