Capítulo 10 #5
La carta no pasó de ahí. Tras unos cuantos intentos vanos de plasmar sus ideas y sentimientos en palabras coherentes, William Bligh dejó caer la pluma y rompió en jirones las hojas de papel esparcidas.
No había llorado desde que tenía memoria, pero las lágrimas empezaron a brotar. Eran las lágrimas duras y reluctantes de un hombre valiente, uno que había soportado muchas adversidades, uno que se había enfrentado a la muerte en la batalla sin inmutarse, y siempre con dignidad.
Se enfrentaba a un dolor insoportable. De alguna manera, debía ocultar su padecer a amigos y enemigos por igual; y, por encima de todo, debía ocultárselo a quien se lo había causado. Nada debía empañar la boda de Mary.
*
Ya casi había amanecido y el baile del gobernador no dejaba de brillar.
Oficiales del 73.º con faldas escocesas, infantes de marina con chaquetas escarlata, oficiales de marina con pantalones a la rodilla y uniformes de gala trenzados en oro…
Los caballeros civiles, con sus fracs de terciopelo, bailaban con damas vestidas de seda, satén y tafetán de todos los colores imaginables.
Nunca hubo un escenario más deslumbrante en la colonia de Nueva Gales del Sur. Pocos invitados mostraron alguna inclinación a retirarse en busca de descanso.
Desde un rincón apartado de la galería, Jessica observaba todo con los ojos cargados de sueño.
Estaba a un solo paso de la extenuación, pues había sido un día muy largo, con todos los preparativos que había tenido que atender a última hora para la fiesta: arreglar grandes ramos de flores y arbustos autóctonos; colgar farolillos en los árboles del exterior, en el salón de baile y en la carpa erigida para el desayuno nupcial del coronel O’Connell; servir comida y bebida en cantidades sin precedentes.
Como el resto del personal de la Casa de Gobierno, Jessica había estado de pie desde el amanecer.
Poco a poco, la casa se había ido llenando de jardineros y cocineros convictos, camareros y ordenanzas del regimiento.
De un lado al otro iban las vajillas con escudo para adornar las mesas, así como un ejército de limpiadoras y sirvientas reclutadas entre los militares casados del Septuagésimo Tercero.
La señora Macquarie, con una energía que parecía incombustible, lo había dirigido todo. Metió en orden lo que, al principio, había parecido un caos. Logró traer a sus filas a los ayudantes del gobernador, al secretario, al señor Campbell y a algunas de las esposas de los oficiales, y…
Jessica sonrió. Durante mucho tiempo la acompañaría el recuerdo del capitán Antill y el joven sobrino del gobernador, el alférez John Maclaine, ambos en equilibrio sobre unas escaleras mientras colocaban un festón de flores y vegetación, ayudados por el gaitero Fergus Mackinnon y dos ordenanzas.
En el centro del adorno, entre lazos plateados, estaban las iniciales del coronel O’Connell y su novia.
El servicio nupcial, oficiado por el reverendo Samuel Marsden, había sido el momento culminante del día.
Jessica solo lo había presenciado a la distancia, desde el ventajoso puesto que ocupaba, pues tenía que estar lista para ir al dormitorio a preparar el vestido de baile de su señora, entre otra media docena de recados.
Pero había visto a la señora Putland cruzar el recién construido salón de baile, cogida del brazo con charreteras de su padre, y había observado, con envidia momentánea, la alegría en el rostro de la joven cuando su prometido dio unos pasos y se puso a su lado.
Tras la ceremonia, hubo una recepción en la carpa, con interminables brindis y discursos, y luego, una comida espléndida como la que más.
Después, más discursos… Jessica solo podía recordar el del gobernador Macquarie.
En él, con lo que parecía genuino placer y afecto, el coronel Macquarie había anunciado su regalo oficial a la pareja: dos mil quinientos acres de tierra cultivable en un lugar llamado Riverstone, en el Hawkesbury.
El anuncio había sido recibido con un fuerte y prolongado aplauso. Jessica bajó la cabeza, sus pesados párpados se cerraron y se quedó dormida, demasiado cansada para seguir hurgando en su memoria.
La despertó una divertida voz masculina. Aturdida, levantó la vista para descubrir al capitán Antill inclinado sobre ella, con un vaso en la mano.
—Te he visto escondida aquí, Jessica India —le dijo entre sonrisas—, y te he traído esto para que te refresques. —Le entregó el vaso.— Vamos, hija mía, bebe, porque estoy seguro de que te lo has ganado cien veces. No te había visto sentada e inmóvil en todo el día.
—Ha sido un día ajetreado, señor —admitió Jessica—, pero memorable. —Con timidez, sorbió el contenido del vaso que él acababa de llevarle. Era un ponche de ron, embriagador y estimulante, que la ayudó a disipar las brumas del sueño.
—¡Atención! —exclamó el ayudante del gobernador—. ¡Parece que por fin bailaremos de verdad, y, por Dios, en el momento más oportuno! Están tocando las gaitas.
Jessica miró hacia abajo y vio que el capitán Antill estaba en lo cierto.
Dos de los gaiteros del 73.º ocupaban ya el estrado en lugar de la banda militar de cuerdas.
Uno era Fergus Mackinnon, ahora gaitero personal del gobernador.
Alrededor de los músicos, aplaudiendo y gritando con entusiasmo, había varios oficiales con faldas escocesas y algunos jóvenes de los barcos del rey.
El capitán Antill sonrió aún más.
—Estoy seguro de que bailas tan bien como cualquiera, mi pequeña India.
Vamos… —Le quitó el vaso y le tendió una mano para ayudarla a ponerse en pie.
— No tengo pareja y estoy seguro de que a la señora Macquarie no le importará que te invite a bailar algunos compases conmigo.
De todos modos, ella y el gobernador ya se han ido a la cama.
Jessica vaciló, pero la invitación era irresistible, por lo que dejó que él la condujera al salón de baile.
Ya había disminuido el número de invitados.
Los más viejos, en su mayoría, al igual que el gobernador y su esposa, hacía tiempo que se habían ido a descansar durante lo que quedaba de la noche.
Se oían los gritos de quienes intentaban formar grupos de ocho y sus pies que golpeaban el suelo al ritmo de la música.
Riendo de deleite, su compañero la guio hacia uno de los grupos del centro de la sala y se detuvo solo para quitarle a Jessica el delantal con volantes.
Ella era muy consciente de que debajo de ese delantal llevaba un vestido que su ama le había proporcionado para la ocasión.
No se trataba, en absoluto, de un vestido de baile; pero era de seda gris paloma y se ajustaba bien a su esbelta figura.
En cualquier caso, con la música de las gaitas en los oídos y su alto compañero de falda escocesa inclinándose ante ella, era demasiado tarde para escapar.
El grupo al que se habían unido estaba formado por jóvenes.
Ninguno cuestionó su presencia entre ellos.
Ella era una buena bailarina, además de que estaba acostumbrada desde la infancia a esta música y este tipo de baile.
Sus pies se movían con destreza. Se acercó a su pareja e hizo un giro sobre su brazo.
Se encontró entonces frente a un joven oficial de marina, rubio, con insignias blancas de guardiamarina en lo que parecía ser un uniforme muy nuevo.
No fue hasta que él la tomó del brazo que reconoció al joven como quien había rescatado al gaviero del Dromedary, aquel marinero que se estaba ahogando el día que llegaron a las costas de Sídney.
Recordó lo que la señora Macquarie le había dicho sobre los planes del gobernador de recompensar el heroísmo de este joven con la oferta de una carrera naval. Su nombre era Justin Broome.
Él resbaló y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando se incorporaron al octeto. Mientras Jessica le tendía una mano para darle apoyo, él exclamó avergonzado: —Perdóneme, pero el único baile que conozco es el hornpipe, y esperaba valerme de él.
La pareja del joven, a quien Jessica reconoció como Lucy Tempest, miró a este socarrona cuando ella, a su vez, saltó al centro del círculo a danzar con natural gracia a punta y tacón.
Jessica quedó junto al guardiamarina Broome; le dio la mano y, entre susurros, un consejo consolador: —No se preocupe; es un paso bastante sencillo, señor Broome.
A la derecha, ocho pasos; luego, ocho a la izquierda.
Ahora diríjase a su compañera y hágala girar.
—Listo —dijo él en cuanto volvió a su lado, sin aliento, pero triunfante.
—Cuando el capitán Antill haga pareja con ella, hagan los tres la figura del ocho, y lo mismo deben hacer las otras dos parejas.
Él sonrió.
—Gracias; pronto le cogeré el modo.
Y lo consiguió, observó Jessica con interés, pero no lo bastante rápido como para satisfacer a la señorita Lucy Tempest.
—Intercambiemos parejas —sugirió ella, y puso su mano enguantada de blanco en el brazo del capitán Antill, a quien dedicó un gesto seductor.
Los dos gaiteros del 73.º empezaron a entonar una nueva melodía—.
Esta será una rueda de cuatro, ¿verdad? La he estado practicando con Archibald MacNaughton y John Maclaine, y, querido capitán Antill, tengo muchas ganas de demostrarles a mis maestros lo bien que puedo bailarla…
con un experto como pareja. No tiene inconveniente, ¿verdad?
—Mientras Jessica India no ponga ninguna objeción. —Henry Antill, cortés, como siempre, hizo una reverencia y soltó la mano de Jessica. A Lucy Tempest le dijo—: Había supuesto que usted tenía intención de acompañar a su hermana, la señora O’Shea, al Hawkesbury.