Los falsarios Capítulo 9
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Capítulo 9

[Del libro de Wolf]

la ciudad de la luna

La ciudad lunar, cuyo nombre es Nueva Francia, está cubierta por una lluvia galáctica; se devuelve a sí misma, plácida, en el reflejo del pavés.

Todo ese gris reluciente de los adoquines hechos de acero brilla con el agua y le da al entorno un aspecto de fortaleza plateada.

El pavimento, que forma ríos por las aceras, se cubre en algunas partes de un fango viscoso, negro de un hollín blanquecino desprendido de un mineral desconocido para los terrícolas.

La Luna está poblada por seres alados. Se parecen en todo a los que habitan la Tierra, salvo en esas extremidades desplegables que surgen de los omóplatos. Sin embargo, no son ni ángeles ni vampiros.

Los paseantes, ingrávidos, mueven sus extremidades aladas, dudan, resbalan. Las damas más elegantes entran en las tiendas solo para proteger sus botines de piel de las salpicaduras de los coches al cruzar un charco. Los caballeros se agolpan en los cafés.

Hay paraguas que zigzaguean (un caballero cubre a su esposa inútilmente, el ómnibus ha echado a perder su lindo vestido de tisú rosa), personas que temen que esa lluvia astral traiga consigo pequeños meteoritos que deterioren las fachadas de los edificios, decorados expresamente con extrañas figuras de una vegetación caprichosa fabricada con metales antisolares.

Una especie de líquido mercurial avanza por el empedrado de las instituciones, se cuela por sus rendijas.

El aire está enrarecido, pero se puede respirar, porque siempre se ha podido respirar en la Luna.

Se oye un sonido persistente, como de suave martilleo metálico o de música repetitiva, que recuerda al jadear de los suspiros después del llanto. Es el ruido de los imanes que todo el mundo lleva en el calzado para evitar flotar en las aceras.

bulevares en la luna

La gente se identifica, sin ninguna otra mediación, por la vestimenta que luce.

La insignia de las clases sociales no es un determinado modo de hablar o de reír (la carcajada del estibador, la sonrisa algodonosa de la colegiala), ni la blancura de un rostro más famélico que otro, ni las ojeras de las chicas de las fábricas de helados de luna, ni la rosada transparencia de la piel suave de la hija de un banquero. La frontera está siempre en la ropa.

En la Luna es más que evidente que la ropa permite clasificar los distintos atuendos de los adinerados, sus ternos, su almidón, sus cuellos, sus pamelas, sus chisteras, sus pantalones, sus corpiños.

La nobleza tira al campo. La burguesía, en cambio, prefiere los bulevares, las anchas avenidas artificiales que vertebran la ciudad.

Todos los bulevares se orientan al Sol, como la mano suplicante de un niño que ve pasar un desfile.

Los de Nueva Francia recuerdan a los del París terrenal, ¡son tan idénticos, por lo que se ve en los telescopios!

Está el gemelo del bulevar Saint Germain, el de Capucines, el de Pereire, el de Bourdon, bulevares que guardan en su seno todo lo que se puede considerar vivo y útil (amén de lujoso).

Quien no se deja ver por los bulevares no existe, no es nadie.

Los periódicos tienen en ellos sus redacciones febriles, la Banca instala ahí sus sedes y templos, la histeria de la velocidad, el vértigo de las drogas, la pasión y la decrepitud del espíritu ocurren allí.

Su variopinta fauna de dandys, arribistas, damas de fortuna, extravagantes, financieros, actores de renombre, propietarios, rentistas y fingidores de la Tierra tienen allí su copia lunar.

El pueblo, la chusma canallesca, vestido con la sucia soledad de una camisa de temporada, se luce en las afueras.

Por eso es pueblo. Ha elegido los cráteres con merenderos adornados con globos de papel y hogueras, los cafetuchos de arrabal donde mujeres frívolas cantan entusiasmadas baladas pícaras y melodías que luego tararean las lavanderas.

Los ricos y los pobres se divierten como aquí, despreciándose, aunque ambos mundos se ignoran mutuamente tanto en la Tierra como en la Luna.

una torre visible desde la tierra

En la Luna están construyendo una torre de chatarra. La llaman «El mirador del futuro» porque habrá un vigía arriba que prevenga de la llegada de los terrícolas venideros, algo que algún día sucederá.

Esa torre inútil parece ser de una fatídica fragilidad, pero no importa. Se pretende que sea vista desde la Tierra: alcanzará los trescientos metros.

Unos elevadores facilitarán la ascensión, habrá unas escaleras en espiral hasta la tercera plataforma.

¿Cómo será la Luna desde esa altura? ¿En qué parte de la ciudad se detendrá el horizonte? ¿Se podrá dominar ilusoriamente el vasto mundo de los selenitas?

Esa construcción metálica, de hierro y acero, esas vigas trenzadas en sus extremos con tornillos enormes, el viento lunar, huracanado a veces, pasando por los vanos de esa estructura que tanto habría gustado a Eiffel: todo invita a pensar a los terrícolas que realmente se trata de un monumento a la nada.

caballos alados

Se oye por toda la ciudad un murmullo a veces creciente que disminuye luego, se congela como una sola voz de súbito enmudecida, como un bramido que nunca rompiera a estallar.

Ese murmullo es el de los cascos de los caballos alados.

Pueden llegar a aturdir, a enloquecer, si se les deja entrar en uno mismo sin la salvaguarda de la indiferencia.

Caballos alados, caballos de carreras, caballos de tiro, mulas de carga, en Nueva Francia no hay más que animales ambiguos con alas.

Tiran de los coches, pasean a enamorados ociosos, a guardias y oficiales que se desafían desde ellos; aligeran los carromatos de carboneros, leñeros, panaderos, aguadores, afiladores, curtidores…

Quién diría que el olor a estiércol invadiría la Luna, un olor acre que se adueña del estómago e impregna la ropa con el poder de un estigma.

Pero es un olor que nunca llega a la Tierra, huye hacia otros planetas.

[ De la Lune habitée par la Terre, pp. 56-60]