Los falsarios Capítulo 17
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Capítulo 17

«A mediados del siglo xix , en España, la Luna estuvo de moda.

» Son palabras de Rosa Chacel de cuando estaba escribiendo su novela Teresa, en la que ficciona la biografía de Teresa Mancha, mujer singular, de vida desgarrada, que subió a lo más alto económicamente y descendió al infierno de los burdeles al final de su corta vida.

Es hoy recordada por haber sido amante de los poetas José de Espronceda y Narciso de la Escosura, dos románticos amigos entre sí y enamorados ambos de ella.

¡Una mujer! En el templado rayo

de la mágica luna se colora,

del sol poniente al lánguido desmayo

lejos entre las nubes se evapora.

Y estos otros:

¡Una mujer! Deslizase en el cielo

allá en la noche desprendida estrella.

En un capítulo que Rosa Chacel escribió pero no incluyó en su novela finalmente por ser una historia disparatada, se relata un episodio póstumo de Teresa, que incumbe a Espronceda y que fue motivado por De la Escosura, su amigo, pero también rival.

Es el siguiente: Espronceda, medio enloquecido por la pérdida de quien fue su amada y madre de su hija Blanca, creyó a pies juntillas que Teresa lo esperaba en la Luna.

He aquí el escenario: es el año 1840, Teresa ha fallecido un año antes, Narciso de la Escosura, al ver el desconsuelo de su amigo, le propone acudir a una médium que pone en contacto con el más allá.

Unos días después, Escosura le presenta a una mesmérica gaditana, Isadora, que aseguraba practicar la hipnosis y mediar con mundos paralelos.

Isadora lo convence de que los astros —ciertos astros, como Venus o la Luna, más bien, matizaba la experta— acogen los espíritus de los muertos que fueron bellos de cuerpo y alma. Espronceda se echa en sus brazos y acepta, crédulo, las ocurrencias de Isadora.

La médium interpretó los versos de «en el templado rayo / de la mágica luna se colora» y «lejos entre las nubes se evapora […] allá en la noche desprendida estrella» como una revelación implícita del destino lunar de la llorada Teresa.

A partir de esta idea luminosa, Espronceda, que fallecería pocos años más tarde, vivió en un insólito sosiego, pese a los infortunios políticos en los que siempre estuvo enredado.

Esa tranquilidad tornó insignificantes las preocupaciones porque creyó cruzar un portón invisible que le permitiría llegar a ese lugar fuera del mundo destinado a los amantes extremados.

En el capítulo suprimido de Rosa Chacel puede leerse este parlamento de Espronceda tras visitar a la médium:

«—¿La veré allí? —le preguntaba a Escosura, aunque en realidad dirigía la pregunta hacia las sombras de los callejones madrileños por los que deambulaban los dos amigos—. ¿Podré librarme de la sustancia de la que estoy hecho, una sustancia grumosa y aterrada?

Para Escosura, los ataques de ansiedad de su amigo por hallar un paraíso eran peores que una sífilis, o mejor dicho, eran la sífilis que a los hombres como él, enamorados, enamorables, les estaba reservada.

Una agonía lenta, una angustia que producía ahogos, náuseas, hipersensibilidad, pánico, síntomas de a quien han inoculado el virus de tener que presenciar un término, un acabamiento, como él ha hecho, de un amor tan hondo.

—¿La veré allí? Me alivia ridículamente imaginarme que me espera en la Luna.

Eran gozos pasados que intuía futuros ahora, cuando cruzase el espacio sin forma de la muerte hasta llegar a Teresa de nuevo.

Y entonces todo se disparaba en la ansiedad de Espronceda: las horas eran pesadillas, como los paseos vacíos por calles con gente, atribulado solo con sus pensamientos melancólicos que se perseguían unos a otros por sus entrañas y acababan aturdiéndolo con palpitaciones, nubosidad de la vista y un sofocante calor.

—¿La veré, Narciso? Cada pequeño mareo es la puerta a una inconsciencia de la que no voy a despertar nunca, los dolores se convierten inmediatamente en profundos, radicales, y superan con mucho el deseo de seguir, de andar por la vida.

Pero, Narciso, nos queda la Luna, amigo mío, nos queda la Luna.

¿No es la Luna nuestra quimera? Esa misteriosa mujer que he visitado lo ha predicho: algún día iremos allí los humanos.

¡Y dice que en ella hay seres alados, quizá ángeles, quizá réplicas de quienes fuimos! ¡Quizá Teresa!

Narciso veía que su amigo se descalabraba a cada paso que daba (las aceras demasiado altas, los rellanos demasiado estrechos, las puertas de las tabernas demasiado atrancadas), y en su cara de pómulos marcados, de nariz fina, de óvalo sutil y melena insumisa, siempre iba escrita alguna nueva herida, alguna hinchazón producida por un golpe de la tarde anterior.

Vivía ahora con su madre, de la que huía con tanto amor como regresaba a ella, para reconciliarse igual que un pecador arrodillado frente a un altar.

Pero tampoco recordaba quién fue él de joven ni por qué rutas venturosas vagaría su alma ahora.

—Narciso, ¿crees en los fantasmas?

—A veces, tanto como tú —respondió Narciso.

—Para creer en los fantasmas hay que olvidar el sentido común. Y expulsar de la mente sobre todo los prejuicios. Pero no es solo cuestión de fe. Hay que verlos y sentirlos. Los fantasmas existen y son tangibles.

Refirió entonces a su amigo que había voces que rodeaban los lugares y a los seres que habían pasado por una experiencia vital intensa, extraordinaria incluso, ya fuera un hecho histórico, ya fuera un pensamiento luminoso, ya fuese una situación extremadamente dramática o accidentada.

—He buscado siempre ese rastro de permanencia. Y lo he encontrado en voces verdaderamente de ultratumba, voces de muertos, fantasmales, los fantasmas verdaderos, no los supuestos ni los interpretados ni los imaginados. Los fantasmas verdaderos que existen.

—¿Y es Teresa uno de ellos ya? —preguntó Narciso.

—He oído un susurro agudo esta tarde, en casa de la médium. La última sílaba de la última voz del último aliento. Puro aire, pensé, un aire sin conciencia. Un sonido líquido. Una voz líquida que buscaba acoplarse en mí.

Narciso observó que su amigo tenía los síntomas de las personas que están extremadamente enamoradas: dar crédito a lo imposible posible, que es la idea más necia que ha concebido el ser humano.

—Parecía, Narciso, que ese susurro me estuviera esperando a mí.

—¿En la Luna? ¿Acaso no es esa una falacia de gente enloquecida, de enfermos más que de cuerdos?

Narciso, entonces, quiso saber cómo había procedido la médium y qué preguntas había hecho al espectro. Espronceda dijo tres: “¿Quieres hablar?”, “¿Buscas explicarte?”, “¿Me dirás tu nombre?”. No hubo respuestas.

—¿Y cuál fue la pregunta que la convenció definitivamente de que el susurro era de ella?

Espronceda contestó que solo podía ser una la que pudiera explicar el punto tan alto al que se había llegado en aquella sesión: la pregunta relativa a si quería volver con los vivos o no.

—A eso la respuesta fue negativa. Me asusté. Tuve miedo esos tensos segundos en los que no pasó nada.

Entonces, según Espronceda, la médium Isadora dijo: “Está en el exterior”.

“¿Qué es el exterior?”, había preguntado Espronceda.

E Isadora se limitó a decir, tal vez a improvisar, que el exterior es una frontera sinuosa fuera de este mundo.

“Es el lugar inalcanzable por la razón donde viven los seres que vagan como sombras por la estrecha franja que los separa de la muerte absoluta”.

‘¿Y qué lugar es ese? ¡Dímelo!”. “Ese lugar está cerca y es la Luna”.

La primera vez en que se habla de esa región ambigua es en la Odisea, cuando se narra el momento en que Odiseo se encuentra con su madre, que había muerto.

Tal vez con el viaje de Odiseo por aquella región fantasmagórica que es el Hades, Homero simbolizaba un hecho importante de la humanidad, el mito fundacional de la otra vida por excelencia: los muertos no regresan como tales, regresan solo sus sombras.

Por eso, todo lo oculto, relativo a los muertos, ha sido siempre un universo de sombras y negruras.

La Odisea no dice que ese lugar sea la Luna, pero sí que se trata de un lugar astral.

Según explicó Isadora, los seres fantasmales que allí habitaban eran sombras densísimas y negras.

Así surge la madre de Odiseo, cuya cara le era sustraída a su hijo por ser tan solo una oscura sombra, pero él sabía que era la de su madre gracias al discernimiento que los dioses le dieron para poder oír su voz.

Entonces la médium le soltó a Espronceda: “Pues en la Luna pasa igual”. Y así acabó la sesión.»

En el capítulo inédito de Rosa Chacel se revela luego que la médium Isadora era, en realidad, una gitana de Algeciras, bruja y bailaora, a la que De la Escosura había dado unos cuartos para que dijera la invención que el propio Narciso había urdido, quizá por celos, ya que él también había sido amante de Teresa, aunque nunca supo si ella lo amó de verdad o no, porque Teresa, cuando rompió con Espronceda, se vio abocada a la prostitución. Y a Escosura le cobró.