Los falsarios Capítulo 6
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Capítulo 6

A cerca del referido Lock, poco se sabe.

Todas las noticias sobre él o sobre los hechos de su vida proceden de fuentes secundarias o terciarias.

Los únicos datos verificables son la autoría del libro atribuido a John Herschel y que dicho libro formaba parte de los objetivos de una extraña Sociedad de Falsarios de la Luna.

Esta Sociedad, constituida a la manera de las sociedades secretas de masones o rosacruces, tenía como única finalidad la elaboración de teorías chocantes y esnobs sobre la habitabilidad de la Luna, evidentemente falsas.

Con ello, al parecer, se trataba de desenmascarar el cientifismo oficial y de bromear con la seriedad sacerdotal e impostada de los sabios astrónomos, cuyos asertos, muchas veces, tenían las mismas bases arenosas que la más disparatada fantasía.

Si un Lock, o un Smith, o un Pérez cualquiera, por poner apellidos corrientes, dijera que en la Luna existían unos seres con membranas en sus extremidades superiores, todo el mundo, empezando por la comunidad científica internacional, lo tomaría a chanza y se reiría del divulgador de tamaña bobada.

Pero si esa misma estupidez se adornaba con el rigor y la potestad de un Herschel o un Arago o un Bouvard, astrónomos de prestigio, nadie dudaría de su existencia, por muy inverosímil que fuera.

Contra esta injusta división discriminatoria se rebelaban los Falsarios de la Luna.

Afirma, además, que, una vez muerto Lock, a los desconocidos miembros (o miembro) de la Sociedad se deben algunos apócrifos que yacen pudriéndose en los más oscuros sótanos de las universidades del mundo, de los que vale la pena citar algunos: El origen del hombre a partir del Pleistoceno.

Últimos avances evolutivos, de Darwin, La masa de las estrellas ignotas, de Max Plank, Un absoluto en la teoría de la relatividad, de Einstein.

A la luz de estas casi grotescas aportaciones de Hertwig, de tufillo burlón, es casi seguro que su propia tesis y hasta el mismo Hertwig sean apócrifos de, quién sabe, tal vez el tataranieto de Lock, último vástago de esa familia o sociedad de falsarios.

Esto hace suponer que quienquiera que fuese el verdadero autor del libro conocía de primera mano bastantes de los detalles del viaje de Herschel y de sus observaciones.

Algunos se han inclinado a pensar que tal vez uno de sus más allegados colaboradores podría haber referido tergiversadamente los pormenores de la misión científica que llevó a Herschel y a su grupo hasta aquella región austral.

¿Quién pudo ser el que le relatara a Lock o a un miembro de su Sociedad los detalles del viaje?

¿El joven teniente de navío Drummond, hombre frívolo y dado a las bromas?

¿El astrónomo Andrew Grant, ayudante de Herschel, quizá en venganza por estar celoso de su maestro?

¿O fueron el mayor Muller o el expedicionario Holms?

Los cuatro acompañaron a Herschel durante los largos meses de sus observaciones astronómicas.

Cualquiera de ellos pudo haber inventado las divertidas fantasías que se relatan en el libro de Lock. O los cuatro juntos.

Esto último no conviene descartarlo del todo, pues años después de estos hechos, como se puede ver en la correspondencia privada de algunos científicos de la época, circulaba entre los clubs londinenses la chistosa historia de que, cuando Sir John Herschel estaba en África del Sur explorando los cielos, sus ayudantes le jugaron la mala pasada de cambiarle determinadas lentes a su telescopio, así como el ángulo de inclinación, de modo que cuando él creía estar observando con extraordinario detalle la superficie de la Luna y sus habitantes, animales, vegetación, etcétera, en realidad estaba apuntando, como con un vulgar catalejo, a unas tribus de los alrededores.

El excepcional descubrimiento que Herschel, para corroborarlo, hizo verificar a sus ayudantes, no era más que una broma pesada de estos mismos.

Comoquiera que se trataba de una historia graciosa contada en las tertulias, no merece mayor importancia.

Tan solo pone sobre aviso de que no ha de perderse de vista la posibilidad de una enorme gamberrada urdida por los Grant, Drummond, Holms y Muller.

Aunque, bien mirado, quien más papeletas tenía para ser inculpado de saboteador e indiscreto era Grant.

Téngase en cuenta que una carta suya, a espaldas de Herschel y con múltiples inexactitudes, previno al mundo de lo que se estaba cocinando en aquella expedición.

Y, como el mismo Herschel relata en un momento dado, Grant era quien «arreglaba» el telescopio y lo ponía a punto.

Era el único que lo manipulaba. No obstante, al no existir pruebas de ello, hay que descartarlo y aceptar a Lock como único autor de ese libro.

Comienza con una dedicatoria al Rey de Inglaterra en la que el pseudo-Herschel dice que «les fue dado ser testigos de los prodigiosos espectáculos celestes» y añade que le costó tres días aceptar la realidad de aquel descubrimiento y que en las páginas sucesivas pasará a describirlo pormenorizadamente.

Toda esa increíble vida lunar se la dedica a Su Graciosa Majestad británica, detalle que, viniendo de un norteamericano como era Lock, no puede ser tomado más que como un anticipo irónico.

Posteriormente, en la versión española de 1837, que es a la que aquí se hace referencia, hay una nota de los supuestos editores franceses, quienes admiten que la obra está integrada de fragmentos escogidos de una pieza mayor, cuyo editor inglés, míster Murray, publicará en breve en cuatro volúmenes.

El prefacio de los traductores es de gran interés, pues en él, además de manifestar un amplio saber sobre los astros, se examinan tres aspectos claves para la imposibilidad de vida lunar, refutados luego por el texto de Herschel: 1.

º) las supuestas temperaturas extremas, 2.

º) el supuesto suelo vitrificado, y 3.º) la supuesta ausencia de atmósfera.

En estos y otros puntos se demuestra que los anónimos traductores, probablemente miembros de los círculos gaditanos de astronomía y astrología, estaban muy al corriente de los antiguos y de los nuevos conocimientos relativos a la Luna.

Ello no es de extrañar, pues en aquella época, como sucedía en el siglo xviii , los traductores no eran meros intermediarios al servicio de las editoriales, sino auténticos expertos en el tema que traducían.

Baste citar los casos del botánico Casimiro Gómez Ortega y su versión del Viaje del Comodoro Byron alrededor del mundo, o las traducciones que de Voltaire hizo el Abate Marchena.

En los ocho fragmentos o capítulos en que se estructura el libro se especifican los descubrimientos de Herschel, que se prolongaron durante varios meses.

Después de ver y analizar los minerales y las rugosidades volcánicas, tuvo el golpe de fortuna de enfocar hacia unos seres «que constituyen indudablemente la raza humana lunar».