Capítulo 15
[Continuación]
—Soy quimérico, además de astronauta —dice a continuación.
—¿Y la Luna es una quimera? —le pregunto.
—Desde aquí abajo, sin duda. Por eso hay que mirar hacia arriba y desearla.
En ese momento sucedió algo extraordinario. En Bloomsbury Park vimos cruzar una jirafa llevada por un hombre con turbante. En ese momento me pareció el animal más bello que había visto jamás. Era gigantesca.
—Me gustan las alturas —dice Vincenzo, aludiendo a la jirafa.
—A mí me alborotan, porque las temo, pero me atraen.
Se lo digo al italiano con brillo en los ojos. Y añado, como broma hacia mí mismo, que eso me ocurre porque soy bajo. Él responde:
—Bueno, en la barquilla pesará menos.
—Pero soy fuerte, como una roca —digo yo.
—Pues espero no usarlo como lastre —dice él.
7 de junio. En Londres nunca se ve el cielo.
Por el humo de las tufaradas de vaho caliente que provienen de las hogueras, de los fogones de las tabernas o de las cuadras y herrerías, más la niebla que asciende del río, la luz es opaca y el ambiente cegado a la visión clara.
Es un ambiente espectral, fantasmal, tanto al amanecer como al oscurecer.
Pienso en lo que dice Lunardi: «Para ver, hay que subir más alto, mucho más alto».
Escribo hoy esto porque es el día en que Lunardi me ha ofrecido subir en globo. Yo solo pensaba en la Luna. Cuando se lo he dicho, me ha contestado: «Hasta la Luna también subiremos».
Compartimos un amor por la técnica, por las máquinas, por los autómatas.
Vemos en las maquinarias un lado humano, individualizado, por así decir, que nos lleva, sobre todo a mí, a comprenderlas y a dialogar con ellas, de algún modo.
Las concebimos a veces como una variante de los animales.
Con estas premisas, me ha llevado al museo de los Inventores y a la Royal Society de Londres.
Allí me ha explicado Lunardi que su amor por la ciencia procede de su relación con un científico napolitano, especie de maestro y tocayo suyo: Vincenzo Cavallo.
Este está en la Royal Society de Londres y es una autoridad en el hidrógeno.
Me ha presentado a Cavallo. He perdido la cuenta de la cantidad de preguntas que le he hecho.
Pero Cavallo, muy amable, además de contestarme a buena parte de ellas, ha concluido: «Que le hable Vincenzo de todo ello, sabe más de lo que dice y yo a veces lo escucho».
Lunardi se había convertido en 1785 en el primer humano que voló en Inglaterra.
En su ascensión, llevó animales —un perro, un gato y una paloma— porque, como buen masón, quería hacer una comunión con la naturaleza.
Comunión que extendía a la técnica: sentía Lunardi los movimientos del globo y comprendía en ellos un lenguaje, el propio de un animal impulsivo y capaz de actuar con vida propia.
El globo vivía, respiraba, como él mismo.
—¿Y qué había allí arriba? —le pregunté.
—Solo esto: un silencio absoluto.
Gracias al éxito de su vuelo, apodaron a Lunardi «el Aeronauta Temerario». Samuel Wesley compuso una marcha en su honor. Acudieron a verlo cien mil espectadores. Jorge III quiso conocerlo. Y lo hizo. El globo se exhibió en el Pantheon de Oxford Street.
18 de junio. Vincenzo y su maestro Cavallo me han ilustrado sobre los vuelos aerostáticos. Me han contado la historia de los Montgolfier y de Andreani, los pioneros. Me han explicado que en 1783 tuvieron lugar en París los primeros vuelos de la Historia y que los globos se pusieron de moda después.
Unos se chiflan por ellos; pero otros los odian.
Los llaman los bastard balloons. Hubo muchos intentos fallidos por parte de advenedizos, de estafadores y de gente sin escrúpulo.
Hubo quien empezó a crear mala fama al respecto.
Cuenta Lunardi que, después de su ascensión, el Morning Post recogió la noticia acerca de la anciana señorita Saunders, que se pegó tal susto al ver el globo tan de cerca que falleció al día siguiente por la mañana.
A Lunardi le criticaron por ser un hombre sin corazón ni piedad, que había matado indirectamente a esa pobre anciana.
Esta misma mañana, después de beber y pasear juntos, me ha dicho que, en cuanto a él, había llegado la hora de volar y de tocar la Luna, puede que de posarse en ella, si es posible.
—Espero que ahora no se eche usted atrás, José —me ha dicho.
Por mi parte, la única respuesta ha sido menear la cabeza en sentido afirmativo. Estaba demasiado muerto de miedo para poder hablar.
19 de junio. Se lo he contado a Walpole, quien, después de manifestarme su envidia absoluta con una de sus risitas, me ha encargado que tome notas del vuelo y relate el mismo en un escrito posterior que él, naturalmente, financiaría en sus versiones inglesa y española.
Me he reservado el derecho de hacerla también en francés, idioma que domino.
Walpole quiere que se publique en la London Gazette, aunque esta es satírica, o en la Monthly Review o en la Gentleman’s Magazine, hebdomadarios más serios e ilustrados.
He aceptado sin ser aún consciente de lo que se me avecina.
26 de julio. Cavallo me ha explicado el asunto del gas. Los hermanos Montgolfier, los pioneros en los globos, usaban aire caliente y nada más, pero lo llamaban «aire misterioso» para darse pote.
—Eran unos bribones cual tragasables de circo, Marchena, unos engañabobos.