Capítulo 10 #6
—¡Oh, no! —replicó la muchacha—. Abigail se ha ido, pero yo me quedo en Sídney.
No hay vida social en una monótona granja del Hawkesbury…
No soportaría volver a Yarramundie y menos con la pobre Abby de luto.
Oh, por favor, Capitán Antill, vayamos… —Su tono se volvió impaciente.
— El baile está comenzando y quiero encontrar a John Maclaine.
Cuando ya se habían perdido entre la multitud de bailarines, Justin Broome dijo inseguro: —Me temo que usted se ha llevado la peor parte de este intercambio, porque yo desconozco por completo… ¿Cómo ha dicho la señorita Tempest? Rueda de cuatro, ¿no es así?
—Sí —confirmó Jessica—. La rueda de cuatro.
—Entonces, si usted me lo permite, sentémonos, señorita… Perdóneme, pero me ha parecido escuchar al Capitán Antill dirigirse a usted como Jessica India. Es un nombre inusual. ¿Usted es la señorita India?
Jessica negó con la cabeza.
—Me llamo Jessica India Maclaine, señor Broome.
Él se inclinó y le ofreció el brazo. Cuando estuvieron sentados, preguntó extrañado: —Usted sabe mi nombre. ¿Cómo es posible, si no recuerdo que nos hayamos visto antes de esta noche? Y yo recordaría haberla conocido, señorita Maclaine.
Ella enrojeció ante la admiración en los ojos del muchacho.
—Yo estaba a bordo del Dromedary cuando usted acudió a rescatar a uno de los marineros. Lo vi todo desde el puente de popa, y vi cómo su barco era arrastrado hacia la orilla.
—Mi pobre Flinders. —A la fascinación en los ojos azules siguió un gesto de dolor.
Justin, entonces, se encogió de hombros y, perdida la rigidez, continuó—.
Pero mal viento es aquel que no trae nada bueno, como dicen por ahí.
Se dará cuenta de que mi puesto en un barco del rey se lo debo a ese desgraciado accidente: Su Excelencia el gobernador también fue testigo.
Es gracias a él que ahora llevo el uniforme del rey.
—lo sabía, señor Broome, sí. No hace mucho escuché a la señora Macquarie hablar de ello.
Y me alegré en ese momento, pues… —Jessica lo miró con una sonrisa.
— Cuando estaba mirando, temía que usted se ahogara.
No solo usted, sino también el hombrecillo que lo acompañaba, así como el pobre marinero.
Recé por ustedes… Creo que todos rezamos; incluso la esposa de Ellis Bent, que estaba conmigo en la pasarela de popa.
Ella no cabía en sí de la admiración. Dijo que era lo más gallardo que había visto nunca.
—¿Así que usted es íntima de la esposa del gobernador y también de la mujer del juez, señorita Maclaine?
—La anterior rigidez de Justin Broome había vuelto, como una barrera defensiva entre los dos, y Jessica lo miró sorprendida.
— ¿Debo suponer que su padre es oficial del regimiento de Su Excelencia?
—Antes de que ella pudiera responder, él añadió enérgico—: Esta noche he venido, en gran parte, por obligación, y ese es un hecho que me ha sido recordado por ciertos caballeros del Septuagésimo Tercer Regimiento.
El uniforme que ahora tengo el privilegio de portar no cambia lo que soy: un chico de la moneda, como muchos se complacen en llamarnos.
Soy nativo, señorita Maclaine, emancipado de estirpe…
, o convicto, si lo prefiere. Tal vez su padre no aprobaría que usted estuviera aquí sentada conmigo.
Privada por un momento de palabras por lo inesperado del amargo arrebato, Jessica siguió mirándolo con fijeza. Luego, sorprendida por lo absurdo de la situación, se echó a reír.
—Si hay alguien que está aquí por obligación soy yo, señor Broome —dijo al fin—.
Llegué como polizón a bordo del Dromedary y, gracias a los buenos oficios del capitán Antill, me dieron empleo como doncella personal de la señora Macquarie.
Mi intimidad con la señora Bent no va más allá de mis funciones y su deseo de emplearme, en caso de que Su Excelencia ya no requiera mis servicios.
—¡Santo cielo! —exclamó Justin con incredulidad, y enseguida también se echó a reír—. ¡No lo dirá en serio!
—Oh, sí, es verdad, se lo aseguro —Jessica señaló la galería sobre sus cabezas—.
Hace media hora estaba allí arriba, viendo el baile, ¿sabe?
, y me quedé dormida. El capitán Antill me encontró, y…
Lo conozco desde que era niña y él, un joven alférez del regimiento en Mysore.
Siempre ha sido muy amable conmigo y nunca se ha olvidado de que mi padre me puso el nombre de India.
Me hizo bajar a bailar con él y quitarme el delantal.
Quizás no debí haberlo hecho, pero mi señora se ha ido a la cama y la mayoría de los invitados se han marchado. No creí que hubiera nada malo.
—No lo hay —le aseguró Justin—, porque, después de todo, me ha permitido conocerla, ¿no es así? Jessica India Maclaine… —repitió caviloso—. Qué nombre tan significativo. Lo recordaré. Me ha dicho que se lo dio su padre… ¿Él todavía está en el regimiento?
—No, ha muerto. Murió en el asedio y captura de la fortaleza de Tipoo Sultan, en Seringapatam, hace once años.
Su Excelencia el coronel Macquarie estaba allí.
El capitán Antill llevaba la bandera del regimiento y resultó herido.
Seringapatam ha sido una de las batallas honrosas del Septuagésimo Tercero…
Animada por el evidente interés de Justin, Jessica siguió hablando. Le dio detalles de la batalla y sus consecuencias, cosas que ella había aprendido años atrás sobre las rodillas de su madre.
—¿Así que se quedó huérfana? —preguntó Justin, cuando ella llegó al final de su relato.
—No, mi madre se volvió a casar. Tengo un padrastro, sargento mayor de compañía en el regimiento. Se llama Duncan Campbell.
—¿Y él está aquí?
Ella negó con la cabeza.
—No, y mi madre tampoco. Yo… hui de él. Así fue como me convertí en polizón del Dromedary.
Bajo la gentil indagación de Justin, Jessica le contó cómo había huido de su brutal padrastro. Él la escuchó sin apartar un instante de su rostro los ojos azules.
—Yo también tengo un padrastro —le confió—, solo que en este aspecto soy más afortunado que usted.
Mi padre se ahogó en la inundación del Hawkesbury, la de 1806, y mi madre se casó con su primer amor, que es uno de los mejores hombres que he conocido: el capitán Andrew Hawley, de la Marina Real.
Me gustaría presentarle a mi familia, Jessica India, pero…
—Desalentado, encogió los hombros.— Hay muy poco tiempo.
Estamos listos para zarpar. Nos marcharemos tan pronto como el comodoro Bligh dé la orden.
Las tropas están embarcadas y dudo que alguno de nosotros tenga permiso para bajar a tierra después de esta noche.
Su Excelencia ya ha visto casarse a su hija, no querrá demorarse ahora.
—Pero volverá, ¿verdad? —preguntó Jessica. Sentía una punzada, pues se daba cuenta de que tal vez no volvería a verlo—. Este es su país.
Justin sonrió.
—Volveré, si Dios quiere, sí. Pero, si la guerra continúa y me destinan a uno de los barcos del rey, puede que pasen años antes de que tenga la oportunidad.
—Le cogió la mano y se la llevó a los labios en un movimiento tímido.
— La fiesta ha terminado, por desgracia, y debo irme. Pero no la olvidaré, Jessica India.
Jessica observó que la fiesta había terminado.
El salón de baile estaba casi desierto, y las gaitas, en silencio.
El gaitero Mackinnon la miraba sin pestañear, con el ceño fruncido en un gesto de censura; solo que no se acercó a hablar con ella.
Un momento después, el músico se alejó con su compañero.
A su paso, recibió el agradecimiento del capitán Antill.
La chica también vio a la señora Ovens. De repente, se encontró a sí misma volviendo a su papel habitual, confundida y mirando a su alrededor, casi con pánico, en busca del delantal perdido.
Por fortuna, cuando Justin Broome ya se había despedido, encontró la pieza de lino y se la puso, con su pechera de volantes, y se ató bien los cordones de la cintura.
Entonces se armó de valor para reunirse al pie de la escalera con la corpulenta ama de llaves.
—¿Me buscaba, señora Ovens? —preguntó nerviosa—. Me temo que estaba… Es decir …
—¿Qué estabas donde no debías, verdad? —dijo la señora Ovens con aspereza; pero entonces, para alivio de Jessica, la expresión de la mujer se relajó en una sonrisa—.
A la cama, muchacha. Ojos que no ven, corazón que no siente, y esto es así.
Con tal de que te levantes a tiempo para llevarle una taza de té a tu señora, no diré ni una palabra.
Y supongo que Su Excelencia tampoco dirá nada.
Oye, y ese joven oficial con el que estabas, ¿no fue quien salvó a uno de nuestros marineros de ahogarse cuando llegamos aquí?
—Sí, es él, señora Ovens. —Jessica vaciló—. Se llama Justin Broome.
—Entonces estabas en buena compañía, niña —afirmó la señora Ovens.
—Eso creo yo también —convino Jessica.
Se escabulló y, a pesar de su cansancio, subió a su habitación a paso ligero.