Los falsarios Capítulo 11
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Capítulo 11

[Del libro de Wolf]

lujuria en selene

En la lujuria está la lucha de los selenitas circunspectos, rígidos en su formalidad, frívolos con cuentagotas, pero siempre sucumben a ella. Los selenitas son lujuriosos.

La victoria de la carne vuelve a los lunáticos más humanos y, por eso, también más insensatos.

Los hay que usan sus alas para llegar a un tercer balcón y abrazar a la mujer que han seducido en un baile o en una feria (esposa entregada, como en martirio, a otros brazos legales —los de su marido— en los días compartidos tediosamente, desposeída del placer de los besos que llevan a perder la razón: mujeres que huyen, mujeres que abandonan hogares, rentas y familias, mujeres que siembran la deshonra en probos comerciantes, mujeres que reniegan de su condición de damas solo por perpetuar el éxtasis nacido de sus cinturas, mujeres, en fin, que tuercen su vida en dirección al lecho cálido y réprobo de amantes vigorosos).

Los hay que burlan las normas de la decencia y yacen con mujeres cuyos servicios favorables pagan cada miércoles y cada sábado, contrayendo las consabidas enfermedades fatales, muriendo luego en una cama de hospital roñosa con la imagen en la mente de su cuerpo sudado sobre el cuerpo convulso de la prostituta.

Los hay que seducen a un muchacho imberbe todavía, inexperto, niño o ángel dulce con voz de violín templado y tez tan pálida como una Madonna del Quatrocento.

Los hay que pierden tesoros y cabeza por aplastar sus labios sin alma (un notario, un alcalde) contra unos labios carnosos, incitantes al delirio, teñidos del deseo más cruel, el deseo que devuelve los besos con desdenes, y se esconde detrás de un «no» ambiguo, rechazo que ha nutrido cientos y cientos de quemaduras en las sienes y ha hecho estallar mil pistoletazos levantando seseras y acallando suspiros de desesperación.

En la lujuria está la lucha, renace el vicio. Y los vicios atrapan como cárceles.

Ni una mirada inocente: todo son ojos que invitan a abrasarse piel con piel, papeles doblados tres y cuatro veces con un mensaje de apetitosa lujuria que se pasean por debajo de las mesas, entregados por camareros morbosos, o por propios que sonríen con la maldad del cómplice al hacer su entrega.

Todo son deseos que ansían satisfacción entre las carnes blancas, bellas, deliciosas, de unos senos rosados o en las espaldas de donatellianos y enfermizos seminaristas.

Entonces acaece el placer. Todo por el placer, en la Luna.

¿Cómo concebir un gozo que no esté suspendido del cordón fibroso de la muerte?

¿Cuántos adulterios serían guiados por otra finalidad que no fuera la reparación a pistola que luego el marido engañado va a buscar en el adúltero?

¿Qué éxtasis puede soñarse sino aquel que traen el opio, las drogas, el alcohol bebido hasta el extremo del encantamiento?

Propio es de la Luna el placer de gozar en el amor furtivo hasta caer desmayados, casi moribundos.

Porque un cuello que palpita por la sangre que corre como una manada es el de un cuerpo excitado de pronto, irrefrenable, a la deriva hasta chocar con el mundo, verdaderamente inoportuno, del fracaso.

El placer es una venganza ideada por los dioses.

Luego está la paradoja del prostíbulo: cómo hacer práctico su barroco decorado.

Detrás de la cama, unas oscuras cortinas tapian la pared. Se crea así en la estancia una luz sobria y lujosa, mucho más lujosa de lo merecido, una luz que se solidifica.

Encima del cabecero con relieves simétricos, clavada sobre el papel de medallones dorados, una curiosa composición de escaso gusto formada por cuadros de bajeles surcando un mar en calma, retratos de campesinos a la hora del ángelus en mitad de sus labores, y la figura de un mandarín chino.

A derecha e izquierda, dos abanicos desplegados. Sobre el lecho, las colchas bermellón desordenadas, amontonadas en una parte de la superficie, estiradas en otra, confundidas con unas sábanas blancas que imitan un líquido viscoso.

En las sillas, prendas íntimas femeninas, astutamente situadas en su posición casual para que el caballero lunático no pueda resistirse al impulso de acariciarlas con los dedos mientras aguarda el momento delicioso del contacto pactado con la mujer que minutos antes las llevaba puestas.

En un diván (siempre pardo, discreto), unos cojines hundidos, con el hueco de dos rodillas en el centro. Y a los lados, largos espejos que ayudan —y mucho— a coronar con un éxito la sudorosa tarea.

Y en medio de todo eso, como la pólvora ardiendo, la rapidez, la velocidad con que en ese cuarto se actúa.

La mujer, acabado el turno que corresponde al precio pagado, se levanta de la cama con prontitud deportiva, cruza la habitación, no pisa ninguno de los zapatos que hay esparcidos por el suelo (suyos todos, los de él están muy juntos debajo de la silla en que ha dejado doblada su ropa), no tropieza con los muebles y llega hasta la palangana con agua, único objeto grosero del cuadro, para lavarse sin mirar al cliente al que ya ha olvidado.

El hombre, sin embargo, en un ruborizado instante de estupidez, ha dado una patada involuntaria al casco de valkiria con alas (para sesiones muy caprichosas) que se interponía entre su pantalón y el resto del mundo (la puerta, el honor, los negocios).

[ De la Lune habitée par la Terre , pp. 98-101]