Los falsarios Capítulo 8
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Capítulo 8

Huysmans, cuando era funcionario modélico del Ministerio del Interior y autor del libro Le drageoir aux épices, solía ver a Wolf en el café Nablus del Barrio Latino.

Fomentaron la amistad durante un tiempo.

Fruto de aquellos encuentros, Wolf siempre vio en Huysmans una doble vertiente, una duplicidad anímica, lo que tal vez hoy sería una bipolaridad.

Según escribió en un artículo para Le Figaro, la cara de Huysmans se dividía en dos parcelas simétricas con distinto color: la pálida pertenecía al chupatintas oscuro de una oficina inmensa a la que nunca iba nadie; la encarnada era propia de un exaltado neurótico que creía en el más allá a pies juntillas.

Al poco de aparecer el volumen de Wolf, el propio Huysmans, recién salido de su retiro como oblato en el monasterio benedictino de Ligugé, escribió una encomiable reseña de De la Lune habitée par la Terre en la que reconocía y celebraba la amistad de ambos con estas palabras:

«Émile-Marie Wolf ha sabido reunir en unas pocas páginas toda una maravillosa fantasía mimética sobre el revés de los mundos posibles e imposibles.

Ha ido al otro lado del espejo, mucho más allá que la Alicia de Carroll o, al menos, con tanta arrogancia como Carroll la sitúa allí.

Es un testigo vicario de un mundo que me place, un mundo que también es el tuyo, lector, y que yo he querido dejar atrás, aunque, en realidad, nunca me ha abandonado.

Todos tenemos nuestro anhelo fijado en la Luna, donde querríamos copiar nuestra vida terráquea, pero fuera de este mundo.

Tengo con este buen y fiel amigo la deuda del respeto, porque admiro su refinado estilo y por la dicha común de habernos entregado los dos al mutuo regocijo del asombro. »

Por otro lado, en el prólogo de su libro, Wolf se define a sí mismo con sobrada complacencia sin que venga a cuento:

«No soy un hombre materialista. Creo en la magia (en su sentimiento, al menos), en los milagros (curaciones sí, nada de apariciones), en los espíritus que vuelven (si es que alguna vez se fueron), en que todo lo realista ha acabado y por eso nos queda aspirar a la invención de lo imposible.

Sí, leo a Zola, pero como si se tratase de un curioso impertinente, un resentido tosco que va de taberna en taberna emborrachando a carboneros para que afirmen sobre todo lo que él les pregunte.

No soy materialista. He aquí la causa de que no sea hijo de este siglo, aunque lo veo morir con la piedad de un bastardo que mira por la cerradura la agonía de su progenitor, tan amado como aborrecido.

Mi tiempo yace sobre la angustia, es feroz su miedo.

Por eso huimos a las esferas de la ilusión, de cualquier fantasmagoría cual altar erigido a las sombras irreales, a los adornos del alma. »

En la reseña que escribió sobre el libro de Wolf, Huysmans ya aventura que se trata de una «distopía invertida», un metafórico reflejo artificioso de la Tierra en la Luna. Y añade:

«Es necesario el juego ficticio de los parecidos remotos, es necesaria la alucinación.

La alucinación, la similitud extravagante, es lo que otros, torpemente, llaman la belleza.

La belleza, pues, jamás dimana de esos vulgares seres que adoran, como paganos, los auténticos paisajes rurales de celeste azul en primavera más que los lienzos tenebrosos de montañas ocres que solo han sido vistas por el pintor en las manchas de agua sucia de su dormitorio.

La belleza es la persuasión de que en lo irreal la verdad reina con mayor soberanía, y de que en una cama, de noche, un día de tormenta, uno puede marearse más y sentir más horror que en el puente de un navío a la deriva en un mar proceloso.

Fabricar es mejor que asombrarse de esa Naturaleza en la que no hemos intervenido, esa Naturaleza que nos ignora, que no nos elige, que perdura pétrea y sola más allá de nuestra muerte.

Fabricar es cebar a la mentira para que sea, con su disfraz, una verdad diferente, una verdad absoluta.

La Naturaleza, eso real que fascina al vulgo, que da razón de ser a los burgueses, presta sus formas a las cosas.

El mayor paraíso en vida al que un hombre de nuestro tiempo puede ascender es al de saberse a sí mismo como un yo artificial, cuyos miembros, ojos, deseos, ropas, etcétera, fuesen otros, no con la extravagancia de un espiritualista, sino como resultado de una adecuada imitación de otro mundo.

Y ese otro mundo, querido lector, es inequívocamente la Luna.

Con sumo acierto lo ha visto Émile-Marie Wolf, que ha trasladado allí cada sombra y cada luz de la Tierra, con espíritu demoledor, burlón, insólito y sobre todo tan ácido e inclemente como solo lo puede ser un vengador. »