Los falsarios Capítulo 12
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Capítulo 12

De todos es conocido que el capitán judío de baja estatura Alfred Dreyfuss dividió a la sociedad francesa cuando fue acusado con exiguas pruebas de ser espía al servicio de Alemania.

Todo el mundo se hacía la pregunta de si lo habría hecho o no lo habría hecho.

Todo el mundo opinaba a la ligera, en especial desde que lo condenaron a la deportación en la Isla del Diablo, allá en las colonias, para humillarlo.

Para unos, un traidor; para otros, una víctima.

Émile Zola, con su valiente escrito Yo acuso, derribó, por fin, la hipocresía en la que Francia se estaba pudriendo.

Sin embargo, tuvo que huir a Inglaterra porque el cincuenta por ciento de sus lectores quería que lo fusilaran sin más contemplación, y de manera instantánea el Gobierno le retiró la Legión de Honor.

Ese mismo Gobierno, abochornado por su error —lo que confirma que Dreyfuss era inocente—, se trajo al capitán de aquella isla olvidada para que los militares volvieran a condenarlo (era una inevitable formalidad) y así el Consejo de Ministros lo indultara.

Cuando el capitán Dreyfuss, cuya palabra ni siquiera se había escuchado entre el estruendo de pasiones desatadas, puso de nuevo sus pies en el Continente, dio una conferencia de prensa.

A la pregunta de un periodista socialista acerca de cómo había sido su vida en la desolada Isla del Diablo, solo respondió que no sabía nada de esa vida, porque él, en realidad, había estado todo el tiempo en la Luna y era de allí de donde regresaba.

Ese periodista socialista se llamaba Émile-Marie Wolf.

Wolf asegura que Dreyfuss, al cabo de dos años en la isla maldita, pidió un único favor: que le permitieran tener un telescopio.

Favor que le debió de ser concedido, porque regresó de la prisión convencido de la insensatez de haber sido un preclaro testigo de lo que la Luna contiene.

Tan solo Wolf le tomó en serio. Y cuando le dijo: «Lo que hay en la Luna es lo mismo que hay en la Tierra», Wolf no sonrió.

En un estado febril, tal vez excitado por el contento de haber sido indultado y restituido al Ejército, Dreyfuss relató a Wolf todo lo que había visto en su cautiverio y Wolf, en gran medida, lo transcribió en su libro, con la aprobación del oficial, tal como explica en el epílogo.

Como la gran mayoría de los franceses, también Wolf estaba seguro de que todos los males que le ocurrieron al pobre Alfred se debieron a que era judío.

Pero cuando le preguntó, astutamente, si había visto a algún judío en la Luna, Dreyfuss le contestó: «No, no vi a ninguno, ni siquiera una pequeña sinagoga».