Capítulo 10
[Del libro de Wolf]
asesinatos de burgueses en la luna
Predominan en la Luna los burgueses.
«¿Qué es un burgués lunar?», cabe preguntarse. Pues son figuras con dos piernas y hocicos de puercos.
Un ser mitad humano y mitad autómata, con bombín, gabán de terciopelo y moral intachable (el puritano pastelero que a una hora reprueba el incesto del vendedor de vinos o la caída de una joven esposa en los brazos de un poeta pobre, pero que, a la hora siguiente, regala poemas con un interesado motivo sexual a la hermana de su socio prestamista o a la hija de su portero, a la que no le importa hacerle un bonito bastardo).
También es un artículo de lujo, el burgués, cuando grita «¡Libertad!» con voz de máquina, en determinadas revoluciones, para poder justificarse cuando tenga que pisar con su bota a otros individuos de peor condición social, caso, por ejemplo, de sus empleados.
Bien sabido es que, en realidad, el burgués no es más que un imbécil con habilidades innatas de ladrón.
Los burgueses de la Luna son temerosos. Suele haber, sin causa conocida, muchos asesinatos de burgueses llevados a cabo con cruel perversión: comerciantes decapitados, jóvenes doctores abiertos en canal como a corderos, damas envenenadas y abogados que pierden la vida en siniestras cenas, niños sodomizados por sus tíos hasta la agonía, violaciones sin cuento, degüellos frecuentes de industriales, estrangulamientos de notarios, en fin, esas cosas que trae el progreso económico.
La policía selénica va tras la pista de sus asesinos, unos clérigos con forma de puercoespines, semejantes a aquellos que aborrecía Voltaire.
La policía sabe que los ojos de esos asesinos se iluminan tras cometer un crimen, y que esa luz perdura en ellos largo tiempo.
Pero no se sabe de nadie, clérigo o no, que haya sacado las tripas a simples burgueses anónimos caracterizados por su bondad.
Son estos burgueses personas normales que pasean entre los cráteres del satélite con la serena impunidad de seres amables y rectos; sus rostros no ocultan una alimentación sin carencias a base de tocino.
justicia social lunar
Si hay belleza en un rostro tiznado de hollín o en tres cuerpos descuartizados por una bomba anarquista, entonces la Luna también vive su propia injusticia social.
Lo que se ve en la Luna a través de los cristales violeta de los telescopios es un mundo monótono plagado de injusticia social. Es más, la injusticia social selenita es sólida; no se respira, se corta a cuchillo.
En los salones y cenáculos de la sociedad selenoide, todo un guirigay de corsés ceñidos y anchas corbatas de seda, unos obreros enarbolan la bandera de su sindicato y la policía los dispersa con dureza. Como en la Tierra. Porque en todas partes la policía está para eso, para dispersar.
Hay allí también, cómo no, un Ministerio del Interior.
No hay, sin embargo, reyes. La Luna aventaja a la Tierra en que ha prescindido de las monarquías, por considerarlas una cúspide de la estupidez humana.
En los salones hay, desde luego, ampulosos terratenientes que hacen gala de una economía abusiva en buena forma.
En la Luna los médicos, una raza de ateos, han diagnosticado la incurable dolencia de los selenitas: una injusticia social dotada de una monotonía muy contagiosa. Nadie conoce allí a ningún rentista histérico.
Los trabajadores de la Luna se entregan al éter. No les pagan, pero les dan paraísos. Dicen que con el éter la vida es blanda como el filete que aspiran a comer en la próxima revolución.
Los selenitas de las clases bajas, los selenitas proletarios, son una masa que apesta a ganado y a col cocida; son una incontable masa de bestezuelas que ha venido a morir a las sórdidas cavernas de las factorías.
Comprados y vendidos, sin que lo sepan, esos seres medio idiotas y medio lobos, con hijos que ni conocen, han perdido hasta la fuerza de la venganza. No protestan, claudican.
Y cuando levantan contra el patrón su puño, siempre los guía un ideal rancio, de intereses nobles, sin duda, cuyo beneficio es cobrado por otros, los burgueses omnívoros que hostigan poniendo y quitando la mordaza del sueldo según convenga a sus caprichos.
Los barrios pobres de la Luna tal vez sean bellos, como bellas son para los deshollinadores las figuras del humo…
Mas no hay belleza en los artesanos que entretejen el mimbre, ni en los vendedores de manufacturas de cuero o estampados, ni en los albañiles, ni en las míseras camiserías populares, ni en las cordonerías, ni en los puestos ambulantes de tocino, no hay belleza en las industrias que preside el padre y en las que se desloman los hijos, la esposa y una muchacha huérfana de provincias.
Las clases bajas son el nido de la anemia, del enflaquecimiento, de la palidez mortuoria, de la sarna, del tifus.
En esos barrios pobres las fachadas de las casas son bancarrota del yeso, patria de la carcoma, grietas y negrura de la cal sobada.
Los barrios pobres son una desolación apocalíptica en prosa, la vulgaridad de un vómito tabernario. Anonimato eterno. Como en la Tierra.
familias selenitas
En la Luna, las familias están magníficamente reguladas por un principio de economía utilitaria. Dos hijos como máximo. O cuatro, niño, niña, niño, niña.
Suelen habitar en tediosos salones que huelen a rancio, y se sientan en sillones de cuero reluciente por el desgaste grasiento de sus pieles sebosas (el tocino, ya se ha dicho, es su alimento básico). Penumbra, mezquindad de la decoración, ambiente cenagoso en el mobiliario.
La madre borda y musita oraciones. El padre de familia reflexiona o lee algún impreso y, de cuando en cuando, suelta una exclamación que ha oído en el café: «¡Qué sublime!». Su bata rancia y su gorro de lana le dan un aire de grotesca majestad coronada.
La madre propone sin éxito jugar a la lotería o a otro juego de mesa.
El padre dormita, los niños se burlan de la cocinera (una chica rural de sonrisa vengativa, como una muñeca de guiñol) clavándole alfileres en las nalgas, y la madre mira por la ventana el beso de despedida que da a una sombra la mujer del médico del tercero al descender de un coche de caballos a esas horas adúlteras.
Al día siguiente, toda la familia sabrá que es la amante de un veterinario viudo de humilde cuna.
[ De la Lune habitée par la Terre, pp. 70-74]