Capítulo 7
V io primero una gran bandada de pájaros grandes, pero de inmediato advirtió que guardaban gran analogía con los hombres terrenales, salvo en que iban alados con plumas y carecían de pelo en el resto del cuerpo. A estos los llamó andro-selenios o, sencillamente, selenios.
Lo que sorprende sobremanera es cómo pudo llegar a observar desde la Tierra con tanta minuciosidad los plumajes de los selenios y otras características de la orografía o de la flora lunares.
Pero lo cierto es que en el resto del libro se despacha a sus anchas en insignificancias antropomórficas o zoomórficas de tal pequeñez que induce a sospechar si no sería cierta la versión de que le cambiaron las lentes al telescopio y lo que Herschel veía no era otra cosa que el mundo a dos palmos de sus narices.
Otra de las especies que descubrió fue la de los vespertillos, unos seres de color gris semejantes a los selenios, pero llamados así porque sus alas eran membranosas como las de los murciélagos y tenían la cara y el cuerpo cubiertos de barba y vellosidad.
El término «vespertillo» es una corrupción menor de vespertilio, del latín vespertilio-vespertilionis, «murciélago».
El hecho de que el autor del libro les haya puesto este erudito nombre en vez del más popular «vampiro» o «murciélago» denota un profundo conocimiento del latín.
Cosa que, según se sabe por Hertwig, Lock, y no Herschel, tenía.
Esta afición por el latín vuelve a traicionar a Lock cuando, al verse en la necesidad de describir el ayuntamiento sexual entre vespertillos, lo hace en la lengua de Horacio, tal vez también por pudor católico:
Nec istis sicut feminis vulva supposita; sed altius et propter umbilicum.
Stant in copulando Lunarii; brevis conjunctio et duplex; namque ab ore simul et genitricibus amplectuntur, ut duobus modis aligerum et terrestrium donati, duobus ideo fruantur in copulatu.
Lunariam inter et Vespertillonem horrescit natura coitum; huic namque repugnams intemperantia virgae.
Los vespertillos eran intelectualmente inferiores a los selenios, y bastante más agresivos y brutales, como Herschel dice haber comprobado al observar batallas y guerras entre algunas subespecies de ambos selenitas, e incluso execrables hábitos caníbales (comían niños, como los ogros de los cuentos de Perrault).
Una tercera especie animal —parece que en la Luna de Herschel todo fuese ternario y regido por el tres— era la de los castores, llamados así por su semejanza con el castor de río.
El castor lunar era también bípedo, como las otras dos especies del satélite, pero su naturaleza concordaba con la de bruto o siervo.
A lo largo del libro Herschel/Lock describe las casas y colonias de estos seres, más parecidas a poblados de zulúes o de masáis que a otra cosa.
También llega a averiguar sus prácticas de caza y de pesca, el color de su sangre —¡blanca como la leche!
—, y sus costumbres nupciales, sociales, mágicas y religiosas.
Otros capítulos están dedicados a la fauna lunar, en la que observa reptiles, mastodontes y demás bestias.
En otra parte se detallan castillos —¡dichosa obsesión, ya vista en Cyrano de Bergerac, la de llevar Castilla a la Luna!
— de formas cónicas, que en su conjunto crean la capital lunar, bautizada por Herschel, sin mucho ingenio, como Selenópolis.
En cuanto el libro salió a la venta tuvo un éxito inmediato; se hizo muy popular, pero también se leyó con avidez en las altas esferas y en las clases académicas.
Se tradujo a varias lenguas, además del francés y del español.
Herschel se vio asediado por curiosos y colegas; por damas viudas y empresarios de varietés; ¡hasta por dueños de zoológicos que le abrumaban con extravagantes preguntas acerca de las posibilidades de viajar a la Luna para capturar vespertillos!
El adusto astrónomo hubo de contestar negativamente a cientos de invitaciones para que dictase conferencias en las más recónditas partes del globo a costa de las sociedades astronómicas por allí existentes.
Incluso en el colmo de las ironías y de las audacias, llegó a recibir una invitación por parte de la sucursal de la Sociedad neoyorquina de los Falsarios de la Luna, parte de cuyo texto, conservado en Collingwood entre el legado de sus cartas, rezaba así: «Venga a nuestra sede y trate de convencernos de sus absurdas conclusiones.
Los de aquí somos como Santo Tomás, si no metemos la mano en la llaga…
». La firma, de rúbrica ilegible, solo llevaba dos iniciales: «A.
L.» (¿Alfred o Albert o Adolph Lock?). La carta no fue contestada.