Los falsarios Capítulo 2
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Capítulo 2

E n cierto modo, Thorndike tenía razón. Con la llegada del hombre a la Luna, el satélite había perdido por entero su dimensión mítica.

Se entraba desde ese momento en el futuro, un futuro que suponía el final de la Luna como evasión de la nostalgia, como amparo de los orates o como fantasía escapista.

Ya nadie podría volver a mirar hacia la Luna de la misma manera que antes: ahora, gracias a la televisión, ya habían estado en ella y habían contemplado su superficie a una distancia de poco más de dos metros.

Aunque también es cierto que proliferaron los incrédulos, y pronto fueron legión el número de quienes dudaban de que aquello que mostraba su televisor no fuese en realidad un perfecto y ensayado fraude.

¿Quién les aseguraba a ellos que esas escenas no estaban tan trucadas como las de las películas producidas en Hollywood?

¿Y si todo se hubiera rodado en un estudio, con polvo de serrín mezclado con ceniza y un fondo de tela negra?

¿No parecían a cámara lenta los pasos de aquellos astronautas? Todo podía ser un truco, ciertamente.

Se abría al futuro una nueva era en la que la poesía abandonaba precipitadamente la Luna —¡adiós a los poemas de Laforgue, adiós a los de Verlaine, incluso a los de García Lorca!

— para dar paso al Skylab y a una serie ininterrumpida de nuevos prosaísmos bajo capa de vuelos espaciales, con alunizajes y astronautas paseándose por allí como extravagantes agricultores.

Pero los nombres de esos astronautas no se recuerdan tanto como los de los tres primeros.

Ni tampoco se recuerda con facilidad qué número de la larga saga de los Apolo les correspondía en sus respectivos viajes.

Sin embargo, de todas las preguntas, incógnitas, misterios, dudas y temores habidos y por haber que fueron contestados, resueltos o sencillamente silenciados por la evidencia de Armstrong y Aldrin dando aquellas zancadas de varios metros en la superficie del Mar de la Tranquilidad, tan solo una respuesta supuso un golpe mortal a la más vieja de las elucubraciones que la Luna había generado en la imaginación de los hombres desde la Antigüedad: en el desolado astro no había el menor vestigio de vida, aquel planeta estaba deshabitado.

En él no se encontró, como predijo Gómez de la Serna, ningún «montón de autos robados».

Seguramente nadie que crea que la Historia avanza hacia adelante se opondría a la gran verdad contenida en la lapidaria frase de Armstrong cuando su extremidad inferior izquierda se posó sobre el regolito lunar: «Es un paso pequeño para un hombre, pero un gran paso para la Humanidad».

Sí, la Humanidad avanzaba, ampliaba sus metas.

Si había llegado hasta allí en cuatro mil años, bien podía invertir en adelante unos centenares de años más en hollar nuevos planetas.

Pero también es cierto que ese gran salto suponía el alejamiento definitivo de toda una historia de siglos y de teorías, no por falsas menos bellas, y sobre todo no por imaginadas menos creíbles.

Ese gran paso no era otro que el que separa la realidad del sueño.

Cuando el 16 de julio de 1969 el cohete Saturno V lanzó al espacio al Apolo XI a 38 700 kilómetros por hora, se convirtió en una enorme bala dirigida contra la Luna.

Una bala mortal. ¿No era de dolor —tragicómico dolor, dolor de payaso tonto— la imagen que en 1902 creó Georges Méliès en su película Viaje a la Luna, en la que aparece la cara de la Luna tuerta y chorreante como un pastel de crema porque se ha clavado en su ojo el cohete concebido como un proyectil?

La exhibición de la película de Méliès en Amiens en 1904 tuvo un espectador excepcional: Jules Verne.

Estaba enfermo; de hecho habría de morir en esa misma ciudad al año siguiente, 1905, pero algunos amigos lo convencieron para acudir a ver la gran fantasía de los científicos locos, maquillados y emplumados con estropajosas perillas falsas, que llegan a la Luna en su cohete-bala ataviados con levitas y sombreros, comprueban luego las tufaradas volcánicas de los cráteres y están a punto de ser devorados por unos selenitas con apariencia de caníbales de una tribu polinesia.

Una historia fantástica que reunía múltiples elementos desgajados de la propia novela de Verne, De la Tierra a la Luna, publicada en 1865, y de otras teorías más o menos sesudas y más o menos populares.

Dicen que Verne, cuando vio la película, la calificó de burda mofa del cientifismo y del rigor documental con que, cuarenta años antes, él mismo había llevado a cabo su novela.

Le pareció más bien cosa circense, o a lo sumo de teatro guiñolesco, y mostró, en cambio, sumo interés por el nuevo medio de espectáculo para el pueblo. La película en sí le agradó poco.