Los falsarios Capítulo 4
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Capítulo 4

E l temor de Verne, en realidad, no era tener que darle la razón a Herschel, ya que eso, en el fondo, no solo no le habría costado nada, sino que además lo habría hecho de buen grado.

Por lo tanto no se debía a eso en absoluto.

Su reticencia a enfrentar a sus protagonistas con una Luna habitada tenía su origen en un libro muy popular y exitoso en el primer tercio del siglo xix , atribuido a Herschel, en efecto, pero escrito en realidad por un tal A.

Lock, norteamericano, creador de una de las más extrañas sociedades secretas —o casi— que han existido: la de los Falsarios de la Luna.

Pero vayamos por partes. La libertad de prensa en Estados Unidos se había convertido en una auténtica Caja de Pandora.

Nadie imaginó que fueran a proliferar las ediciones baratas de cualquier tipo de panfleto, gacetilla satírica o publicación provocativa y asombrosa, ya fueran libros obscenos, políticos o extravagantes.

En ese libro, Sir John narra su gran descubrimiento, brindado de inmediato al Rey de Inglaterra.

Ese descubrimiento no era otro que la observación telescópica de la vida inteligente, animal y vegetal de la Luna.

Sir John se sirvió para ello de un potentísimo telescopio perfeccionado por él mismo, que con los años le habría de dar renombre en la comunidad de astrónomos.

Hizo los portentosos descubrimientos a que alude en el libro desde el Cabo de Buena Esperanza, en donde estuvo con otros eminentes científicos y marinos durante casi un año.

Anotó con todo lujo de detalles lo que vio acerca de la naturaleza y las costumbres, tanto sociales como políticas y religiosas, de las distintas especies de habitantes de la Luna.

Eran estas especies de tres clases: la de los selenios, refinados, alados con plumas y sin pelo en el resto de su cuerpo; la de los vespertillos, agresivos, alados como murciélagos y cubiertos de vellosidad, y la de los castores, brutos, semejantes a sus homónimos terrenales pero de un tamaño diez veces mayor.

En esto de los habitantes de la Luna, Herschel (¿o habría que decir ya claramente Lock el Misterioso?) demostró tener algo más de imaginación que otros autores; desde luego mucha más que, por ejemplo, Cyrano de Bergerac, quien allá por 1675, en su libro El otro mundo o Los Estados e Imperios de la Luna, popularizado luego con el más sencillo título de Viaje a la Luna, reconoce que, después de viajar hasta el satélite mediante la propulsión de frascos rellenos de rocío [sic], se topa allí, como quien no quiere la cosa, con, ni más ni menos que ¡con oriundos de Castilla la Vieja!

Pero prosiguiendo con el apócrifo de Herschel, Verne tenía este libro en su biblioteca, incluso la originaria versión norteamericana, ya que, de hecho, la cita en su novela, sin embargo no se atrevió a concederle pábulo científico, pues con ello habría puesto en entredicho el nombre del verdadero Sir John.

Prefirió, en consecuencia, referirse al folleto de Lock como si se tratara de una mera curiosidad, y hacer regresar a sus cosmonautas en cuanto dieran unas vueltas por la órbita lunar, antes de descender a la superficie.

No quería correr riesgos, no fuese que la Luna estuviera habitada realmente y él lo negase, naturalista y veraz como era en todo lo que escribía hasta el punto de que se vanagloriaba de carecer de imaginación.

Pero lo cierto es que no sabía qué pensar.

¿Estaba habitada la Luna? Y si lo estaba, ¿eran sus habitantes aquellos que el enigmático Lock había puesto en la pupila de Herschel?

«Mejor que no bajen, mejor que vuelvan», debió de sentenciar Verne a la hora de decidir el destino de sus personajes, y en muy pocas páginas puso punto final a su novela, ahorrándose toda la tercera parte, esperada luego inútilmente por sus lectores durante años.