Los falsarios Capítulo 5
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Capítulo 5

Su padre, el eminente Friedrich Wilhelm Herschel, había alcanzado la gloria —y a la postre, qué duda cabe, mucha más fama que su hijo— al descubrir, entre otros astros, el planeta Urano gracias a un enorme telescopio de su invención.

Y su tía, Lucretia Caroline Herschel, era también una astrónoma de renombre, descubridora de cientos de nebulosas y cometas incluidos en el NGC (New General Catalogue of Nebulae and Clusters of Stars, es decir, el «Nuevo Catálogo General de nebulosas y cúmulos de estrellas», en el que se reseñan casi ocho mil objetos estelares).

Herschel padre, que había nacido en Hannover, se trasladó a Inglaterra como maestro de música, profesión que ya ejerciera en otro tiempo su padre, o sea, el abuelo de John.

La música fue la segunda gran pasión de los Herschel, y su segundo talento.

En el hogar familiar había repartidos por la casa todo tipo de instrumentos musicales, dominados con idéntica pericia por cada uno de los miembros de la familia, incluida la tía Lucretia, que abandonaba periódicamente su Hannover natal (y en definitiva mortuorio, ya que murió allí frisando en el centenar de años) para departir con su hermano y su sobrino de planetas y corcheas.

Sin embargo, de todos los Herschel, el menos dotado para la música era John, que apenas pasaba de los ejercicios al piano para dos manos con su madre y rasgaba el violín temerariamente.

Quizá por esta razón, y porque en su adolescencia se le manifestaron diversas infecciones oculares de las que acabó recuperándose, su padre le destinó a la carrera de leyes, más prometedora que la de ciencias.

El joven John-Duro-De-Oído se trasladó a Cambridge, donde un solemne aburrimiento sepulcral lo catapultó de nuevo a sus raíces: al poco tiempo de experimentar con los farragosos párrafos legales, optó por experimentar con anteojos y lentes, llegando así a su natural querencia por la astronomía.

El aburrimiento de John Herschel tenía su origen en la decepción.

Temía el fracaso patético, el paisaje anímico de futura nostalgia, si no lograba alguna hazaña.

Temía decepcionar a todos y eso lo sumía en la parálisis del tedio.

La gris mediocridad de la vida existía para los jóvenes como él con un ritmo de sueño pasado, de música perdida, en un silencio blanco de resignado pesimismo.

Con el pelo rizado que le caía en una melena romántica, el bigote y la perilla, a los que se sumaban unos pómulos prominentes y los ojos hundidos, pardos, brillantes al fondo de dos cuevas, John Herschel pensaba en la tristeza como en un caballo que rumia la paja; era lánguido en los ademanes, educado en los saludos, infeliz frente al espejo; consideraba la vida una estafa, pero sabía que nadie en el mundo la podía evitar; había restringido las esperanzas y ocupaba su sitio entre los vivos con un nudo en la garganta (la dulce compasión por uno mismo); leía por las noches libros de extraños viajes y coleccionaba vistas de ciudades remotas; despreciaba la alegría bufona del pueblo iletrado.

Flaubert decía que la culpa del tedio la tienen los cristales de colores, y es verdad.

Resulta muy difícil sustraerse al primer sentimiento que produce la luz matutina si está filtrada por el vidrio rojo, azulado o marrón que hay en las ventanas, cuando, al levantarnos y mirar hacia afuera, vemos el mundo (o la naturaleza) tiznado de ese color.

Esta idea transformadora de las lentes fue de gran importancia para un astrónomo como el que Herschel quería ser.

La luz condicionaba su aburrimiento existencial.

Los días de otoño —de despiadadas tardes— cargados de lluvia anodina y cielo bajo, con pintura blanquinegra en las cosas que en otra estación refulgen con colores exaltados, se apoderaba de su ánimo el fastidio inexplicable de tantos suicidas.

Era por la luz. Algo instintivo, una respuesta inmediata a la atmósfera, a los elementos, a los lugares. A los cielos.

Por consejo de su padre exploró los ciclos boreales, cuyo resultado fue la publicación de once catálogos con datos nuevos sobre estrellas y nebulosas vistos desde aquellas zonas nórdicas.

Animado por la buena acogida de sus descubrimientos, quiso realizar observaciones y exploraciones astronómicas semejantes en el hemisferio austral.

Para ello se trasladó en 1834 a África del Sur, al Cabo de Buena Esperanza, con sus colaboradores, los señores Grant, Drummond, Holms y Muller.

Llevaba consigo un potente telescopio, heredero perfeccionado del que inventó su padre en 1789, pero más pequeño, ya que aquel medía más de doce metros y requería una armazón de sostén de hasta veinticinco metros de alto.

A Herschel padre el telescopio le sirvió para llegar a descubrir los satélites de Saturno y de Urano, y con ello, para atiborrarse a distinciones otorgadas por Jorge III.

También hizo interesantes observaciones en el Sol, de gran utilidad para el estudio de las manchas solares.

El hecho de que su hijo orientase sus inquietudes hacia la Luna entraña algo freudiano de escabroso análisis, si se tiene en cuenta que el Sol está asociado a la masculinidad y la Luna a la feminidad.

La vinculación fantasmática de la mujer y la Luna fue muy común en aquella época.

De hecho, en 1834, un año antes de su libro sobre los descubrimientos de Herschel en nuestro satélite, A.

Lock publicó en Boston, a su costa, una obrita mínima, un cuadernillo de apenas cincuenta páginas, titulada La mujer en el rostro de la Luna.

Pasó totalmente desapercibida, como era de esperar.

Sobre todo porque las aspiraciones de Lock con esa publicación eran ambiguas, incluso indecentes.

Y su concepción satánica de lo femenino, ridícula.

Se sumaba Lock a la devastadora plaga de entonces de imprimir publicaciones obscenas, por lo general de circulación restringida, que convivían con las científicas, incluso camuflándose en estas: ilustraciones y dibujos ocres o grises con mujeres totalmente desnudas, vestidas a lo sumo con un aparatoso sombrero, muchas de ellas hermosas, aunque en su mayoría reflejaban un aire de desvergüenza demasiado callejera.

De baja extracción, algunas se prestaban por pocos dólares a las perfidias del artista dibujante, que, al acabar la sesión, se aprovechaba de la circunstancia y probaba un bocado del pastel que más tarde ofrecería.

Aunque existía una censura moral más bien laxa, circulaban postales clandestinas con esas mismas mujeres y muchas de ellas tenían como fondo, escenario o contexto, la Luna.

Una Luna que parecía rocosa, marrón y desolada.

Se extendió, pues, la idea de que la Luna era mujer y de que si se la observaba detenidamente en su apogeo, lo que se veía era un rostro de mujer.

En el libro de Lock sobre la mujer había poco texto y bastantes ilustraciones de mujeres seductoras o directamente pornográficas.

Estaban retratadas a carboncillo, al pastel, a lápiz, a tinta.

Mostraban una sonrisa desproporcionada, la postura (el culo en pompa) y el volumen de los pechos eran los habituales.

Una sola mujer para tantos indecentes vistazos burgueses.

Y situada en la Luna como un lugar de deseo y placer.

Allí, en esa fantasía, se hermanaban patronos y obreros, ambos frente a la misma mujer ideal en un imposible lugar que representaba la fantasía por excelencia: la mujer en la Luna constituía el marco de lo imposible unido a lo perverso.

Aquellas clandestinas publicaciones obscenas atentaban contra las buenas costumbres y animaban a ejercitar el onanismo con un soberbio impudor.

Y todo ello en el mismo astro que inspiraba a los poetas.