Los falsarios
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Capítulo 1
«E n mi fin está mi principio.» Esta es la frase con que concluye el último verso del poema «East Coker», de T.
S. Eliot, segundo de los Four Quartets. Hay en el verso una clara alusión a lo que la pobre reina María Estuardo bordó —en francés, porque era la lengua culta de los católicos— sobre un manto que ceñía el cabezal de su trono de madera: En ma fin est mon commencement.
Es lo recto, sin duda, y lo que el iluso optimismo dicta a la ansiosa esperanza: mueres, pero naces a otra vida mejor, más iluminada y feliz; desapareces, pero vas a otro mundo.
De este modo se mantiene el círculo del ser a través de los tiempos y de los universos, prescindiendo —¡peccata minuta!
— de los bajos aspectos físicos (goce, consciencia, etcétera).
El circuito abierto con Alfa no se cierra con Omega, sino que continúa en una rotación sin fin, en una eterna apariencia de principio.
En efecto: In my end is my beginning, en mi Omega está mi Alfa, en mi Z vive mi A, en mi tsadé comienza mi aleph, y así sucesivamente, según se escoja un alfabeto o un abecedario o cualquier otra ordenación de letras.
En todo caso, el asunto es: en mi muerte está mi nacimiento.
La idea de que en el final reside el origen es vieja como la magia, y canónica doctrina desde que el cristianismo se la arrebató a los filósofos griegos.
Pero Eliot, además, juega irónicamente con ella.
Al inicio del citado poema «East Coker», el sentido de la frase es muy otro, porque su autor ha cambiado los términos de la paradoja.
Dice así el primer verso: In my beginning is my end («En mi principio está mi fin»).
La referencia de esta frase ya no tiene nada que ver con la piadosa esperanza de María Estuardo, sino todo lo contrario; la proposición es más estoica que cristiana, más terrible que magnífica, más humana que divina.
Parece una frase desesperada por su pesimismo: naces y ya desde ese instante mueres, das el primer paso y ya ha terminado tu andadura, partes y ya has llegado.
Probablemente fuese su pensamiento algo parecido a eso, porque aquel destello fugaz y repentino se había producido en la esfera del Omega de Armstrong, y él lo sabía.
Aquello olía a final. O en todo caso había adquirido los suficientes datos en su formación universitaria para combinar adecuadamente los poemas de Eliot y de Cavafis con los alfabetos griego, romano y hebreo, y colegir que todo aquello significaba bye, bye.
Y por encima de todo, sabía distinguir sin pestañear un Speedmaster Professional de Omega de cualquier otro reloj.
En realidad sabía distinguir muchísimos relojes.
Era hijo de un conocido relojero de Chicago, Alexander Thorndike, coleccionista reputado, y además formaba parte del programa espacial Géminis.
Al fin y al cabo, por eso estaba esa mañana allí, en el puente del Hornet, empapado de diminutas gotas cálidas, mientras recogían a lo lejos la cápsula del Apolo XI, por cuya escotilla los tres astronautas habían sacado sus cuerpos y agitaban sus brazos en señal de saludo feliz y cansado ante lo que pensaban era una cámara de televisión.
Los quinientos millones de seres humanos que a esas horas miraban en sus receptores, desde sus casas, el último acto de la gran epopeya lunar respiraron a gusto, con lágrimas y exultación, al entrever sobre el oleaje las mecidas caras de Collins, Aldrin y Armstrong.
Pero solo Thorndike supo sin el menor titubeo a qué se debía aquel destello.
Le fascinaba desde niño la captura del tiempo.
Como un Peter Pan de la relojería, paradoja de las paradojas, disfrutaba con el tic-tac constante de la lujosa tienda-taller que su padre tenía en Dunbar Street, Chicago.
Disfrutaba también con estropear los relojes que su padre arreglaba.
Era su vicio secreto de adolescencia. Destrozaba el tiempo, pero no sabía por qué; amaba el decurso de las agujas por la esfera numerada, pero en múltiples ocasiones no se resistía a la tentación de interponer su dedo entre las agujas con el fin de parar su marcha monótona e invariable.
Al cabo de los años, aquella pasión por los cronómetros creció tanto como él.
Supo así que la NASA había elegido un cronógrafo de la marca suiza Omega para cronometrar oficialmente todos sus proyectos espaciales.
Y tuvo noticia de que ese reloj seleccionado era el Speedmaster Professional, una obra maestra de la técnica, un pequeño portento de esfera luminosa negra con agujas en punta surcadas por una línea verde brillante, creado en 1946 pero con un calibre renovado enteramente en 1968: una máquina de la exactitud que en pocos años pasaría a popularizarse como «el reloj de la Luna».
Cuando unos días antes Neil Armstrong, a las 10 horas y 56 minutos del domingo 20 de julio, puso su pie —desde entonces más famoso que el de Alejandro Magno o que el de Cleopatra— sobre la superficie lunar, todos en el Hornet contuvieron el aliento.
Lo estaban viendo por la pantalla de televisión en el cuarto de oficiales.
El silencio tenso fue un prólogo a la histeria consiguiente.
La tripulación gritó y aplaudió en cuanto se dio cuenta de que Armstrong seguía ahí, de que no lo había engullido ninguna misteriosa masa blanda y ardiente, como creyeran los antiguos.
Solo el teniente Thorndike buscó en las imágenes de dudosa calidad que se recibían en aquel televisor la muñeca de Armstrong.
Incluso llegó a decir: «Mirad ese reloj.
Es Omega», pero su voz fue acallada por los gritos de alegría en que prorrumpieron sus compañeros.
En ese momento, a nadie le importaba el reloj ni nada por el estilo.
Pero tal vez solo porque desconocían que gracias a ese reloj el alunizaje había podido ser una realidad.
El reloj Speedmaster Professional, grisáceo sobre el tejido blanco del traje espacial de Armstrong, marcaba segundo a segundo los pasos a dar en una acción que no podía desviarse ni una centésima de los cálculos previos.
Después de miles de años de fascinación por aquel astro, ahora, sin que nadie o casi nadie en el USS Hornet pudiera sospecharlo, en ese preciso instante señalado por aquel reloj que entraba en la Historia, la Luna había llegado a su final.
No lo comprendieron; ni el mismo Thorndike era del todo consciente del gran alcance de las palabras, en apariencia triviales, que acababa de pronunciar.
El verso de Eliot «En mi principio está mi fin» adquirió de pronto su pleno sentido.
Que la palabra pronunciada fuese «omega», última letra del alfabeto griego, rodeó de simbolismo aquella escena que estaban viviendo.
De perverso simbolismo, incluso, pues no dejaba de ser sorprendente que toda esa frialdad científica con que se ejecutaban los actos de los astronautas fuese posible gracias a una exactitud cronográfica extrema, propiciada por una maquinaria que en última instancia llevaba el nombre de una de las más emblemáticas letras griegas, letra fetiche de la cultura y de la civilización occidentales.
Letra que hablaba de un final. El final de la Luna.
Sin duda el teniente Thorndike lo adivinó, porque cuando fue entrevistado por la revista Time — algo casual, sus propios compañeros lo eligieron para que relatase las impresiones de los oficiales que estaban en el barco de recogida, nada más—, se refirió a ello como si lo hubiera estado preparando desde hacía tiempo: «Sentí una gran emoción», dijo Thorndike.
«Bueno, todos la sentimos. Estábamos haciendo historia.
Pero yo sentí también una gran tristeza, porque era el final de la Luna.
Quiero decir que ya hemos llegado a la Luna y ahora buscaremos otros mundos.
Como dice el poema: “En mi principio está mi fin”…
¡Vaya! ¿No es precisamente un Omega el reloj de Armstrong? Qué curioso.»