Los falsarios Capítulo 16
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Capítulo 16

[Continuación]

Calcula Lunardi que nos bastará con unas cuatro horas, lo que significa que habremos de partir a las cuatro o cinco de la tarde, confiando en estar de vuelta a las nueve.

En verano, a esa hora, y dado que parece que estos son días despejados, aún habrá algo de luz para no posar la barquilla en el tejado de una casa o en una ciénaga.

Obviamente, estoy alterado y llevo varios días sin dormir.

Si creyera en Dios, pondría mi alma a buenas con Él, por si no regreso; sin embargo, como ateo de principios que soy, solo puedo poner mi conciencia a cero ante mí mismo, así que me perdono los desvíos del recto proceder en que haya incurrido.

Limpia las ideas ser juez de uno mismo. Eso sí, lamentaría mucho morir tan joven y sin haber escrito aún todo lo que en mi imaginación aguarda impaciente por salir.

Me compensa creer que, si en este vuelo toco la Luna, habré llegado a Selene más cerca que nadie y eso ya justifica los dolores de parto de mi buena madre.

No cantaré victoria antes de probar los hechos, que la miel en los labios al final amarga si solo queda ahí.

Para los nervios, Walpole me ha dado un consejo, el mismo que le dio la difunta Madame Du Deffand o su espíritu, con el que me dice que se comunica a escondidas y con ayuda de médiums:

—Marchena, restriéguese la piel con un cepillo de gruesas cerdas para facilitar la transpiración y ya verá como con el sudor se le va la inquietud. Hágalo esta noche y verá como se tranquiliza.

Pero en casa de Horace el servicio no ha sabido encontrar ningún cepillo de gruesas cerdas limpio de hollín.

26 de agosto. Día señalado en mi vida. Hoy es el vuelo.

Al abrir los ojos he pensado que, si el vuelo alcanza su meta, habré nacido para llegar a este día y a esta aventura.

Hay una frase de Propercio sobre el destino, no consigo ahora recordarla, pero creo que decía que, por mucho que uno huya, el destino siempre le alcanza.

Lunardi y el químico George Fordyce han estado metiendo gas hidrógeno en el balón desde la mañana hasta las dos de la tarde. Yo he llegado a esa hora. Voy con mis papeles y mi grafito para anotarlo todo. Tengo la boca arenosa de pura ansiedad.

A las 5:00 hemos subido a la barquilla, ya aprovisionada de todo lo necesario.

A las 5:10 se han cortado las amarras. Se ha producido el desamarre desde el campo de instrucción de Artillería en Moorfields, al norte de Londres, gracias a las gestiones de un militar amigo de Walpole, Sir Watkin Lewis, que habría subido con nosotros gustoso, si no fuera porque la barquilla no admite, como mucho, más que tres pasajeros delgados, y Lewis no lo es.

El uso del campo ha costado una fianza de quinientas libras, una fortuna que ha salido de las arcas del bueno de Biggin.

¿Qué se ve desde el globo? Pues todo y, en realidad, nada, pues enseguida las cosas pasan a la categoría de manchas sobre un mantel. Empero, distingo casas, riachuelos, tejados negros, humos flotantes, pozos, arboledas, campos labrados, diminutas cabezas, figurillas casi, minúsculos rebaños.

Me inclino para verlo todo, pero la cestilla es demasiado frágil y me tambaleo.

De pronto, empezaron las sensaciones de terror, que se siguieron con otras de placer, y a estas siguieron las de inquietud, para acabar sumido en un inalterable nerviosismo que me dio un hambre voraz.

Lunardi abrió su baulillo y extrajo cuatro muslos de pollo y una botella de vino sardo.

Yo me comí tres y apuré la botella. Luego, con el estómago lleno, creí encontrarme mejor y pedí a mi piloto que me pasara un catalejo con el que mirar la Luna, inmensa de inmediato a esas alturas.

Como se levanta un viento inesperado y la barquilla se zarandea de un lado a otro, Lunardi me ata a la canastilla. Veo allá abajo el puente de Battersea, que solo es un raya blanca que cruza la raya negra del río.

Entonces Lunardi dijo que íbamos a cambiar de dirección, para volar hacia el oeste y el norte, hacia Harrow, siguiendo el curso del Támesis.

Al cabo de una hora, el globo se dilata y asciende más.

—Cuesta respirar, digo yo entre jadeos.

Apenas logro decir esas palabras, porque al hablar mis tímpanos resuenan como tamboriles y me voy quedando sordo. En ese momento, todo empieza a darme vueltas vertiginosas y le digo a mi compañero que tengo miedo, pero en realidad se me ha nublado la vista.

Me digo que quizá se deba a los gases que rodean la Luna. También sospecho que esa velocidad a la que aumenta el cimbreo del globo debe de ser la atracción del satélite, que nos arrastra a su superficie sin el concurso de nuestro control.

Luego entré en un trance del que no sé cuándo salí.

He aquí una relación de lo que he visto en la Luna, sumido en una placidez que solo en ciertos sueños había experimentado.

Creo poder achacarlo al hecho de la gigantesca altura, que produce en el respirar una cadencia tal que el cerebro, de por sí, fabula y siente como en un estado intermedio entre la consciencia y la enajenación, que es como decir el espíritu y la materia.

Lo primero que he de afirmar es que el gran Cyrano de Bergerac tenía razón, la Luna es la Tierra al revés, como un guante dado la vuelta.

En cuanto llegamos —porque sentía que no estaba solo, que a mi lado venía Lunardi, aunque no me hablaba, quizá por estar tan asombrado como yo—, hemos tenido un encuentro con los habitantes de Selene.

Por suerte dimos con los Civilizados, ya que estos nos dijeron que la otra mitad de Selene se halla habitada por los Salvajes, cuyas ropas, costumbres y credos son rústicos, brutales y paganos.

Los Civilizados nos llevaron a unas edificaciones como templos redondos y nos dijeron que su drama era la división que los rompía en dos por razones religiosas entre Sabios y Derviches.

Siendo como son todos ellos seguidores de una divinidad llamada Theoxarco —nombre hasta entonces jamás oído ni leído por mí—, unos lo siguen fieles a su doctrina (son los llamados Sabios) y otros fieles a los dogmas (son los llamados Derviches).

Los dos bandos se persiguen y se juzgan y se ejecutan sin piedad.

La crueldad de los Sabios la redoblan los Derviches.

Claramente lo vimos, cuando a las puertas de uno de esos templos, en una ciudad que llamaron Terminonda, quemaron a una decena de contrarios por razones de intolerancia y rectitud.

Lo que no alcanzamos a atisbar fue de qué secta eran los contrarios, si Sabios o Derviches.

De pronto, hubo un brusco terremoto y las casas temblaron tanto que pedí ayuda.

En ese momento, perdido Lunardi en algún lugar del satélite desconocido por mí, fui prendido por unos guardias con sables y monteras que me habían oído protestar por las ejecuciones en la hoguera.

Las protestas, como supe luego, son la moneda de cambio entre las dos sectas de Civilizados: los unos protestan contra los otros, y viceversa, lo que hace que toda expresión sea protesta y, a su vez, sea protestada.

Lo que ya sé, pues, es que en la Luna se le quema a uno por protestar y punto.

Esto me lo contó el hombre que ocupaba la celda en la que me metieron, una vez detenido.

Era un hombre muy viejo y pertenecía a los Sabios.

Recitaba un palabreo constante que, tal como me explicó, era una letanía de hechos y de fechas.

Preguntado por mí por qué lo hacía, me dijo que era para no olvidar la historia de Selene, que se remonta a los lejanos siglos en que todo se abrió a una dualidad irreconciliable.

No me atreví a preguntarle si se trataba de un Árbol del Discernimiento entre el Bien y el Mal como el que alumbró nuestra estirpe, pero él se adelantó y me habló de las dos civilizaciones de Selene, Arnesia y Larcenia.

Los arnesios eran filósofos y los larcenios guerreros.

Los guerreros, como usaban la fuerza bruta, acabaron sometiendo a los arnesios y crearon un imperio, la gran Dominancia, cuyas divinidades se contaban por cientos, hasta el punto de que cualquiera podía ser un dios, si pagaba un precio.

La Luna se llenó de dioses en poco tiempo, tantos que empezaron a comerse unos dioses a otros, y a medida que se comían, crecían.

Así hasta que llegó uno llamado Theoxarco, quien en vez de comerse a los demás, se dio a sí mismo como alimento.

Quise, entonces, preguntarle al Sabio si no era esa también una clara muestra de canibalismo, pero al hacerlo, su respuesta fue una sonrisa irónica antes de decirme que en Selene todos eran caníbales algunas veces, y en materia religiosa, siempre.

Primero lo juzgué una estupidez; sin embargo, el Sabio me hizo ver que era una astucia.

El canibalismo traído por Theoxarco fue visto en Selene como una sagrada entrega y pronto los selenitas civilizados desterraron a los otros dioses antropófagos a las selvas de los Salvajes y nombraron a Theoxarco como dios y rey supremo.

Lo que hicieron con él no es muy encomiástico, ya que primero lo mataron, luego lo descuartizaron y se lo comieron y finalmente lo adoraron.

Se inventaron después las razones de su acción y las escribieron y transmitieron, pero no tardaron en interpretarlas y tergiversarlas, y fue así como surgió la escisión en dos ramas.

Ahora, en los tiempos actuales, según me dijo el Sabio en la celda donde ambos estábamos presos, se esperaba de un día para otro la invasión de las hordas salvajes y el fin de la civilización tal como la conocían hasta entonces.

Serán tiempos oscuros en los que probablemente la Luna se apague, dijo el viejo Sabio.

Entonces, no sé por qué motivo, sentí una enorme angustia y cerré los ojos muy fuerte para gritar «¡Nooooooo!

». Pero cuando los abrí, el viejo Sabio ya no estaba, yo estaba libre de cautiverio y tenía ante mis ojos los ojos de Lunardi, quien me decía muy contento:

—Ya hemos vuelto de la Luna, y sanos y salvos, que no es poco.