Los falsarios Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Por lo visto, no pude articular palabra, ya que en ese instante me desmayé.

1 de septiembre. Estos días los he pasado en cama, delirante de una fiebre que me ha dado a resultas del vuelo mismo a tan lejano espacio, y no por el enfriamiento cogido en el globo, como dicen los médicos.

Del regreso he de contar lo que, a su vez y luego, me contó Lunardi, pues yo perdí la consciencia y la recuperé de nuevo en esta habitación de Berkeley Square, la casa de Walpole, quien, por cierto, solo pregunta por mis notas y bien seguro estoy de que no tomé ni una.

Lunardi me ha dicho que, al llegar a Selene, la barquilla se volcó y yo di con mis huesos en el suelo, todo él de tierra y pedruscos.

Como tenía un gran golpe en la cabeza, Vincenzo buscó gente del lugar que me pudiera socorrer y enseguida vino con varios selenitas, sin duda de los Sabios o de los Derviches, que me llevaron con ellos y, después de curarme, me mostraron todo lo que he referido anteriormente.

Dice Lunardi que las construcciones y edificios son esféricos y los tejados puntiagudos.

Que todos los selenitas visten con togas, menos los Salvajes, que van como los trajo al mundo su madre, pero a los Salvajes, en realidad, no los vimos nunca.

Dice también Lunardi que van con largas barbas y que las mujeres selenitas son muy discretas, apenas si se muestran en público y se pasan el día escrutando el cielo en busca de estrellas.

Cuando fui detenido y enviado a la mazmorra donde estaba el Sabio, Lunardi vagó por Selene observándolo todo.

Dice que vio lagos y cascadas, riachuelos y selvas, pero también desiertos y unas ciudades con forma de damero y otras con forma laberíntica.

Y cuenta que lo que más le llamó la atención de la Luna es que, en ella, quien empieza a reír ya no puede parar y que esa risa descontrolada es tenida por la peor enfermedad del satélite.

Y con respecto a esta denominación de «satélite», bien le han dicho a Lunardi, como a mí me dijo el Sabio, que de satélite nada, porque para ellos, y con razón, el único satélite que existe es la Tierra, a la que ven con curiosidad y convencidos de que está vacía o poblada por escasos habitantes como nosotros, ignorantes y rudimentarios.

Finalmente, cuando me encontró con los ojos cerrados, Lunardi me condujo hasta el globo y regresamos en él a la Tierra.

Me dijo que no encontró mis papeles para las notas, pero que si me esforzaba en recordar y añadía sus propias experiencias, bien podría componer un relato de tan singular viaje a los cielos.

Luego, cuando me quedé solo, pensé que mucho le debo estar agradecido a este italiano intrépido que tan lejos me ha llevado y tan fabulosa aventura ha compartido conmigo.

Entre las nubes de la fatiga o por el efecto de las medicinas, más las bebidas que por aquí se usan en lugar de aguardiente, me he visto en un estado de torpor y felicidad, creyéndome el Gran Piscator de Salamanca, aquel individuo sobre cuyo fantástico viaje a la Luna leí en la Universidad salmantina gracias al libro que mi maestro Diego Torres Villarroel escribiera allá por 1724.

Creo que voy a rogarle a Lunardi que funde conmigo una Sociedad de Amigos de Selene y que le pongamos por nombre Piscator. Creo, en fin, que aceptará.

3 de octubre. Dejo Inglaterra ahora mismo.

Escribo desde la cubierta del Addison, una goleta de tres palos que cruza el Canal.

El rumbo me llevará a París primero y luego, pasado un mes, a España, donde deberé dar cuentas al Conde de Floridablanca de todo cuanto he visto, oído, interpretado, sabido, mentido y, en fin, espiado para bien de mi rey Carlos.

Le haré también una cuenta de gastos, que no será ni mucha ni poca, porque hambre no he pasado y he visitado los salones que se me han abierto.

En cambio, no le referiré mi viaje a la Luna.

No veo la necesidad. Dejo mi proeza para narrarla en un periódico que planeo escribir y publicar más adelante.

En sus páginas referiré mis pensamientos y mis observaciones para provecho e instrucción de cuantos lo lean.

En cuanto a Lunardi, me despedí ayer de él con desgarro y profundo afecto.

Miraré de que vaya a Madrid y suba en globo a gente valerosa y gane dinero con ello.

Mucho le debo y no se lo podré pagar, así viva varias vidas, de tanto como es mi deuda con él.

¡Débole ni más ni menos que haber visto la Luna, haberla pisado y haberla escrutado!

Eso hice aquí en Londres, la ciudad más negra que tal vez exista.

Y de Walpole también me despedí con tristeza, dejándole una carta de agradecimiento un poco ambigua, ya que, aunque nunca lo besé, dejé que su mano se entretuviera en alguna que otra caricia prolongada.

El viejo Horace agitó la carta desde la ventana cuando yo ya me iba, demostrándome con el gesto que la había leído.

Recuerdo sus palabras de ayer en la cena, estrechadas ya las manos: «La juventud, Marchena, la juventud. Nunca la pierda».

[Fin del diario]