Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—No, queridísimo padre. —Volvió a mover la cabeza de un lado al otro—. Es que… ¡Ay, Dios, ayúdame, porque no puedo! Por favor, padre, el coronel O’Connell te está esperando. Quiere verte. Si lo recibes, él te lo dirá todo.

—¿Recibirlo? Claro que lo recibiré, Mary, y con mucho gusto, aunque confieso que me siento desconcertado. ¿Estás segura de que no estás enferma?

—Estoy segura —consiguió decir Mary.

Salió casi corriendo de la habitación y, unos minutos más tarde, el alto y apuesto comandante del Septuagésimo Tercero se presentó ante el exgobernador.

—¡Coronel O’Connell! —Bligh lo saludó afable y sin recelo.

Eran vecinos cercanos, y, de hecho, el gobernador depuesto y Mary se habían reunido con Maurice O’Connell en sociedad más que con los Macquarie.

Este hombre los había agasajado con pródiga hospitalidad y, durante la reciente visita de Bligh a los asentamientos del Hawkesbury, había invitado a Mary a una serie de actos que, al parecer, ella había disfrutado.

Pero, a pesar de esas favorables reflexiones, William Bligh se quedó desconcertado cuando, después de haberle preguntado al coronel O’Connell por el motivo de su visita, este respondió sin preámbulos: —Vengo a pedir la mano de su hija en matrimonio, señor.

—¿Matrimonio? Por Dios, hombre, ¿qué me está diciendo?

La señora Putland, es decir, Mary, volverá conmigo a Inglaterra.

¡Maldita sea, su camarote ya está preparado!

—El temperamento de Bligh, nunca fácil de controlar, estalló en una sucesión de amargos juramentos, pero Maurice O’Connell se mantuvo firme, a la espera de que se calmara.

— Mi hija no me ha dicho nada de esto… ¡Qué demonios! , ¡vaya noticia inesperada!

—Esto no ha sido repentino, comodoro Bligh —le aseguró O’Connell con seriedad—. He sentido un gran afecto por la señora Putland desde el momento en que tuve el honor de conocerla. Y, señor, soy el más afortunado de los hombres, ya que ella me ha confesado que corresponde a mis sentimientos.

—¿Ella le ha dicho eso, eh?

Poco a poco, la furia de Bligh menguaba.

El hombre empezó a sentirse consumido por la desesperación.

Nunca se le había ocurrido que Mary, su leal y devota Mary, de quien siempre había dependido, pudiera abandonarlo.

Y la sensación de pérdida era tal que ni siquiera se atrevía a mirar al hombre que, al parecer, se la estaba robando.

Que Dios lo ayudara, ¿qué diría Betsy?, ¿cómo se sentiría si él regresara a Inglaterra sin su hija?

—Mi hija no me ha dicho nada, coronel O’Connell —repitió con amargura.

—Le ha parecido más apropiado que se lo dijera yo, señor.

Creo… —O’Connell sentía lástima por él.— De hecho, señor, sé que ella no se atrevería a hacerle el menor daño, ya que es consciente de que esto debe de lastimarlo; pero la amo de verdad y deseo, de todo corazón, que sea mi esposa.

Mis perspectivas son buenas, señor. Como usted sin duda sabe, he sido nombrado teniente gobernador de esta colonia.

Me han ascendido al rango de coronel mientras sigo al mando el Septuagésimo Tercer Regimiento de Su Majestad. Soy heredero de una baronía, y…

William Bligh, recuperado el control, lo cortó en seco.

—Sí, sí, sé todo eso. Pero, antes de dar mi aprobación a la boda, debo oír de labios de mi hija que… —estuvo a punto de decir «que tiene la intención de abandonarme», pero en un instante cambió por un más discreto— que ese es su deseo.

—La llamaré, señor —ofreció Maurice O’Connell, con una complacencia que reavivó la ira del padre—. Le aseguro que me escuchará.

Se dirigió a la puerta y Mary, con sospechosa presteza, fue a reunirse con él. Agarrada de su mano y con una sonrisa cálida y feliz, se enfrentó a la mirada de reproche de su padre.

—¿Ya te lo ha dicho Maurice? Oh, por favor, queridísimo papá, te ruego que nos des tu bendición.

La idea de separarme de ti me apena más de lo que puedo expresar con palabras, pero yo…

Padre, Maurice y yo estamos de acuerdo. En verdad deseo, y te digo esto con toda mi consideración y sinceridad, que des tu consentimiento a nuestro matrimonio.

Junto a su apuesto soldado, parecía tan radiante que William Bligh supo que no podía rechazar su petición, costara lo que costara.

Ella era todavía joven, reflexionó, aún tenía toda la vida por delante, mientras que él mismo…

Taciturno, se vio obligado a admitir que sus perspectivas no podían igualar las de O’Connell.

Cierto, él podría salir indemne, y Johnston, condenado.

Pero ¿lo enviarían sus señorías de nuevo a la mar?

, ¿le permitirían izar su estandarte?, ¿o la infame asonada del Cuerpo del Ron lo había vencido, en parte, si no del todo, como había ocurrido en el motín del Bounty ?

Suspiró. Para disimular sus emociones, preguntó con brusquedad: —¿Cuándo tiene pensado casarse?

Maurice O’Connell respondió sin vacilar:

—Antes de que usted zarpe, señor. Mary está ansiosa por que Su Excelencia asista al servicio nupcial y la entregue.

—Miró a Mary con expresión tierna.— La boda se celebraría en la Casa de Gobierno.

La recepción precedería al baile del gobernador, si usted nos diera su consentimiento, señor.

Ya que será toda una ocasión de regocijo, los dos actos podrían ser una combinación feliz.

—El señor Marsden será quien nos case, padre —añadió Mary.

Así que habían tomado todas las decisiones y puesto en marcha sus planes sin consultarlo, pensó William Bligh con tristeza.

Mary, según ella misma lo había admitido, era consciente del dolor que le causaría la separación; aun así, había dado la aquiescencia de su padre por sentada.

De repente, se sintió cansado de todo esto.

Deseaba embarcar y hacerse a la mar y dejar atrás las formalidades; las formalidades y la angustia, los insultos velados y los intentos de desacreditarlo… Su boca se tensó.

El coronel Macquarie había jurado el cargo de gobernador, había ocupado la residencia oficial y promulgado órdenes y edictos sin esperar a su regreso y reincorporación…

¡Que él apadrinara a Mary! ¡Que la diera en matrimonio a su segundo al mando!

Era evidente que ese hombre y su astuta esposa escocesa habían fomentado ese emparejamiento desde la clandestinidad.

Mary había pasado gran parte de su tiempo en la Casa de Gobierno mientras la difícil tarea de obtener pruebas para el juicio de Johnston ocupaba toda su propia atención.

Tal vez la había descuidado; en ese sentido, demonios, quizás había sido negligente o, por lo menos, desconsiderado.

De ser así, no podía culpar a Mary, sino a sí mismo y a los tres veces malditos Macquarie.

Doblegado por el peso de lo que reconocía como un cuerpo envejecido y demasiado abultado, William Bligh se puso en pie.

Los vivos ojos azules de Mary, eco de los suyos, se encontraron con su mirada suplicante.

Así los había visto él muchas veces, con ella temiéndose un estallido de furia ingobernable y empeñada, como siempre, en evitarlo.

—Padre —comenzó, en un tenso susurro—. Queridísimo papá, le he dado mi palabra a Maurice. Yo…

Él se las arregló para esbozar una sonrisa.

Se dijo a sí mismo que debía entregarla.

Ella había elegido ya. Antes de abandonar la colonia de Nueva Gales del Sur, el último de sus actos debía ser amable, de acuerdo con los deseos de su adorada hija; sin arrebatos ni rencores, ni siquiera una palabra de reproche, porque ella había elegido bien.

Maurice O’Connell gozaba de gran estima entre todos los que lo conocían.

La complacencia de Mary por ese hombre era evidente.

—Si estás segura, Mary, querida —se las arregló para hablar—, que así sea.

—Estoy segura, padre —respondió Mary con tranquila convicción.

El gobernador depuesto tendió la mano a su futuro yerno.

—Entonces, tiene mi consentimiento, coronel O’Connell, aunque confieso que me rompe el corazón dárselo.

Esta dulce hija mía me es más querida que mi propia vida.

Pero reconozco en usted a un hombre de honor y elevada naturaleza, y, si he de perderla, solo puedo alegrarme de que sea por su culpa.

Mi única preocupación es la felicidad y el bienestar de Mary.

—Y esa será también mi preocupación, señor, siempre, puede estar seguro. —O’Connell estrechó con afecto la mano extendida—. Mañana daré una cena para anunciar nuestros esponsales. Confío en que Su Excelencia me honrará asistiendo. A las ocho en punto, señor, si le parece bien.

—Por supuesto —respondió Bligh, consciente de que aún sonaba un poco irritado, pero es que era incapaz de contenerse. En un instante, Mary rodeó el escritorio y le plantó un beso, tan afectuoso y agradecido, que le desgarró el corazón.

Cuando se hubieron ido, cogió la pluma. Se acercó una hoja de papel y empezó a escribir una carta a su mujer. Como hacía siempre, la encabezó con las palabras «Mi queridísimo amor».

La Providencia ha dispuesto ciertas cosas que no tienen explicación, y eso ha sucedido con Mary.

Atrapado entre los afectos más paternales y las conflictivas pasiones de adoración por una hija tan buena y admirada, me he topado con lo que menos esperaba: sin que yo me diera cuenta, el teniente coronel O’Connell, el hombre al mando del Septuagésimo Tercer Regimiento, se ha ganado su afecto.

¿Qué no sentirás, mi querida Betsy, por mi situación en estos momentos, si te digo que nada de lo que he podido decir ha surtido efecto? Por fin, abrumado por una pérdida irrecuperable, solo he podido hacer lo mejor. Sin alternativa alguna, he dado mi consentimiento a su matrimonio.

Nada puede superar la consideración y el carácter cimero del coronel O’Connell. También es teniente gobernador del territorio. Tengo muchas pruebas de su honor, bondad y sensatez…