Los falsarios Capítulo 18
90%

Capítulo 18

E l teniente Thorndike, de la tripulación del USS Hornet, tenía razón.

Con la pisada de Neil Armstrong sobre el polvo de regolito lunar, portando su Omega en la muñeca como el símbolo de la hora exacta para un antes y un después en la historia del satélite, acababa el mito de Selene y de tantos otros nombres bajo los cuales fue conocida la Luna a lo largo de los siglos.

«En mi principio está mi fin.» Pero ¿qué es la Luna? O mejor aún: ¿ quién es la Luna?

El disco blanco que el hombre, desde que era hombre, veía clavado en el cielo diariamente, dictando los ritmos de los campos, de los mares, de las estaciones, y hasta de su propia naturaleza, pasó pronto a ser una Diosa con poderoso influjo en los mortales.

Adoptó diversos nombres en los distintos cultos de los pueblos.

Así, en Egipto se decía que el dios Thoth, administrador de la ciencia y del arte, y el dios Khons, sanador de enfermos, tenían vínculos directos con la Luna, a la que llamaban Isis, y de la que lo aprendían todo.

Prueba de la excepcionalidad con que se veneraba a la Luna en el tiempo de los faraones eran los sacrificios de cerdos que se le ofrecían a ella y a Osiris, para luego comerse la carne inmolada, cosa que solo podían hacer una vez al año, estando prohibido matarlos y comerlos el resto del tiempo.

Para los babilonios, la Luna era la forma visible de Sin, el dios sabio que fijaba el tiempo de las cosechas y de la muerte. Para los fenicios, la Luna era Astarté.

Pero por encima de todas estas divinidades paganas, la Luna alcanzó su máximo esplendor religioso con los griegos.

Con ellos pasó a ser Selene, la hija de Hiperión y de Tía (llamada por otros Basilea).

La belleza de Selene era envidiada y deseada, por eso personificó a la Luna, astro de anhelos y de pasiones desde que el mundo es mundo.

A causa de tal belleza, Selene fue confundida en algunos momentos de la Mitología con Artemisa o con Febe.

Como bondad, tenía la gracia de atender las plegarias de las parturientas.

Era hermana de Helios (personificación del Sol) y de Eos (personificación de la Aurora).

Los amoríos de Selene fueron famosos en el Parnaso: primero con Pan, luego con Zeus, y muy especialmente con Endimión, de quien concibió ni más ni menos que cincuenta hijas.

Los romanos la identificaron con su diosa llamada Luna, de la que procede justamente el nombre actual en las lenguas romances.

La diosa Luna, a quien se había erigido en Roma un templo en el monte Aventino y otro en el Palatino, poseía los mismos atributos que Selene, pero había entrado a formar parte del Panteón romano con los Sabinos.

Por su belleza y audacia seductora, muchos la confundieron con Diana.

Esta confusión adquirió carta de naturaleza con el tiempo, pues en 1890 Sir James George Frazer, en su ya clásico libro La rama dorada, dice que se identificó a Diana como «la luna amarillenta de las cosechas, que henchía la casa de labranza del agricultor con frutos hermosos y escuchaba las oraciones de las parturientas».

Rasgos todos estos constantes en la divinización de la Luna.

Por su atractiva y enigmática proximidad a la Tierra —esa nimiedad de 384 392 kilómetros—, la Luna fue motivo de observaciones desde los tiempos de Aristóteles y de Tales de Mileto.

Los primeros en fijar sus fases y establecer sus verdaderos movimientos fueron Aristarco de Samos e Hiparco.

Luego ha sido objeto de estudio por parte de los grandes astrónomos: Ptolomeo, Abul Wefa, Copérnico, Kepler, Galileo, Tycho Brahe, Hevelius, Riccioli, y tantos otros hasta llegar a los Herschel.

En todos los casos de observaciones rigurosas hechas por esos astrónomos relevantes, los resultados nada decían de su habitabilidad.

El asunto de la atmósfera enrarecida, ya fuera por sulfurosos gases volcánicos —o, como afirma Feijoo, «por vapores y humedades de sus lagos o mares»—, ya fuera por la ausencia total de oxígeno, ahorraba muchas explicaciones sobre la naturaleza física y moral de sus posibles habitantes.

En todo tiempo, incluso a mediados del siglo pasado, como se lee en la novela de Jules Verne, el enrarecimiento o la claridad de la atmósfera lunar fue germen de acalorado debate entre quienes elegían la vía de imaginar habitable o habitado el satélite y quienes optaban directamente por sumir a la Luna en un estado de inanidad rocosa carente de toda vida.

El asunto era: respirar o no respirar. Si lo primero, había vida de seguro.

Si lo segundo, la vida era imposible. Neil Armstrong y cuantos le siguieron en los paseos lunares darían finalmente la razón a los últimos, pero hasta ese 20 de julio de 1969 las espadas estuvieron en alto.

La cuestión de la «respirabilidad» como condición para la vida en la Luna conduce a la analogía como criterio predominante.

En la Tierra era imposible concebir vida sin oxígeno; por lo tanto, si no había oxígeno en la Luna, tampoco habría vida.

Cuando los astrónomos observaban paisajes lunares, estos guardaban una enorme analogía con los de la Tierra: contemplaban árboles, riachuelos, volcanes…

, e incluso grietas y valles luminosos, como los descubrimientos que hizo en la Luna el sabio veronés Monseñor Bianchini —lo refiere Feijoo en su discurso Corruptibilidad de los cielos — el 25 de agosto de 1725, más de cien años antes del libro de Lock y casi doscientos del de Wolf.

Hasta las observaciones que Lock atribuye a Herschel son, en todo momento, susceptibles de transferirse a hechos y apariencias terrenales.

Los selenios, en realidad, pueden ser indígenas africanos vestidos con plumas de avestruz; los vespertillos pueden ser tomados por una variante de los anteriores, solo que con unas membranas de tela entre los brazos, o, ¿por qué no?

, por abominables criaturas salidas de un cuadro del Bosco; y, en fin, los elefantes, hipopótamos, serpientes, chozas cónicas, castillos, bosques, ríos, llanuras, templos, etcétera, confesados por Herschel en el libro, en nada difieren de sus homólogos de la Tierra.

Eso también fue lo que quiso parodiar a la contra el libro de Wolf, una copia sin muchos equívocos de su propio tiempo y su propia sociedad.

A lo largo de la Historia es bastante frecuente esta simetría con que es comprendida la Luna por el ser humano.

Debido a ese efecto defensivo que es lo analógico, todos quienes se han planteado en sus respectivas épocas la habitabilidad de la Luna, o de los mundos en general, se han puesto del otro lado de un espejo y se han visto mirando.

Así, Fontenelle, Cassini y otros astrónomos del siglo xviii se obsesionan por cómo sería la Tierra si desde Marte se la observara con un telescopio.

Y concluyen que, para poder ser vistos desde Marte, ha de haber en Marte seres humanos que miren hacia la Tierra.

La cuestión venía de antiguo. Ya Plutarco, en su obra Sobre la cara que se ve en la superficie de la Luna, escrita ochenta años antes de Cristo, se arriesgaba a asegurar que la Luna era de índole «terrestre, con montañas y valles».

Y en esto, aunque con mayor poesía, abunda Cyrano de Bergerac, en una de las definiciones más bellas y más ecuánimes de la Luna: «La Luna es un mundo como el nuestro al que este sirve de luna».

¡La perfecta simetría! El punto A de la Tierra tiene su A’ en la Luna, y así sucesivamente.

Contra las fantásticas estrecheces antropocéntricas de la analogía interviene el sabio español Benito Jerónimo Feijoo, figura no siempre bien alabada ni tenida en la gran altura que merece, no solo por su calidad literaria, sino sobre todo por su modernidad para concebir lo enciclopédico como materia narrativa.

Dice Feijoo en una de sus cartas: «Lo que se puede asegurar como cierto es que si en los astros hubiese brutos y plantas, serían de otra clase diversísima de los brutos y plantas que hay por acá, por la razón de la diversísima constitución, naturaleza y temperie de aquellos globos».

Parece lógico, en verdad, y definitivo. Como definitivamente osada es la actitud de Ardan, el personaje de Verne: «No sé si los mundos están habitados, y como no lo sé, voy a verlo».

Claro que Ardan era de los que creían que había aire en la Luna.

Sobre la habitabilidad de los mundos, es decir, de los planetas, por parte de seres como los hombres o muy parecidos, hablan con ínfulas de certeza escritores como Stobeo, quien, refiriéndose a filósofos más antiguos, dice que decían que en la Luna los seres, en sus modalidades de plantas, brutos y hombres, eran quince veces mayores que sus análogos en la Tierra.

Todo lo tenían igual, con la particularidad de haberse multiplicado por quince.

Stobeo desconocía la razón. Sin embargo, en otros momentos de la historia en que el hombre ha tenido que enfrentarse con los habitantes de mundos ignotos o fantásticos, el monstruosismo ha creado siempre gigantes, como en el caso de los patagones del Estrecho de Magallanes, de quienes se decía que, aparte de su desproporción, comían crudas unas perdices del tamaño de un carnero a las que llamaban perdigochas.

Quien esto contaba —un contramaestre de L’Astrolabe, navío capitaneado por el gran marino César Dumont d’Urville, quien, ¡paradojas del destino!

, navegó por el estrecho magallánico en 1837 tras la pista de asentamientos de selenitas en la Tierra, tal vez de siniestros vespertillos— agregaba también que creyó observar cómo esas perdigochas solo se cataban en luna llena, fase pocas veces vista en plenitud en ese extremo austral.

Abundando en las gratuitas cercanías que provocaba la analogía entre la Tierra y la Luna, Herodoto Heracleota, aceptando sin chistar el gigantismo de los selenitas, determinó que sus mujeres, además, eran ovíparas y que el vehículo de reproducción lunar por excelencia era el huevo.

¿Cuáles son las bases para esas aseveraciones?

Ningunas, claro está. Solo la ocurrencia de que algún tipo de ave podía haber hecho el supremo esfuerzo de volar hasta la Luna.

Tal vez el zurito unípede que dice Herschel haber visto con su telescopio.

Aunque aves eran, pero extrañas, las que encontró allá el Barón de Münchausen, el estrambótico personaje de Gottfried Bürger, quien, en su segundo viaje a la Luna —el primero, según cuenta, fue rápido y solo en busca de un hacha de plata—, vio «grandes seres montados en buitres de tres cabezas […

]. En vez de montar a caballo, como nosotros, los pobres habitantes de la Tierra, los de la Luna cabalgan en estos grandes pájaros».

Igualmente todas las analogías que el Barón encuentra en la Luna son quince veces mayores: «una mosca ordinaria, por ejemplo, es casi tan grande como un cordero de los nuestros».

Como Herodoto Heracleota, el Barón también descubre que los selenitas que halló eran ovíparos: «De una cáscara sale un soldado, de otra un filósofo, de otra un teólogo, de otra un jurisconsulto, de otra un ganapán».

Al final, Münchausen cae en el surrealismo: «Las armas usuales de los habitantes de la Luna son rábanos silvestres que manejan como jabalinas y dan muerte a los que alcanzan […

]. Por escudos usan grandes hongos […]. Llevan la cabeza debajo del brazo».

E incluso cae en un humor negro que haría las delicias de un Topor: «Los habitantes de la Luna se sirven de su vientre como nosotros de nuestros morrales: echan en él todo aquello de lo que pueden tener necesidad; lo abren y lo cierran a su voluntad como su estómago».

En verdad este Barón bien podría haber sido un digno miembro de la Sociedad de los Falsarios de la Luna.

Y si se habla de aves, aves eran, en esta ocasión gansos, las que tiraron de la enorme cazuela en cuyo interior surcó el espacio hasta la Luna el castellano Domingo González.

Esto al menos relata el inglés Francis Godwin, autor en 1638 de un curioso libro que tiene a ese insospechado aventurero español por protagonista: El hombre en la luna o Discurso de un viaje allá por Domingo González, el raudo mensajero.

Godwin también podría haber figurado con todo merecimiento como miembro del club creado por Lock.

En resumen: a la hora de hablar de la habitabilidad de los mundos, hay que volver nuevamente a Feijoo, que se refiere del siguiente modo al hecho de que existan mundos habitables o habitados: «En cuanto a la posibilidad [de mundos habitables], no hallo el menor tropiezo; en orden a la existencia [de mundos habitados], la juzgo un sueño bien concertado, y nada más».

El subrayado realza la belleza y la rotundidad de la frase.