Capítulo 20
Los lunáticos azerbaiyanos tenían otra suerte —relata Frazer—, acaso más espléndida pero breve.
Al parecer, en algunas regiones caucásicas erigieron Templos de la Luna; en ellos, los sacerdotes mantenían esclavos que, por su don de profetizar, detentaban una condición sagrada.
Cuando alguno de estos esclavos sacros profetizaba más de la cuenta, y se elevaba profiriendo frases incoherentes y comenzaba a manifestar síntomas de notoria locura, el sacerdote lo ataba con una gruesa cadena y durante un año le ofrecía todo tipo de lujos y manjares; al cabo de ese tiempo, el esclavo era sacrificado mediante un lanzazo en el corazón.
Todo se hacía bajo la más estricta inspiración de la Luna, a cuyo paraíso regresaba el alma del orate, para reencarnarse probablemente en un selenio, en un castor o en una de las razas de vespertillos.
Thorndike, antes de sumarse al resto de la tripulación, que comenzaba a subir a cubierta para vitorear a los astronautas, nuevamente buscó con la mirada la muñeca de Armstrong.
Allí seguía el Omega Speedmaster Professional, acero plateado y vidrio, los mismos elementos —cristal y plata— que el médico de César Borgia, el italiano Camilo Leonardo, adjudicó a la Luna por ser «simpáticos a ella».
Los mismos elementos que el falsario Lock puso en boca de Herschel como materiales de construcción de las columnas de Selenópolis.