Capítulo 13
Vengo financiado y con bolsa repleta. Mis gastos van a cuenta de la Corona española y del pecunio de mi señor D.
José Moñino, Conde de Floridablanca, a la sazón secretario de Estado de mi país por expreso deseo de mi rey Carlos.
Floridablanca confía en mí quizá debido a mi dominio del idioma, pues tengo facilidad para las lenguas, algo así como un don.
Cuando le presenté a Walpole la carta de Floridablanca en que hablaba de mi persona, el noble inglés, amigo y corresponsal de mi señor conde, me recibió enfundado en una bata azul celeste con ribetes dorados que le llegaba a los pies y, sin alzar la mirada de las letras, apenas dijo:
—No le hacía tan joven, Marchena, es usted un crío.
No añadió ningún comentario acerca de mi estatura, como acostumbran a hacer siempre mis interlocutores, cosa que ya ni me causa fastidio de tan acostumbrado como estoy, pero en el caso de Walpole no ha sido de extrañar ya que él no es mucho más alto que yo.
Luego de meterse la carta en un bolsillo holgado, Walpole avisó a un sirviente para que me dieran también una bata de mi talla.
Le gusta que le gente que se hospeda en su mansión de Berkeley Square se sienta cómoda y vista en bata la mayor parte del día.
Yo creo que es un alarde de extravagancia, pues este Walpole, por lo que dicen, es dado a lo curioso y extremado.
19 de abril. He de decir que por estos pagos reina Jorge III desde 1760 y que es un rey de difícil carácter, al parecer, y propenso a estupideces, pero estoy convencido de que todo rey, ya sea por molicie o sanguineidad endogámica, ya sea incluso por simple necedad, está más cerca de la locura que de la razón.
También mi rey Carlos, aunque reconozco que ha hecho cosas superiores que, sin embargo, no han llegado al pueblo.
El pueblo, algún día, se lo cobrará todo de una vez y de la más brutal de las maneras, como suele hacer cuando su odio se desborda.
Walpole, muy solícito, dice que me introducirá en el entorno del premier William Pitt. Y me aclara que lo llaman el Joven para no confundirlo, al citarlo, con su homónimo padre, quien también fue premier hace unos años.
—Pitt empezó muy joven, aunque no tanto como usted —me dice Walpole—. Lo nombraron primer ministro con veinticuatro años. ¿Le parece demasiado pronto?
—Si su mentalidad es de arrugarse con lo nuevo, seguro que será demasiado tarde.
—No hacemos cambios drásticos por aquí, Marchena. Hemos aprendido que las revoluciones terminan en tiranías. En las islas no sabríamos qué hacer sin una testa coronada.
A Walpole le gusta jugar con las coincidencias o semicoincidencias nominales, por eso, en la cena, mientras nos servían una sopa de leche con canela y almendras en una escudilla, y sin que viniera a cuento, me dijo:
—Curioso que nuestros reyes respectivos son terceros de su nombre… Mi Jorge, su Carlos… ¿No le parece, Marchena?
Le iba a contestar que, puestos a numerar, en España se cuenta que, de los borbones, uno sí y cinco no, por su naturaleza bobalicona y soez. Sin embargo, respondí otra cosa:
—Curioso, en efecto, Excelencia, como países que van al mismo paso. Espero que no tropiecen a la vez.
Walpole rio mi ironía. Luego, pero mucho más tarde, mirando ambos la lumbre de la chimenea y aspirando unos estornudoríferos amarillos en sendas bandejitas, me dijo:
—Con dieciocho años no habrá vivido usted mucho, mi joven amigo.
—No crea, Excelencia, ya he viajado lo mío y leído lo de muchos.
—No me llame Excelencia. Me rejuvenece que me diga Horace. Ya sabrá que estoy frisando en los setenta y que los años no perdonan. Me gusta que haya jóvenes por aquí.
—Como quiera, Horace, pero mi ingenio es regular y no sé si alcanzaré a entenderle todo lo que dice. Y en cuanto a sodomías…
—¡Qué directo es usted, joven amigo! —Entonces Walpole añadió, para mi sorpresa—: Casi mejor que no me entienda, Marchena, así no seremos cómplices el uno del otro.
El viejo pasó de libertino a político en un suspiro.
Creo que sabe que estoy aquí para espiar todo lo que pueda.
O esa fue la pretensión de Floridablanca al enviarme a husmear por esta Corte y sacar partido.
Así me lo dijo en Madrid: «Espíe, José, y luego escríbame lo espiado».
No sé si lo haré. Veremos qué depara el destino.
Por ahora depara la amabilidad inquietante de Walpole, todo un anciano bujarra que sale a la calle con peluca, lunares como garbanzos y afeites blancos de esos que llaman caledonios. Y, desde luego, sin bata.
25 de abril. Hoy hemos estado departiendo sobre la belleza.
—¿Sabe, joven, cómo disfruto de la belleza? —me preguntó Walpole.
Obviamente negué con la cabeza. Él prosiguió:
—Construyéndome una pequeña Tebaida particular, cercada por un jardín tupido de muros altos, rematados con verjas en punta de lanza, donde atesorar para mi único goce la belleza de un cuadro, la complejidad de una melodía sentimental, la suntuosidad de un recuerdo vivaz o el ritmo de los versos inagotables de un libro, como los de Virgilio que leo actualmente. ¿Qué le parece?
—Un privilegio, señor. A mí, cualquier instante sublime de placer estético siempre se ve interrumpido por la portera de un inmueble cercano, o por el abastecedor de víveres, o por la criada que me cambia las sábanas, en fin, por cualquiera que se acerque a mí con tonterías cotidianas.
—Es lamentable, ciertamente. Lo más maravilloso, en cuanto se generaliza y cae en las callosas manos del pueblo, se cubre de hedionda estupidez.
Ojalá pudiéramos protegernos de la lluvia torrencial de los imbéciles, ¿no le parece?
Todo Londres está empapado con esa agua que explota en las nubes de la necedad.
No me cabe la menor duda de que Walpole carece de escrúpulos nobles y de que, si supiera de verdad lo que pienso, me echaría a patadas de su casa. Silencio, pues, y más prudencia.
29 de abril. Que le hable de España. Me lo pide Walpole para así tener conversación cuando él me presente a Pitt, ya que ese encuentro va a tener lugar en una fiesta a la que iré con mi anfitrión.
Entonces le digo cosas a la buena de Dios, pero en las que creo a pies juntillas, como que España es país de ideas ultramontanas y nula libertad, patria de curas censores y monjes turulatos, de hidalgos rancios y pobres miserables, de beatos visionarios y monjas alcahuetas, de escritores encarcelados y pintores mojigatos, de ningún filósofo y menos de ningún político, nación que fue de barcos, conquistadores locos y delincuentes; tierra, en fin, alejada de las convulsiones del pueblo y de la razón.
—¿Y qué pensáis de mi amigo Moñino?
—El Conde, por ahora y dado su buen juicio, es de lo mejor que hay en mi patria.
Buena respuesta he dado, me digo a mí mismo, para referirme a quien me paga.
—¿Y usted, Marchena, qué es?
—De ser algo, yo diría que aspiro a ser una tarta volteriana con crema de Rousseau y bizcocho de Montesquieu.
—Le veo idealista, Marchena, y afrancesado.
—Cierto que lo soy, y amante de la Luna, como todos los que se elevan en pensamientos y quimeras, pero si le digo la verdad, Horace, soy muy de la Tierra, sobre todo de esa tierra arcillosa que mancha. Aunque ya sabe lo que dijo Cyrano de Bergerac, el que pretendía haber subido a la Luna.
—¿Qué dijo?
—Que la Luna es de tierra.
—Así que es usted un lunático, ¿no?, y perdone que sonría.
—Sonría si quiere. Pero le seré sincero, más bien soy un Contratodos. Que es como decir un Úsemequienquiera. Esto es, un Tengounprecio.
—Allá usted, Marchena, con sus juicios, abusos y pendencias.
Por cierto, mañana será la cena con Pitt y su entorno de parlamentarios y habrá, como siempre, actrices y artistas.
Suele acudir algún que otro personaje asombroso.
Me han dicho que vendrá uno que sabe de la Luna más que nadie y le interesará conocerlo, ya verá, ya verá.
Solo le voy a pedir una cosa, querido amigo, si me permite este consejo, pese a su juventud, lávese mañana.
Lo dispondré todo para que vaya bien acicalado y perfumado.
Pitt es muy estricto con los vaivenes del olfato.
Ya en la cama, incapaz de dormir por la excitación, pensé que siempre me salen con lo mismo, que si huelo o dejo de oler, que si mi ropa lleva grasa y mis uñas roña. ¡Y me lo dicen aquí, en la patria de Hogarth! ¡Que el pueblo huele, señores, entérense, huele mucho!