Capítulo 10 #3
—Sigo siendo solo tu madre, Willie —se las arregló para decir—, pero tal vez me haga la señora por un rato.
*
Sentado ante el escritorio de la pequeña casa de alquiler, en la esquina de las calles Bridge y Pitt, el comodoro Bligh estudiaba los documentos que había traído consigo de la reunión de colonos en Green Hills.
Era cierto que la asistencia había sido escasa, debido a su desafortunada enfermedad y al hecho de que la reunión había tenido que aplazarse, pero el más leal de sus partidarios, George Suttor, le tenía hecho un discurso por el honorable fin de su «confinamiento y persecución».
Lo suscribían más de cuatrocientas firmas.
Una reunión similar, celebrada en Sídney y presidida por el recién restablecido preboste, William Gore, había arrojado un resultado menos alegre.
Gore había hecho todo lo posible, solo que, con la fuerte oposición de un núcleo duro de partidarios de Macarthur, entre los que estaban incluidos Simeon Lord, D’Arcy Wentworth y John Blaxland, las resoluciones condenatorias a la conducta del coronel George Johnston habían sido aprobadas por una mayoría marginal.
A pesar de todo, la reunión se había llevado a cabo y a Bligh se le había ofrecido una declaración pública en forma de discurso.
Los firmantes expresaban su regocijo por su restitución en el cargo virreinal, así como por la reivindicación de su categoría y modo de actuar.
Condenaban el alegato de Johnston, en su primer comunicado al secretario colonial, lord Castlereagh, de que habían «apresado y encarcelado al gobernador legítimo de la colonia» para evitar que fuera masacrado por la enardecida turba de Sídney.
El gobernador depuesto frunció el ceño al leer: Solidarios, repudiamos a una sola voz esta acusación falsa, antiliberal y traicionera con la que, en la oscuridad, el coronel Johnston intentó apuñalar nuestra reputación.
A nosotros quiso transferir tanto su propia culpa como la de su socio, John Macarthur.
Sus ojos bajaron por la página para releer de nuevo la última frase:
… este agradecido tributo de quienes hemos sido testigos de la meritoria administración de Su Excelencia llegará a la posteridad unido al nombre de Bligh, como muestra de la veneración y estima que siempre hemos tenido por él…
«La posteridad», pensó un sombrío William Bligh.
La posteridad podía hacer de esas palabras lo que quisiera.
Por el momento, lo único que lo preocupaba era si bastarían para ver a George Johnston condenado por traición y ahorcado.
El juicio del archienemigo Macarthur, según el nuevo juez, Ellis Bent, tenía que celebrarse en la colonia; pero, si Johnston fuera declarado culpable de traición en su consejo de guerra, no cabía duda de que en Sídney no podría pronunciarse un veredicto distinto contra Macarthur.
El hombre permanecería en Inglaterra como un fugitivo de la justicia o tomaría un barco de vuelta a Nueva Gales del Sur para enfrentar las acusaciones que allí se le hicieran.
Cualquiera que fuese su elección, se vería obligado a sufrir por sus crímenes.
La boca firme de Bligh se comprimió en una línea dura y apretada.
Plegó el discurso con cuidado y lo guardó en su abultado archivo.
Allí estaban las declaraciones juradas que había pedido a los colonos del Hawkesbury, firmadas y selladas; las declaraciones, con los debidos testigos, de varios de los ciudadanos más respetables de Sídney, tanto comerciantes como funcionarios.
Y… Recogió la lista que había compilado.
Nueve de los más leales y fiables lo acompañarían a Inglaterra a bordo del Hindostan: el comisario Palmer, Robert Campbell, William Gore, el reverendo Henry Fulton, el subcomisario Williamson y dos colonos, Sutter y Mason; también, el alguacil jefe de Parramatta, Oakes, que había arrestado a John Macarthur para llevarlo a juicio, tres años antes, y el superintendente de convictos Devine.
Richard Atkins y el abogado Crossley también navegarían, aunque Atkins, el antiguo juez, había dado a la administración rebelde de Foveaux su apoyo como un vil traidor.
El propio Joseph Foveaux, alabado fuera el cielo, había abandonado la colonia, hacía seis semanas, en el bergantín Experiment.
Iba empeñado, de eso no tenía ninguna duda William Bligh, en ponerle a la opinión pública de Inglaterra en contra.
Imprudente y canalla como era, lo mismo había intentado hacer ese excomandante del Cuerpo del Ron.
Ahora bien, en lo que se refería al coronel Lachlan Macquarie, cada vez se hacía más evidente que Foveaux había tenido éxito.
El gobernador se mostraba distante, poco atento y, en ocasiones, apenas cortés con Bligh.
El comodoro estaba convencido de que eso era, casi en su totalidad, resultado de la falsa impresión que Foveaux había esculpido con tanto esfuerzo, así como a las acusaciones maliciosas y sin fundamento que había vertido en el desprevenido oído del nuevo gobernador.
Incluso se llegó a decir que Macquarie había querido retener sus servicios y que le había ofrecido el mando de la nueva compañía de veteranos o, si no, el cargo de teniente gobernador de la Tierra de Van Diemen, dada la repentina muerte del coronel Collins.
Pero Foveaux había optado por volver a casa y…
Bligh frunció el ceño ante los papeles esparcidos por su escritorio.
Eso solo podía tener una explicación: el canalla pretendía presentarle oposición cuando Johnston fuera llevado a juicio.
Con toda probabilidad, lo haría buscando más su propio ascenso que la salvación de Johnston.
Joseph Foveaux era un oportunista sin escrúpulos ni lealtad, y tenía influencia en las altas esferas.
Todos la tenían, ¡maldición! Johnston, a través del duque de Northumberland; Macarthur, a través de lord Camden y la infernal Junta de Comercio, que quería su lana.
Él, en cambio, solo podía contar con sir Joseph Banks.
Frunció el ceño. El poder de Banks era inmenso.
Se lo consideraba la principal autoridad en la colonia de Nueva Gales del Sur.
Además, nunca le había regateado su apoyo.
De hecho, si había que creer a su amada esposa, Betsy, sir Joseph había intervenido con tesón en su favor, tanto ante el primer ministro como ante el secretario colonial. Él…
Se oyó un golpe leve en la puerta. Puesto que reconocía a quien había llamado, la expresión de William Bligh se relajó.
¿Qué habría podido hacer, se preguntaba, sin la lealtad y la compañía de su hija Mary durante estos últimos años tan difíciles?
Mary, bendito su cálido corazón, nunca había dejado de animarlo y consolarlo.
Afligida por la trágica muerte de su marido, el pobre Charles Putland, tres años antes, había encontrado el valor moral, y también físico, para luchar en su defensa.
Sin una sola queja, había compartido su encarcelamiento tras la rebelión del Cuerpo del Ron y el exilio en la Tierra de Van Diemen.
—¡Queridísima niña! —William Bligh aceptó el beso considerado y le sonrió.
Hizo a un lado el revoltijo de papeles para que ella pudiera sentarse a su lado, encima del escritorio.
— Todo esto terminará pronto, gracias a Dios.
Esta tarde he subido a bordo del Hindostan y John Pasco me ha enseñado los preparativos de tu alojamiento, que están casi terminados.
Estarás en el mismo piso que su mujer, Rebecca, y no me cabe duda de que encontrarás en los oficiales de Pasco una compañía más agradable que los miserables de Porteous.
—Sí, papá, pero yo…
No la dejó terminar.
—Tan pronto como las reparaciones del Dromedary estén terminadas, podremos zarpar…
¡Podremos dejar atrás este miserable lugar, Mary!
Y estoy seguro de que, una vez que el consejo de guerra del coronel Johnston haya terminado y yo haya sido reivindicado del todo ante el público, sus señorías se encargarán de que me den mi estandarte.
Tu querida madre tendrá su casa en Southampton, o en Londres si lo prefiere; o quizás en Lambeth, que siempre le ha gustado.
Con el sueldo de un contraalmirante, podré permitírmelo.
Mary volvió a intentar interrumpirlo. El color de su hermoso rostro ovalado se estaba apagando, pero el comodoro no dejaba de hablar, ajeno, por lo visto, a la agitación y palidez de su hija.
—Me corresponde un ascenso —observó—. ¡Maldita sea, llevo más de veinte años en el puesto!
John Pasco, aunque está al mando del Hindostan, aún no ha recibido la promoción que debería haber tenido después de Trafalgar.
Qué condenada injusticia, Mary. Esta tarde, él mismo me ha estado contando lo que ocurrió: el difunto Lord Nelson tenía una extraña manía: cuando su barco entraba en combate, hacía que el primer oficial de su lista para el ascenso desempeñara el cargo de oficial de señales, y el segundo, el de teniente primero.
El pobre Pasco, aunque era primero en el Victory, solo recibió el grado de comandante.
¡El sexto teniente, un muchacho llamado Quilham, fue ascendido a teniente de navío!
Y Pasco también terminó con heridas en Trafalgar; tanto así que se le concedió una pensión por lesiones de doscientas cincuenta libras.
—Papá, por favor, te ruego que me escuches, que me prestes atención. —La voz de Mary era tensa y aguda. Por fin, su padre dejó de hablar para mirarla preocupado.
—Mi amada niña, ¿estás enferma? Estás tan blanca como un fantasma. Es este clima infernal. —Bligh le cogió la mano y se la acarició con suavidad—. Unas semanas en la mar, querida, y recuperarás tu salud y tu buen humor.
Mary negó con la cabeza y él notó, alarmado, que estaba llorando.
—Mary, ¿qué te pasa? ¿Te he hecho enojar?