Los falsarios Capítulo 3
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Capítulo 3

A la hora de hablar de la Luna es inevitable referirse a la novela de Verne, pero observando que, en realidad, no se trata de una novela, sino de un acopio de datos sobre la Luna con fines didácticos.

Verne, como en buena parte de sus libros, trató en todo momento de realizar una labor docente.

Esto no es tanto idea suya cuanto imposición de su editor, que le exigía dos novelas al año, sobre el tema que quisiera, pero con contenido didáctico.

Podía hablar de los globos y de los submarinos, podía darles tintes dramáticos a sus aventuras, pero tenía que contar las últimas teorías aerostáticas o los últimos descubrimientos en materia de inmersión naval.

A cambio, claro está, Verne consiguió enriquecerse con las ventas, aunque más lo consiguió su editor, dicho sea de paso.

A Julio Verne le gustaba pensar que vivía el presente (carteles de bebidas tónicas, ómnibus para plebeyos, gañanes con frac saliendo de la ópera) con melancolía de futuro, de otra época por la que no había pasado aún y que, sin embargo, recordaba, porque existía en sus libros.

Pero también le aterraba pensar que ese furor científico, esa edad dorada de la máquina, no pudiera entrar en su cabeza sencillamente porque tenía miedo, porque no era capaz de entender eso que llamaban «el ímpetu imparable del amanecer de una era».

A veces se creía perdido, errando por un paraje de la Historia que amarilleaba en los cementerios y en las bibliotecas, en los museos y en las mentes de los locos que se creían habitantes de mundos imaginados.

Se preguntaba cuál sería la lectura que cincuenta años más tarde fascinaría a los bañistas en las playas.

Progresos inauditos aliviaban los dolores en los hospitales, inventos desconocidos hacía cuarenta años hechizaban a la gente ávida de avances, circo y espectáculo tanto como a los curas y a los poetas.

Dos hermanos, los Lumière, proyectaban un teatro plano que era un trozo de realidad fotografiada en movimiento sobre una tela colgada de la pared de una sala oscura.

¿Y el dolor moral? ¿Quién atiende la nostalgia, quién comprende el delirio, la sensibilidad acerada?

Las industrias, cuyos negocios y contratos eran materia de brujería y quiromancia, milagrería del dinero y astucia de patrón que no reparaba en gastos de sangre, aumentaban; enriquecían a una clase que se pavoneaba con pésimo estilo; nutrían a familias cuyos antepasados limpiaban mesones de posta en un barranco de bandidos.

¿Qué había en común entre sus ideas y la época necia, pragmática, despiadada y analfabeta en que le había tocado nacer?

Para Verne, el profeta de la literatura proyectista en el futuro, de los viajes astrales y las travesías exploradoras, el fin del siglo era también el fin del mundo, de un tipo de mundo.

Los tiempos de Verne y de Flaubert eran el precipicio al que se asomaba su siglo.

Ambos, a su manera, intuían que, cuando los siglos se acercan a su muerte, se deforman.

Sus proporciones se alteran, buscan ansiosamente penetrar en los cielos, inventar una nueva santidad técnica, un espíritu visionario, o hundirse en los infiernos, en conjuros que invoquen malditas fantasías.

El siglo nace como un animal hermoso, ágil, impulsivo —no es humana la forma de un siglo—.

Su vida, en cambio, es la perplejidad de un reptil impotente ante extrañas dolencias y violentas mutaciones.

Llegando a su término, se desgarra en surcos abiertos por uñas frenéticas.

Monstruo que nadie reconoce sin un escalofrío, deformidad del tiempo con llagas de leproso, el espejismo de la cronología deslumbraba a esos dos escritores tan alejados y tan cercanos a la vez: para ellos, los que venían al mundo el mismo año, el mismo mes, a la misma hora, luchaban al final por la supervivencia solitaria con la desesperación de un náufrago en una balsa estrecha de la que es expulsado a golpes por otros arracimados náufragos que se creen salvados por su mejor suerte —la de haberse hecho un sitio en la balsa tras ahogar a cinco o seis buenos ciudadanos—.

Al morir, los siglos son el dragón de los cuentos de hadas, que yace con la lanza hendida en la cabeza.

Por aquel entonces, la sociedad estaba dividida entre quienes aún veían a la Luna como la gran inspiradora, y quienes atendían con petulancia provinciana a los últimos avances tecnológicos.

La frontera entre ambos es el espíritu flaubertiano por excelencia, y así se demuestra cuando el gran Gustave, en su Diccionario de tópicos, ironiza sobre la Luna al definirla con los dos tópicos del momento: «Inspira melancolía. ¿Estará habitada?».

Los «progresistas», los contrarios a la melancolía y acérrimos defensores de la cuestión «¿Estará habitada?

», consideraban el desarrollo científico como una evolución imparable de la Humanidad y leían publicaciones técnicas y folletos de mecánica y de medicina con la exultación de una nueva fe.

Entre ellos habría que contar como prototípico al boticario Homais de Madame Bovary, y como él miles en toda Europa, cautivados por los tecnicismos del libro de Verne, desvelados por la posibilidad de hacer ciertas las hipótesis que plantea el libro, excitados por el mero pensamiento de que en realidad existieran los personajes de la novela: un emprendedor Barbicane, un astuto Nichols, un audaz Michel Ardan (francés para más señas y pionero de la astronáutica, con aquel telegrama fanfarrón que envió a Barbicane y en el que se leía: «¡Partiré dentro!

»), tres hombres de acción que, a diferencia de los tripulantes del Apolo XI, cuando llegaron a la Tierra y se abrió su nave, estaban jugando al dominó.

En su novela, Verne desglosa todos los pasos intermedios, con fórmulas matemáticas y alardes de conocimientos de Física y Química, que han de darse teóricamente para que un proyectil salga disparado hacia la órbita lunar.

Hay algunos hechos que hoy causan irrisión, pero que quizá fuesen pretendidas ironías del propio Verne.

Así, no deja de ser gracioso que la iniciativa del vuelo hacia la Luna provenga de un club de fanáticos de los cañones, el Gun Club, expertos en calibres y balística, aburridos de la inactividad en tiempos de paz.

La fabricación de un gran cañón que lanzase desde Florida una bala a una velocidad portentosa tiene buenas dosis premonitorias, como si Verne fuese un Nostradamus de la cosmonáutica: el Saturno V también adoptó la forma de una larga bala, o más bien de un largo dardo terminado en punta de bala.

El lanzamiento tuvo lugar, cómo no, en Cabo Cañaveral, Florida, al igual que en la novela verniana.

Que la nave en que Collins estuvo veintiuna horas orbitando la Luna a la espera de Armstrong y Aldrin se llamara Columbia, como la que llevó a Barbicane, Ardan y Nichols en la novela de Verne, ha de verse como un decidido homenaje al precursor.

¿Precursor en verdad? En gran medida sí, aunque se quedó corto.

Ciertamente puso en boca de Ardan estas anticipatorias palabras, que Flaubert no tendría duda en adjudicar a su Homais: «Eso de irse a la Luna metido en un proyectil me ha parecido la cosa más natural del mundo.

Tarde o temprano había que emprender este viaje, y en cuanto al género de locomoción adoptado, no hago más que seguir sencillamente la ley del progreso».

Pero le faltó a Verne el valor de depositarlos en la superficie de la Luna.

Tal vez careciese de datos al respecto, probablemente no tuviera en su biblioteca de Nantes libros suficientes acerca de las características selenográficas de la Luna, y prefirió devolver a sus personajes al Pacífico, donde cayeron y fueron recogidos por un barco, el Susquehanna, antecedente ficticio del verdadero Hornet de Thorndike.

En la novela de Verne no llegan a la Luna; dan una vuelta por su órbita, incluso corren el riesgo de acabar siendo una especie de satélite eterno suyo, observan los accidentes físicos de su superficie, sus cráteres, sus mares, sus fallas, pero no alunizan. Verne no se atrevió a tanto.

¿A qué se debió esa precaución de Verne?

¿Acaso temía verse en la obligación de rebajar su objetividad científica para enfrentar a sus protagonistas con los selenitas, los vespertillos o los castores, las tres especies de habitantes lunares que, según algunos, observó el famoso astrónomo John Herschel en 1835?

Tal vez fuera eso, simple temor a darle la razón a Herschel.

El gran astrónomo inglés irrumpe en la vida de Verne fugazmente, aunque la causa de su breve relación fue cierto equívoco, tal vez apócrifo, provocado involuntariamente por el editor de Verne.

Al parecer, un amigo común de Herschel y de Verne le dijo a este último en cierta ocasión: «Herschel ha leído tu libro, y lo ha alabado en público».

Jules Verne respondió con perpleja insolencia: «¡Claro que lo ha leído!

¡Lo ha editado él!». El amigo, ante esa revelación inesperada, se retiró sin añadir palabra sobre el asunto.

Unos meses más tarde, Verne recibió un carta enviada desde Londres.

Era de Sir John Herschel, y decía lo siguiente:

Querido amigo, le ruego desmienta los rumores acerca de que yo sea su editor. Desde que usted, por alguna razón que desconozco, se lo hizo saber a nuestro común X, no hago más que recibir peticiones de todo el público, y es algo desagradable.

Su admirado lector,

Sir John Herschel

Verne no le remitió ninguna contestación, no se sabe por qué. No obstante, Sir John recibió al cabo de poco tiempo una carta del verdadero editor de las novelas, cuyo nombre era Pierre-Jules Hetzel:

Sin duda —escribía Hetzel— ha habido un desafortunado pero lógico malentendido que, por indicación de M.

Verne, trataré de justificar. ¿La causa?

La similitud de nuestros apellidos, usted Herschel, yo Hetzel.

Más, añádase, la torpeza de X. Lo lamento mucho, ojalá yo fuera usted —¡pero usted no fuera yo, por favor!

— y hubiese tenido así la oportunidad de ver a los habitantes de la Luna como usted la tuvo.

Suyo atentísimo,

P.-J. Hetzel

Dicen que Herschel refunfuñó al leer la carta, pero se le pasó pronto porque estaba acostumbrado a que lo envidiasen por algo que nunca había hecho.