Capítulo 10 #2
Y Tom se ocuparía del ordeño, pensó Jenny, y también atendería a la cerda, si fuera necesario.
William abrevaría a las yeguas de cría en cuanto regresara del potrero lejano, donde estaba con Nanbaree.
Se hizo eco de la sonrisa de Nan y aceptó una rebanada del pan recién horneado.
La invadió una agradable sensación de laxitud.
—Así que no tiene nada que hacer, excepto beber té y, tal vez, ajustar un poco ese vestido —terminó triunfante la mujer del capataz—. Y yo puedo ayudarla con eso. Es un vestido muy bonito, señora Hawley.
—Sí, Nan —aceptó Jenny—, es muy bonito. Es un vestido precioso.
—Va a llevarlo en el baile del gobernador, ¿verdad?
—Ah…, bueno, sí, supongo que sí. Si me invitan.
Qué lejos habían quedado los días en que era una convicta, reflexionó Jenny.
La única vez que había entrado en la Casa de Gobierno había sido…
, ay, Dios, hacía más de veinte años, después de que la hubieran hecho pasar una noche de castigo en la isla Pinchgut.
En aquella ocasión, el gobernador Phillip la había sermoneado con severidad por su conducta y le había aconsejado que se casara con un buen hombre.
«¿Un convicto, Su Excelencia?», había preguntado ella con amargura.
En aquel momento lo odiaba, porque el hombre le había dado órdenes a Andrew de volver a Inglaterra, con tal de impedir su matrimonio.
Y el gobernador Phillip, ciego a los resentimientos de Jenny, olvidadizo, sin duda, de lo que los había motivado, había inclinado su empelucada cabeza en señal de asentimiento.
Con frialdad, le había dicho que debía elegir a un convicto con una sentencia corta.
«Entonces podría concederos tierras a los dos —había dicho—.
Y, si vuestra conducta mereciera una consideración favorable de mi parte, ambos podríais obtener el indulto y convertiros en colonos libres.
Sería un buen plan por el que trabajar, ¿no?
». Bueno, ella había trabajado por esa meta y la había alcanzado, se dijo.
Recordaba esa escena, como también las advertencias del gobernador Phillip y sus proféticas promesas de prosperidad para la dura e inhóspita tierra de su exilio: «Aquí hay llanuras fértiles que solo necesitan el trabajo del agricultor para producir en abundancia los frutos más hermosos y ricos.
Aquí hay pastizales interminables que serán el hogar de rebaños y manadas incalculables».
Todavía no se habían materializado las fértiles llanuras ni los interminables pastos.
Quizás se encontraban al otro lado de la hasta entonces infranqueable barrera de las montañas Azules; pero ella tenía su tierra y era una colona libre, y el nuevo gobernador estaba a punto de invitarla a un baile en la Casa de Gobierno.
Con los ojos llenándosele de lágrimas, Jenny cogió su taza y se apresuró a apurar el té.
Nancy Jardine, que no parecía notar nada raro, le dijo con confianza: —Ah, seguro que la invitarán, señora Hawley, así que será mejor que nos pongamos a trabajar en ese vestido.
Y Tom podría agrandar los zapatos. No querrá perderse una gran ocasión como esa, ¿verdad?
Sobre todo, mientras Justin navega en un barco del rey con intenciones de convertirse en oficial de la Marina Real.
¡Y navega rumbo a Inglaterra! Tiene derecho a estar orgullosa de él.
Y lo estaba. No era que Justin no se mereciera eso.
Una vez más, se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.
La inesperada llegada de Justin con sus trascendentales noticias le había llenado el corazón de orgullo.
Jenny se había apresurado a asegurarle que no había nada, por su parte, que se interpusiera en su camino.
No debía ni siquiera pensar en rechazar la oferta del capitán Pasco.
Tanto ella como Andrew se lo habían dicho medio centenar de veces ya.
Incluso el irascible comodoro Bligh, al enterarse de ello, había dejado de quejarse de sus piernas hinchadas durante el tiempo suficiente para, al menos, hacerse eco de las palabras de Jenny y Andrew.
A Justin, el exgobernador le había dicho, sin la menor condescendencia: —Puede contar con mi patrocinio, señor Broome.
Si consigue demostrar que tiene lo que hay que tener, haré todo lo que esté en mi mano para ayudarlo en su carrera.
Nancy Jardine cogió la tetera y volvió a llenar las tazas.
—Sin embargo —matizó sin rodeos—, a fuerza de ser sincera, no puedo decir que envidie al muchacho por tener que servir a las órdenes de alguien como el comodoro Bligh. Si nos guiamos por la forma en que Su Excelencia se ha comportado aquí, el pobre joven Justin no lo tendrá fácil.
Jenny sabía que el exgobernador lo había provocado en numerosas ocasiones. Luego, cuando se dio cuenta de que ya había dicho lo mismo, se interrumpió con una sonrisa irónica.
—No dudo que Justin aguantará, Nan. Siempre lo ha hecho, desde que era pequeño. Y nunca ha querido hacer otra cosa que ir a la mar.
—Igual que su padre —dijo Nan con astucia—. Tampoco estaba hecho para la agricultura, ¿verdad?
—No —reconoció Jenny. Tuvo una fugaz visión del rostro bronceado y sonriente de Johnny Broome, sus ojos azules de marinero, y sintió que se le encogía el corazón.
Johnny, con marcas de latigazos grabadas a fuego en la carne de la espalda y cicatrices de los grilletes de presidiario en las muñecas y los tobillos, había encontrado la libertad en la mar.
Él también habría estado orgulloso de su hijo…
—Pero el joven William —dijo Nan, con el rostro regordete y franco de repente envuelto en sonrisas— ha nacido para esto, señora Hawley. Creo que cometería un error si lo obligara a volver a la escuela. Su corazón está aquí. Si lo mandaran fuera otro año, se llenaría de inquietud.
—Solo tiene diez años —le recordó Jenny.
—Sí, lo sé, pero… —Nan vaciló. De repente, habló con una expresión seria y preocupada—. Señora Hawley, Tom me ha dicho que usted está pensando en vender estas tierras al señor Dawson. Dice que usted misma se lo dijo no hace mucho.
—Sí —confesó Jenny—, lo he pensado… Todavía lo estoy pensando, Nan. Tú y Tom estaríais bien, por supuesto. El señor Dawson os mantendría y os pagaría mejor que yo, imagino.
Explicó meticulosa los porqués y Nan la escuchó en un silencio impasible, sin hacer ningún comentario hasta que ella hubo terminado.
Entonces, la esposa del capataz le dijo en voz baja: —Me entristecería tener que verla marchar, y no fingiré lo contrario.
Pero, por su bien y el del capitán Hawley, quizá sea lo mejor.
Este trabajo es demasiado duro para usted, señora Hawley, y eso es un hecho.
—Ha sido así solo desde mi accidente, Nan —protestó Jenny.
—Sí, es cierto —reconoció Nancy—, pero no han sido solo las costillas rotas… Ha sido también perder a ese semental por el que tanto había apostado. Tengo ojos en la cabeza, lo he visto. Perder a Sirius le ha arrancado el corazón, ¿no es así?
Tal vez sí, reflexionó Jenny con tristeza.
Sirius había sido la estrella de sus planes de cría, aparte de que había puesto todo el amor y el orgullo en ese joven animal.
Ya había sufrido pérdidas, por supuesto, y muchas de ellas más costosas.
Nan tenía razón en un aspecto: la pérdida de Sirius le había partido el corazón.
—Por lo visto, el capitán Hawley quiere volver a ser soldado —continuó Nan con gravedad—, y, ahora que el nuevo gobernador ha dejado claro que el estigma de emancipado no convierte en parias a las personas decentes, usted podría ir a Sídney, señora Hawley.
Ahí podrían vivir como la alta burguesía; usted y él, en lugar de seguir esclavizándose aquí.
Podrían tener una buena casa, con sirvientes, e ir a cenar a la Casa de Gobierno con las damas de los otros oficiales.
De hecho, podría llegar a ser respetable, pensó Jenny, si seguía la última sugerencia de Nan hasta su conclusión lógica.
Sus labios se torcieron en una sonrisa sombría al imaginar la inevitable reacción de Henrietta Dawson si, por casualidad, llegaran a encontrarse cara a cara en la mesa del gobernador.
Henrietta guardaba un amargo resentimiento hacia su madrastra, Frances Spence, de delicada cuna, mientras que ella misma…
Sin quererlo, sonrió aún más. Haberse criado en una pobre casita de campo en la finca de un noble en Yorkshire y haber pasado la infancia en una taberna de Londres, la de Los Tres Locos, entre salteadores de caminos y bribones por el estilo, no le daba la calidad de respetable, precisamente; sin embargo…
Nan la vio sonreír y extendió una mano para coger la suya.
—Si le preocupa William, señora Hawley —dijo, en una interpretación equivocada de los pensamientos de Jenny—, él puede quedarse aquí junto con Tom y conmigo. Confíe en que cuidaremos del muchacho como si fuera nuestro.
Jenny le devolvió el apretón de manos con calidez.
—Sé que puedo confiar en vosotros —respondió—. Gracias, Nan, de verdad, te estoy muy agradecida. Pensaré en venderle esto al señor Dawson. Quizá ha llegado el momento.
—Que sí —afirmó Nan. Empezó a apilar la vajilla en su bandeja—. Voy a guardar esto y luego volveré para ayudarla a ponerse el vestido para el baile del gobernador.
Se fue corriendo a la cocina. Cuando regresó al salón, Jenny ya se había puesto el vestido y sujetaba los brillantes pliegues de seda sueltos. Nan se detuvo en la puerta, asombrada de pronto.
—¡Vaya, señora Hawley! —exclamó—, ¡está preciosa, se lo juro! No habrá nadie que le haga sombra, ni siquiera la mismísima señora del gobernador.
Sorprendida pero satisfecha, Jenny se volvió hacia la puerta y vio a su hijo William tras la amplia espalda de Nan. La estupefacción en el rostro empolvado del niño y el asombrado «¡mamá, no sabía que eras una dama!» hicieron que Jenny se arrodillara a su lado. No sabía si reír o llorar.