Los exploradores (Los australianos 7) Capítulo 10
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Capítulo 10

Jenny Hawley se detuvo ante la puerta abierta de la granja de Long Wrekin y observó, aliviada, cómo el carruaje del comodoro Bligh y la escolta montada desaparecían tras una asfixiante nube de polvo en dirección al río.

Durante los últimos tres días y tres noches, el gobernador depuesto había ocupado el dormitorio que ella solía compartir con Andrew.

El comodoro había contraído fiebre a consecuencia de haber abandonado su carruaje para cabalgar las últimas veinte millas hasta Green Hills, donde tenía convocada una reunión pública.

Pálido y apenas consciente, lo habían llevado a Long Wrekin para que se recuperara.

Ella y Nancy Jardine habían hecho todo lo posible por cuidarlo, pero… Jenny suspiró. El comodoro había resultado ser un paciente irascible y muy difícil, e incluso el buen doctor Arndell, traído a toda prisa desde su cercana propiedad, no había podido hacer gran cosa para calmarlo.

«Llévenselo, tengo asuntos urgentes que atender —les había gruñido—.

Ese imperdonable canalla de Macarthur robó las pruebas que necesito contra él, y lo que no se llevó a Inglaterra, Johnston se las ingenió para destruirlo: mis archivos, mis libros de cartas, las copias de las instrucciones que recibí de la Oficina Colonial, todo terminó en las hogueras de esos villanos, ¡malditas sean sus almas!

, ¡que se pierdan! Por eso estoy aquí, porque necesito declaraciones juradas de los colonos leales.

Debo ir a Green Hills sin demora. Hay que volver a convocar la reunión. »

Y se había vuelto a convocar, por supuesto, pensó Jenny.

El gobernador depuesto no tenía partidarios más leales que los colonos del Hawkesbury, y todos estarían allí cuando él llegara a Green Hills esa tarde.

Andrew, obligado una vez más a ponerse al servicio de su patrón, había cabalgado delante, acompañado de Justin, para asegurarse de que así ocurriera.

El comodoro Bligh había salido cojeando a su carruaje.

Su fornido y cada vez más corpulento cuerpo iba doblado, con las piernas aún hinchadas y provocándole dolor.

Para Jenny y Nancy, el hombre había expresado unas tardías palabras de agradecimiento, pero, para el pobre Thomas Arndell, en cuyo frágil brazo se apoyaba, no había tenido más que insultos.

Como si leyera sus pensamientos, Nancy Jardine habló detrás: —Bueno, este es un visitante al que no tengo prisa por volver a ver. ¡Qué carácter y qué lenguaje!

—Son muchas las cosas que han provocado a Su Excelencia, Nan —se sintió obligada a comentar Jenny.

—Oh, sí, lo sé… No hablaba de otra cosa —respondió la esposa del capataz con acritud—.

Y, como la mayoría de la gente de aquí, yo también quiero que los oficiales rebeldes del Cuerpo del Ron reciban su merecido.

Y el señor Macarthur con ellos. Pero usted tampoco está muy bien, ¿verdad, señora Hawley?

Y él no ha tenido ninguna consideración con usted.

Casi le provoca un desmayo con sus tráigame esto, tráigame lo otro, y apenas una palabra de agradecimiento.

Era cierto. Jenny estaba obligada a reconocerlo.

Las costillas que se había fracturado al caer de Sirius tardaban en curar.

Aún sentía un dolor considerable como consecuencia de la lesión.

Pero mejoraba y… Sonrió, recordando el bienintencionado consejo del doctor Arndell de descansar todo lo posible y no aventurarse a montar a caballo, salvo en caso de urgencia ineludible.

Siempre había asuntos urgentes de los que ocuparse en la granja; y, con Andrew ausente en Sídney durante la mayor parte del tiempo, ocupado en sus deberes militares, solo estaban disponibles ella, Tom y William para ocuparse de todo.

Y William, bien lo sabía, debía estar en la escuela con Rachel.

—He preparado una taza de té —le dijo Nan Jardine—. ¿Por qué no entra y se sienta un rato? Ahí está el paquete que le envió la señora Spence, con el vestido y todas esas chucherías. Apenas las ha mirado, ¿verdad?

Ni siquiera las había mirado, pensó Jenny, mientras su conciencia se lo recordaba en un reproche.

Siguió a Nan al interior de la casa. Frances Spence le había confeccionado un vestido de exquisita seda china.

En lo que la mujer de su capataz se complacía en llamar «esas chucherías» se incluían un par de guantes blancos hasta el codo, medias, un chal de cachemira y zapatos de piel de lagarto aborigen.

La carta de Frances, que acompañaba al paquete, había llegado con Justin a bordo del Fanny. Le explicaba a Jenny el motivo de los regalos reunidos con tanto amor. Mientras Nan iba a por la bandeja del té, Jenny sacó la carta y, sentada en un sillón, la releyó.

Se va a celebrar un baile en la Casa de Gobierno para despedir a nuestro exgobernador. Nadie sabe todavía cuándo será, ya que el comodoro Bligh aún no ha comunicado la fecha exacta de su partida, pero la señora Macquarie ya ha empezado a hacer los preparativos y a una escala sin precedentes.

Sin duda, Andrew y tú recibiréis una invitación para asistir, y no hace falta que te diga, querida Jenny, que Jasper y yo estaremos encantados de ofreceros alojamiento.

Dado que vives en el Hawkesbury, anticipo que me dirás que tu guardarropa es deficiente y que no tienes ningún vestido de baile. Por lo tanto, para asegurarme de que aceptarás la invitación de Sus Excelencias, estoy tomando las medidas necesarias para cubrir esa deficiencia.

Han pasado muchos años desde que hice de costurera y confeccioné los primeros pantalones largos de Justin. Espero no haber perdido del todo mi habilidad y que este vestido te quede tan bien y te dé tanto placer como la ropa interior de Justin, hace tantos años.

Jenny suspiró con pesar. El vestido le encantaba, pero había adelgazado durante el último año y tendría que entallárselo.

Los guantes, por desgracia, eran demasiado pequeños para sus manos ásperas y endurecidas por el trabajo, en tanto que los zapatos le sentaban mejor a Rachel que a ella.

Pero había sido un gesto muy amable de parte de Frances Spence.

Se sintió conmovida y agradecida. Siguió leyendo:

Por fin, Henrietta ha convencido a Timothy para que le compre una casa en la ciudad. Han encontrado un lugar adecuado en la calle Pitt, al lado de la casa del capitán Houston. Henrietta y los niños se trasladarán allí en breve.

Abigail habla de volver a Yarramundie con el pequeño Dickon y su fiel Kate.

Pobre niña, tiene el corazón destrozado por la trágica muerte del teniente Fortescue, como sin duda te habrá contado Justin.

Lucy es muy reacia a irse con ella, pues lo está pasando demasiado bien aquí.

Toma en cuenta que, aunque Lucy decida quedarse, tendré sitio de sobra para ti y Andrew.

Por favor, ven. Anhelo volver a verte y hablar contigo.

Hace mucho tiempo que no disfruto del placer de tu compañía.

Que sea una visita larga, si puedes. Esto no solo me complacería a mí, sino que le daría a Timothy la oportunidad, y sé que la está deseando, de persuadirte para que le vendas Long Wrekin.

Jenny dejó caer la carta y frunció el ceño mientras asimilaba la importancia de las últimas palabras.

Hacía tiempo que Tim Dawson quería sus tierras; y sabía que él las explotaría con mucha más eficacia que ella.

Era un hombre rico. Podía permitirse emplear más mano de obra y abastecerla como era debido.

Además, él le había prometido, desde la primera vez que quiso comprarle la propiedad, que seguiría empleando a Tom Jardine como capataz.

Más tarde, Andrew la había instado a reconsiderar la oferta y…

Se reacomodó inquieta en su silla. Andrew tenía el corazón puesto en aceptar un traslado a la compañía de veteranos del 73.

º, en proceso de formación. De hacerlo, le quedaría poco tiempo para dedicar al trabajo agrícola y, en cualquier caso, tendría que aceptar el destino que le dieran, fuera el río Coal o Parramatta o Sídney o incluso Green Hills.

Y, puesto que ella era su esposa, él tenía derecho a esperar que lo acompañara.

Con Justin de viaje a Inglaterra y la educación de William, por desgracia tan descuidada, vender Long Wrekin era, sin duda, lo que debía hacer. Y, sin embargo…

Nancy Jardine llegó corriendo de la cocina con una bandeja cargada. La depositó al lado de Jenny con alegre estrépito.

—Ya está —exclamó con aprobación—. Me alegro de verla sentada, señora Hawley. Ya era hora de que se tomara las cosas con más calma. Ninguno de nosotros está rejuveneciendo, además de que el doctor Arndell le dijo que debía descansar, ¿no es así?

Jenny no le contestó. Sirvió té para las dos y le hizo señas a Nan para que se sentara enfrente.

—¿Te ha dicho Tom a qué hora esperaba volver?

—preguntó. Pensaba en las tareas de la tarde, en las yeguas de cría que había que abrevar y alimentar y en que las vacas de la casa debían ser ordeñadas.

Había que ayudar a una cerda, que estaba por parir, y buscar, como todos los días, los huevos que ponían sus gallinas, criadas en libertad.

De pronto, se sintió muy cansada. Con alivio, oyó a Nan decir: —Tom no ha asistido a la reunión de colonos.

—¿No? Pensaba…

—Le he dicho que lo necesitaban aquí —dijo Nan, con una sonrisa tensa—.

Lo único que hacen en las reuniones es hablar, y habrá más que suficientes para que Tom añada su granito de arena.

—Empujó un plato en dirección a Jenny y añadió—: Pan recién horneado, señora Hawley, untado con mermelada de manzana.

Lo he horneado mientras usted iba a ayudar a Su Excelencia el gobernador Bligh.

He ido a coger los huevos cuando usted lo estaba ayudando a subir al carruaje.