Capítulo 14
[Continuación]
En un momento dado, perdí de vista a Walpo le y me sentí aterrado en medio de los invitados que me miraban con desdén.
Pero no tardé en aliviarme al verlo venir hacia mí con su habitual afectación y delicadeza, casi ridículas, flotando de puntillas a cada paso como si anduviera sobre terrones inestables.
Con su voz modulada y cantarina me presentó al primer ministro y este apenas me hizo un saludo con la cabeza y dijo que de España guardaba solo un recuerdo, el gusano que había dentro de una naranja regalada por un embajador.
Y, ya de espaldas, cuando se alejaba, añadió con falsete: «Fue un gusano real, no se enfade, joven».
Luego, abandonado por todos, me repetí mi cometido en ese lugar: espiar, espiar porque así lo quiere mi señor y algo haré al respecto para su gusto.
Pero cuando me disponía a entrometerme en los círculos de avinagrados y ampliar mis curiosidades pegando el oído, Walpole regresó y me tocó en el brazo:
—Este es el hombre —dijo, pero no supe si se refería a mí o a la persona que lo acompañaba—. Marchena, Lunardi; Lunardi, Marchena.
Así que esta era su sorpresa, pensé. El hombre de la Luna, como Walpole me había anunciado.
Y este no era otro que el famoso Vincenzo Lunardi, el italiano volador del que todo el mundo hablaba en Londres.
El mago de los globos aerostáticos, el viajero del espacio, el gran ingeniero de los cielos, el afamado conversador con las damas que toda la buena sociedad británica quería mostrar ante sus amistades.
Luego de las cortesías, los dos hablamos un buen rato y al poco nos hicimos amigos, porque, entre frase y frase y entre copa y copa, nos reconocimos masones. Siguió la fiesta, pero ya Vincenzo y yo nos habíamos citado para futuros encuentros.
5 de mayo. Walpole se aburre y padece de gota.
Cuando está en bata, es un viejo tan paliducho que parece enfermo, pero su mirada es penetrante, por lo que deduzco que será también insaciable.
Amargado por su edad y porque, noble de familia, aún no ha heredado el título de Conde, frecuenta los salones y los clubs de un exclusivo círculo buscando alicientes de todo tipo.
Conservador en las costumbres, es sodomita a carta cabal y tiene cierto sentido de la depravación.
He averiguado que visita y cuida a un viejo amante, un tal Míster Conway, cuyo rostro padece de una terrible afección.
Piensa Walpole que, en general, las mujeres son una mala influencia.
Me cuentan que su gran amor fue Lord Lincoln, famoso por el tamaño de su pene.
A Walpole no le gusta la indiscreción, pero ha visto el amanecer en decenas de fiestas en las que él mismo se disfrazaba de mujer o de fauno.
No parece dado a los arrebatos sentimentales.
De joven eran famosos sus hermosos ojos.
No es un hombre feliz, solo rico. Muy rico.
Cuando se sincera —y eso sucede si se pone la bata—, me dice que ve en Lunardi una vitalidad que a él ya le ha abandonado.
Como Walpole se aburre, busca siempre hacer algo excitante y reconoce que Lunardi se lo procura.
Lo conoció hace unos seis años con motivo de algún servicio con el embajador napolitano Caramánico, pero no me ha dicho cuál en concreto.
El caso es que Caramánico regresó a Nápoles y Lunardi se quedó en Londres y adquirió fama.
Pues bien, mañana estoy citado con el italiano en su casa para un refrigerio.
Iré solo, sin Horace. Con dos objetivos: uno, hablar de la Luna, el otro, espiar.
6 de mayo. Creo que hoy he triunfado. Walpole se ha comprado un cuadro titulado El baile de Salomé, de autor desconocido para mí, un inglés de la escuela de Reynolds. Lo ha tenido expuesto todo el día en su gabinete y al atardecer me ha invitado a contemplarlo para saber mi opinión.
—Si escribiera un cuento —le he dicho con parsimonia— por encargo de una de las revistas de moda femenina, el tema que más me convence, por feroz y depravado, es la narración morosa de los minutos que transcurrieron previos a la danza sensual de Salomé delante de Herodes Antipas. Y este cuadro permite imaginarlos.
—¿Y qué se imagina, dígame?
—No imagino, lo veo directamente. Ahí está la muchacha de hermosura hebrea que se oculta detrás de unas columnas de la gran sala del Palacio en la que, sentado en su trono de caoba, el Tetrarca, con un cáliz de vino a rebosar, ignora la sorpresa. Una fiesta se está consumando.
—Yo no veo nada de eso.
—Fíjese bien, señor, y abra los ojos de la fantasía.
Hay en la gran sala ruidos de vocerío, risas obscenas y brutalidad.
Hay sangre en las alfombras, y bilis, y besos, y un humo lechoso.
Los brocados relucen. Es de noche y el fuego de las lámparas de aceite crea una escarcha de sombras en los segundos planos, cobrizos. ¿No los percibe, señor?
—Sí, sí, ahora los veo, sí.
—Ella, ataviada con una larga túnica morada transparente, está sumida en un sueño de nerviosismo infantil. Los ojos del Tetrarca se posarán dentro de poco en su movimiento, en su vientre, será deseada más y más en cuanto la música y los quemadores aromáticos se hagan una sola corriente hipnótica.
—¡Qué bien lo describe, Marchena! Nada de eso está en el cuadro, y sin embargo, todo eso está.
—Sus cabellos son largos y le cubren la espalda, van a girar sueltos, en un remolino pagano; sus pies, descalzos.
Junto a ella Herodías, su madre, susurrándole algo al oído.
La niña enmudece súbitamente, cambia el rictus festivo de su rostro y deja que un rubor horrible le acaricie como el plano de una espada.
Pero enseguida olvida, tiene la crueldad de los inocentes.
La cabeza de ese profeta, de ese orate, no es nada comparada con su baile, con el entusiasmo del rey, con la noche propicia, con el porvenir esplendoroso.
—¡Bravo, joven, bravo!
—Esos minutos, esa voz silbante de Herodías, esa secuencia de preámbulo, esa tensión, me subyugan.
El asesinato en manos de una niña, la explosión de sus brazos al desplegarse en una ambigua danza, el placer y la muerte, todo eso exprimido en una escena pictórica.
Felicite al pintor, su claroscuro condensa el turbio origen de acontecimientos sobrecogedores.
Mi cuento versaría sobre la arqueología del Destino.
Walpole me miró asombrado y quedó absorto cuando salí de su gabinete para regocijarme en mi aposento por haber logrado subyugarlo. ¿Me servirá para mis pesquisas? El cuadro, desde luego, era malo.
7 de mayo. Con Lunardi hablé de masón a masón, que es como decir que dos hombres libres hablan con libertad de la opresión que hay en todas las cosas. Él es de los Caballeros Rosacruz, yo pertenezco a la Stellae Gratia.
La cita fue en su casa de la calle New Bond, para llegar a la cual hube de atravesar ciertas partes de Londres.
¡Qué ciudad más oscura y negra es esta! ¡Y qué permanentemente embriagada!
Veo por doquier hombres borrachos, mujeres semidesnudas ebrias, ladrones que roban a los borrachos para luego emborracharse ellos y ser robados a su vez, niños borrachos, niñas vendidas a borrachos, carteristas sonrojados, tenderos violentos, tullidos de todo, de ojos, de nariz, de extremidades, de mandíbula.
Y esas bocinas de los carruajes que suenan todo el tiempo, y el peligro que supone la diligencia que entra por Old Jewry y arrasa todo lo que pilla, sean fardos o personas.
Todo ello recreado por el olor apestoso a orín y a amoniaco que se mezcla con el nauseabundo de las tripas guisadas y el acre de los cuerpos sucios.
Fango y barro por todas partes. Y un gentío agolpado que deambula como esas hormigas nerviosas que caminan muy deprisa.
La casa de Lunardi estaba en el centro de un laberinto de callejas, en un pasaje muy angosto, prácticamente un pasadizo sin salida.
Cuando me recibió, me percaté de que llevaba puesta una bata aterciopelada de tono carmesí, cerrada por un cordón plateado.
Tenía en sus dos salones diversos muebles elegantes, una otomana, un confidente que daba a la ventana y un canapé enfrentado a tres mesitas bajas con un juego de té en cada una.
Por todos lados había candelabros y lamparillas con velas de sebo consumidas y sin retirar.
Esto último daba una impresión de abandono que echaba para atrás, pero él achacó los descuidos en el orden a la indisciplina del servicio, compuesto tan solo por una mujer madura que apareció fumando en pipa y arrastrando los pies.
Luego de tomar dos codornices con tiras de tocino y patatas, bebimos vino italiano y Lunardi me habló de los viajes aéreos.
Cuando habla, se entusiasma de tal manera, que alza los brazos y emite sonidos con la boca y aletea con las manos mientras hace gestos de ascenso y caída tan bruscos que quien lo escucha siente un vértigo en el estómago solo con imaginar el peligro del vuelo. Y por eso me ha arrebatado.
La velada ha sido corta, pero deliciosa. Hemos quedado para otro día, y he insistido en que entonces lo invitaré yo, aunque aún no sé dónde, ya que en casa de Walpole me parece abusivo, sobre todo si Horace no va a estar presente. Al despedirnos, le pregunté cómo había conocido a Horace.
—Se lo debo a un amigo de los dos, el señor Biggin, que estuvo con él en Eton College. Biggin fue el pasajero de mi famoso vuelo aerostático de hace un año, una proeza insoslayable.
—Qué excitante, volar, ¿no?
—Horace lo intentó, pero padece de mal de altura y además es muy neurótico. Aquí, amigo José, la mayoría de los ricos lo son.
—¿Y ha leído usted su conocido libro El castillo de Otranto ?
—Por supuesto que no. Me han dicho que es un libro ridículo.
—Ya le diré cuando lo acabe. Leo cada noche el ejemplar que me ha regalado su autor y reconozco que las sombras que se abren cuando apago la candela me causan una enorme aprensión.
—¡Tonterías, José! La mejor cura contra el miedo es perder la mirada por los extensos cielos. ¿Le apetece volar algún día, Marchena?
—¡Claro! Porque lo que más ansío es llegar a tocar la Luna, como Cyrano.
—Conmigo, José, la tocará.
Quedamos emplazados en volver a hablar del asunto y me fui, flotante y feliz, por las sucias calles que para mí, en ese momento, eran de mármol repulido por inmaculados querubines. El cielo me une a Lunardi.
22 de mayo. Una vez más he estado con Vincenzo.
Nos vemos los miércoles y los sábados para comer en la taberna Crown and Anchor, en uno de sus tres ambientes, pues, aunque nosotros siempre preferimos the parlour, la zona de los caballeros, a veces pasamos a la cantina popular que llaman the tap por la curiosidad de ver al grosero populacho.
Allí brindamos y bebemos con putas que conocemos de los free and easy, como dicen aquí a los picaderos, muy frecuentados por Lunardi y que me ha hecho descubrir a mí.
Luego, después de una buena comida o de una visita libidinosa, bajamos al Strand, donde por dos chelines podemos ver el canguro y el rinoceronte de la casa de animales.
La personalidad de Lunardi, que nació en la Toscana hace veintisiete años, es la de un hombre inteligente, elegante y listo, tan seductor como irresistible.
Tiene la coquetería de los diplomáticos y la habilidad de los buscavidas.
Muchas veces me dice: «José, mentir sobre uno mismo no es mentir, es fabular, y las fábulas siempre abren puertas».
Este consejo sabio lo aplicaré siempre que pueda, porque me es grato y muy conveniente.
En las comidas y en los paseos londinenses hablamos de todo lo que él sabe, que es mucho, y yo busco aprender, ya que he claudicado de espiar, al menos con Vincenzo, a quien veo más como colega en espionajes que como materia de estos.
Me habla de ciencia, de aventuras por la lejana India, donde ha estado, me explica con admiración la política y la independencia americanas, aunque en esto Lunardi es más cauto que Walpole, que detesta y aborrece la Paz de Versalles.
Me habla de su opinión de la guerra de Gibraltar contra Francia y España, que es, para él, la guerra más absurda porque fue una matanza para los héroes y una nimiedad para los geógrafos.
En fin, un hombre complejo, este Lunardi, astuto para lograr ganar dinero, ya que hace todo tipo de negocios, importando y exportando cualquier cosa.
Como bien dice él mismo: «Aquí todo te lo compran y te lo venden si eres famoso».
He comprobado que Lunardi lo es, hasta lo saludan por la calle.
Y todo, por aquel vuelo en globo que hizo el año pasado y que hasta el rey contempló tras una cortina, temeroso de que el globo le cayera encima.